Desperté como quien emerge de un océano de estática, con la conciencia fragmentada y el cráneo pulsando al ritmo de una marcha fúnebre. Mi cabeza palpitaba, una banda sonora de dolor sordo que marcaba el compás de mi confusión. Al abrir los ojos, el mundo era un borrón de blancura clínica. Cuatro paredes desnudas, asépticas, me rodeaban como un sudario, y a un costado, una puerta de metal frío se erguía como el único límite de mi tumba.
Intenté llevarme las manos a la cara para mitigar el mareo, pero el sonido metálico de la desesperación me detuvo. Mis muñecas estaban ancladas. Cadenas pesadas, gélidas y crueles mordían mi piel, prohibiéndome cualquier rastro de libertad. Forcé la vista, luchando contra unas luces fluorescentes que me apuñalaban las pupilas, obligándome a desviar la mirada justo cuando el chirrido de unos goznes oxidados y el estruendo de cerrojos cediendo fracturaron el silencio.
Un hombre entró. No tendría más de veintinueve años, vestido con una bata blanca impecable que me dio náuseas; se veía demasiado limpio para el infierno que yo recordaba. Ajustó sus lentes mientras revisaba un expediente, como si yo fuera un simple número en una gráfica de mortalidad.
—¿Quién eres? —logré articular. Mi voz sonó rota, un crujido de cristales sobre tierra seca. Me relamí los labios, agrietados y sedientos, anhelando una gota de agua que apagara el incendio en mi garganta.
Él alzó la mirada del papeleo y me dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era una mueca de cortesía profesional, despojada de cualquier rastro de humanidad.
—Hola, princesa. Veo que por fin decidiste volver al mundo de los vivos. Déjame presentarme: seré el líder de tu "caso especial". Soy el doctor Henry.
Fruncí el ceño, mi mente tratando de procesar sus palabras mientras el frío del suelo de cemento se filtraba en mis huesos.
—¿Mi... mi caso? No entiendo... —balbuceé. Intenté estirar las piernas, solo para descubrir que también estaban encadenadas a la pared. Me tenían allí como a una bestia rabiosa, un animal esperando el matadero. Qué ironía tan amarga.
La expresión de Henry se endureció de golpe. Se cruzó de brazos, y su sombra se proyectó sobre mí, pequeña y miserable.
—Doscientos ochenta y cuatro muertos, Erica. Sin contar a los infectados que entraron para ayudar. ¿Crees que es normal que seas la única sobreviviente entre las cenizas? —Dio un paso adelante, invadiendo mi espacio con una arrogancia que me hizo hervir la sangre—. Media ciudad fue borrada del mapa, y tú estabas en el epicentro, respirando como si nada. Te trajeron aquí porque eres una anomalía. Tenemos que analizarte, diseccionarte si es necesario, para entender qué demonios eres. Espero tu cooperación, princesa. Necesito saber qué te hace tan malditamente especial para no haberte podrido como los demás.
Mis ojos se llenaron de un odio líquido. Antes de que pudiera escupirle una respuesta, su mano se disparó hacia mi cuello. Sus dedos, fríos como instrumentos quirúrgicos, tiraron de la cadena de mi collar. Con un tirón seco y violento, me lo arrancó, dejando un rastro de fuego en mi piel.
—¡Devuélvemelo! ¡Es mío, maldito seas! —le grité, perdiendo la razón. Forcejeé contra las cadenas, el metal desgarrando mis muñecas, pero no me importaba. Me habían quitado mi hogar, mi vida y mi familia; ese collar era el último fragmento de esperanza en este vacío negro en el que me habían hundido.
Él hizo caso omiso a mis gritos , observando la joya con una curiosidad clínica y despreciable . Pero entonces, algo cambió , una furia negra y eléctrica nació desde mis entrañas . Algo que no se sentía humano . Antes de que ninguno de los dos pudiera reaccionar ,un destello de luz morada, violenta y antinatural, brotó de mis poros. La onda de choque nos dejó sordos por un segundo.
Vi, con horror y agonía, cómo la joya en sus manos se resquebrajaba bajo la intensidad de mi propia energía. El cristal se hizo trizas, cayendo al suelo como ceniza inútil. Era un desecho. Mi último vínculo con la realidad se había convertido en basura . Las lágrimas empezaron a brotar ,calientes y amargas ,bajando a borbotones por mis mejillas . Me quedé allí, temblando en el suelo, viendo los restos de mi vida esparcidos entre las botas del doctor. Ya no tenía nada a lo que aferrarme. Lo único que me quedaba era este monstruo que crecía dentro de mí y el odio ciego hacia el hombre que me miraba como si fuera un milagro, cuando yo solo me sentía como un cadáver que olvidó morir.
Se quedó petrificado por un segundo, pero la sorpresa en su rostro se transformó rápidamente en una excitación enfermiza. Empezó a garabatear en su carpeta con una velocidad frenética, como si acabara de presenciar un milagro y no el colapso de mi alma. Me miraba con ojos brillantes, pero no era la mirada de un ser humano hacia otro; me observaba como si yo fuera el mejor producto de ciencias que hubiera pasado por sus manos.
—Esto es increíble... tú eres simplemente increíble —murmuró, su voz temblando de una ambición asquerosa—. Contigo podemos hacer cosas grandiosas, Erica. Serás nuestra guía, el molde para mejorar el futuro de esta raza miserable.
Se acercó a mí sin pizca de miedo y me obligó a alzar la barbilla. Yo solo quería fundirme con el suelo, con las lágrimas quemándome las mejillas y la visión de mi joya destrozada grabada en la mente.
—Oh, no llores —me dijo con un tono falso y paternal que me revolvió el estómago—. Te compraré otro collar, diez si es necesario, con tal de que seas una buena chica y cooperes.
Me zafé de su agarre con un movimiento brusco, llena de un asco que no me cabía en el pecho. ¿De verdad creía que un trozo de metal comprado podía reemplazar lo único que me quedaba de mi vida anterior? Su ignorancia era tan infinita como su crueldad.
—¡Púdrete! ¡Eres un maldito enfermo! —le escupí, las palabras saliendo entre sollozos.
Levanté mis brazos con todas mis fuerzas, olvidando por un segundo el dolor de las cadenas, y lo golpeé en el pecho. Fue un golpe inútil, débil contra su postura firme, pero fue todo el odio que pude reunir en ese momento. Quería borrarle esa sonrisa de superioridad, quería que sintiera el mismo vacío que yo.