Strange planet

Lo que late bajo mi piel .

Esto no es una locura ; la locura tiene un límite , un final . Esto es el infierno.

Me obligo a cerrar los ojos con fuerza, esperando que al abrirlos el blanco aséptico de estas cuatro paredes se disuelva, que el olor a desinfectante se convierta en el aroma del café de mi madre y que el silencio sepulcral sea interrumpido por los regaños de mi padre.Pero el blanco sigue aquí, devorándolo todo. Solo quiero volver atrás, a esos días donde mi único refugio era colocarme los audífonos y dejar que la música me aislara del mundo, sumergiéndome en un océano de melodías que ahogaba cualquier pena cotidiana. Ahora, no hay música que pueda acallar este vacío.

¿Por qué sigo viva? No tiene sentido. Debería ser ceniza, un eco borrado por el impacto. Estaba allí, justo al lado de ese maldito meteorito morado, sintiendo el calor abrasador y la vibración que desarticulaba mis huesos. Y sin embargo, aquí estoy, encerrada en este complejo como si fuera un espécimen bajo un microscopio.

¿Qué soy ahora? Esa pregunta me carcome el cráneo como un parásito. Recuerdo el dolor, el pánico y luego... esa luz. Una luminiscencia violeta brotando de mis poros, una energía que no me pertenecía, pero que respondía a mi miedo. No soy una paciente, soy un objeto de estudio. Un experimento.

Henry... lo odio con cada fibra de mi ser. Odio su frialdad, su mirada clínica y esa sonrisa cínica que parece diseccionarme antes de siquiera hablar. Pero, muy a mi pesar, no puedo quitarle la razón.Para ellos, para este lugar, ya no soy Erica; soy una anomalía, una variable en una ecuación que intentan resolver a base de pruebas y aislamiento.

Tengo miedo. No de lo que puedan hacerme ellos, sino de lo que late bajo mi piel. Siento ese resplandor morado acechando en mis venas, esperando el próximo estallido de rabia o tristeza para volver a manifestarse.Me desconozco. Y en este infierno blanco, lo más aterrador no es estar atrapada, sino darme cuenta de que el monstruo al que todos temen soy yo.

Obligo a mis pensamientos a callarse, aunque el eco de mis propias preguntas sigue retumbando contra las paredes de mi cráneo. Me arrastro hacia un rincón, lejos de la fría estructura de la cama que se siente como una plancha de metal quirúrgico, y me acurruco sobre el suelo. Sé que me están mirando. Siento el peso de las cámaras ocultas, el zumbido casi imperceptible de los sensores que miden mis pulsaciones y la mirada invisible de quienes me observan tras el cristal unidireccional. Para ellos soy un gráfico en una pantalla; para mí, soy un náufrago en un desierto de concreto.

Me abrazo con fuerza, hincando las uñas en mis propios brazos, aferrándome a lo único que me queda: mi cuerpo. Me aprieto como si ese gesto pudiera impedir que mi alma se desparramara por el suelo o que ese maldito resplandor morado volviera a brotar de mis grietas. Intento recordarme quién era hace apenas unos días: una chica de dieciocho años que se preocupaba por exámenes, canciones nuevas y el futuro. Ahora, mi futuro es una habitación y el miedo a mi propia sangre.

Suelto un suspiro tembloroso, una exhalación pesada que carga con todo el dolor que no me permito gritar. Mis párpados pesan una tonelada; el agotamiento emocional es mucho más voraz que el físico. Cierro los ojos con fuerza, deseando con una desesperación infantil que, al caer en la inconsciencia, el universo decida corregir su error y me devuelva a casa.

El sueño empieza a reclamarme, arrastrándome hacia una oscuridad que, al menos por unas horas, no es blanca. Mientras me quedo dormida, mi último pensamiento es una súplica silenciosa al vacío: que la oscuridad sea total, que no haya luces moradas, que no haya experimentos... solo el silencio que tanto anhelo.




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