Henry.
La adrenalina todavía corre por mis venas, una sensación eléctrica que no experimentaba en años de carrera. Es increíble, casi absurdo, haber encontrado finalmente a alguien con este nivel de competencia en este entorno tan saturado. Esa chica... Erica. Tiene algo, un aura especial que no puedo ignorar, y estoy más que dispuesto a desentrañar el misterio que envuelve su llegada.
En la NASA, rodeados de tecnología de punta y la inmensidad del vacío, es irónico lo difícil que resulta hallar algo que realmente te erice la piel entre tantos misterios desconocidos que el cosmos nos arroja.
Con una sonrisa que no puedo ocultar, comienzo a desplegar las notas que tomé durante la observación. Mis ojos recorren los datos, analizando cada anomalía, cada respuesta. Antes de sumergirme por completo, doy una instrucción clara al personal médico: en cuanto Erica despierte,deben suministrarle alimento y agua de inmediato. Se veía tan frágil, tan deshidratada... Después del infierno que ha tenido que atravesar para llegar hasta aquí, no pienso permitir que sufra más de lo necesario. No soy un monstruo, aunque este lugar a veces intente convertirnos en uno.
De pronto, un pensamiento intrusivo me asalta. Su rostro vuelve a mi mente; es linda, no puedo negarlo. Esas pequeñas pecas que adornan el puente de su nariz le dan un toque de inocencia que contrasta violentamente con el caos que la rodea. Sacudo la cabeza con brusquedad, sintiendo un ardor repentino en las mejillas. «¿Por qué mierda estoy pensando en eso?», me recrimino en silencio. El trabajo es lo único que importa ahora. Reajusto mis gafas y me obligo a concentrarme en las pantallas, buscando una explicación lógica a lo imposible.
Tras horas de un trabajo extenuante, donde los números y las teorías cuánticas bailaron ante mis ojos, finalmente termino. Me levanto, sintiendo el crujir de mis huesos, y camino con paso decidido hacia la cafetería del sector privado. Ser un rango superior en la NASA tiene sus privilegios, y en momentos como este, los agradezco.
—Un café sin azúcar. Que sea perfecto —exijo, con la voz ronca por el cansancio pero cargada de autoridad.
Cuando me entregan la taza humeante, el aroma intenso me golpea, dándome un segundo de paz. No me detengo a dar las gracias; en este nivel de la jerarquía, el tiempo es más valioso que la cortesía. Me desplomo en una silla apartada, sintiendo el calor de la porcelana contra mis manos. Mientras doy el primer sorbo, mi mirada se pierde en el horizonte artificial de la base, con la mente fija en Erica y en el enigma que apenas estamos empezando a descifrar.
Me paso la mano por el cabello, echando los mechones rubios hacia atrás en un gesto de frustración y cansancio acumulado. El peso de lo que estamos haciendo comienza a sentirse en mis hombros, pero la curiosidad es un motor mucho más fuerte que la fatiga. Exhalo un suspiro pesado, dejo la taza de café vacía sobre la mesa y me pongo en pie. Mis pasos me guían, casi por instinto, hacia el ala médica donde mantienen a Erica.
Caminar por estos pasillos es una experiencia desoladora. Las paredes de un blanco quirúrgico y el aire filtrado, excesivamente estéril, son un recordatorio constante de dónde estoy: en un lugar donde la humanidad suele sacrificarse en el altar del progreso científico. Aquí no hay calidez, solo resultados.
Al llegar a su habitación, el sensor reconoce mi acceso y la puerta se desliza con un siseo metálico. Entro con cautela. Allí está ella. Se ve pequeña, casi frágil, sentada en el borde de la cama mientras intenta ingerir los alimentos que ordené. Todavía se nota la debilidad en el temblor de sus manos, pero su espíritu... su espíritu es otra historia.
En cuanto nota mi presencia, Erica levanta la vista. No hay miedo, no hay gratitud por la comida; lo que veo es odio puro ardiendo en sus pupilas, un fuego helado que parece querer perforarme el pecho.
Una punzada de fascinación me recorre. «Qué tierna», pienso con una ironía casi cruel, aunque en el fondo me maravilla esa resistencia inquebrantable. Me acerco lentamente, acortando la distancia entre el depredador y su presa, o quizás, entre dos misterios que chocan.
—Veo que has recuperado algo de fuerza —digo, manteniendo mi voz en un tono bajo y seductoramente profesional—. Aprovecha ese fuego que tienes en los ojos, Erica. Lo vas a necesitar para lo que viene.
–Te odio...– el susurro escapa de sus labios como un veneno siseante . Me detengo a escasos pasos de ella, lo suficientemente cerca para notar cómo sus nudillos se tornan blancos mientras aprieta la tela de su pantalón,descargando en ese gesto toda la rabia que su cuerpo debilitado aún no puede ejecutar. Esa declaración de guerra, lejos de molestarme, me provoca una satisfacción casi eléctrica.
—¿Me odias? —Repito sus palabras con una lentitud deliberada, saboreándolas como si fueran el mejor de los elixires—. Qué palabra tan pesada para alguien que apenas puede sostenerse en pie sin mi permiso.
Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio personal, permitiendo que el frío aroma a laboratorio de mi bata se mezcle con el rastro de miedo y sudor que emana de su piel. Mi voz baja un tono, volviéndose una caricia cruel en su oído.
—El odio es una emoción de lujo, Erica, y tú ahora mismo no posees nada. Ni siquiera eres dueña del aire que respiras en esta habitación; ese oxígeno te lo proporciono yo. Te alimenté porque un espécimen muerto no me sirve de nada, no porque me importe lo que sientas aquí dentro —le digo, señalando su pecho con un dedo enguantado.
La miro fijamente, buscando esa chispa de resistencia que tanto me fascina. Me encanta que me odie. El amor es predecible y aburrido, pero el odio... el odio mantiene el pulso acelerado y los sentidos alerta. Es lo que la mantendrá viva en este lugar donde la mayoría pierde la razón.
—Así que adelante, aférrate a ese odio. Es lo único que te queda en este mundo. Pero no olvides quién tiene la llave de tu celda y quién es el único capaz de entender el secreto que escondes en tus células. Para el resto de la NASA, eres un expediente. Para mí, eres mi obra maestra.