Kaelen .
El vapor aún empaña el cristal, pero mi determinación es más clara que nunca. Me encuentro en mis aposentos, dejando que el agua caliente lave el cansancio de un día que se sintió como una eternidad. Todo este ritual es necesario para abrir el portal y recuperar a mi Erica.
Mis músculos se tensan bajo la piel, marcándose en relieves definidos mientras elevo los brazos para hundir los dedos en mi cabello empapado. Cada movimiento es lento, casi deliberado; el agua resbala por la línea de mi mandíbula y desciende por mi pecho, perdiéndose en el rastro del jabón. Siento el peso del cansancio transformarse en una descarga de energía pura mientras mis manos masajean mi cuero cabelludo, una presión firme que me hace cerrar los ojos y soltar un suspiro contenido. El contraste entre el frío del ambiente y el calor que emana mi cuerpo crea una tensión electrizante, un juego de fuerza y vulnerabilidad que se despliega bajo el castigo rítmico del agua .
No es una tarea sencilla. Ella logró cruzar a través de esa piedra porque, en esencia, ese mundo le pertenece; sus raíces están allá. Yo, en cambio, soy un intruso reclamando un espacio que no me corresponde. Sigue siendo un misterio indescifrable cómo ella pudo siquiera poner un pie en mis dominios, pero no permitiré que la distancia sea un obstáculo.
Mierda . La desesperación me quema el pecho ; ya no puedo esperar un segundo más para tenerla frente a mí . Salgo de la ducha y el aire frío de la habitación golpea mi piel húmeda. Ajusto una toalla alrededor de mi cintura, sintiendo el peso de mis responsabilidades, y camino hacia mi alcoba. Frente al espejo, me preparo para vestirme.
Elijo un atuendo digno de un soberano, pero funcional para la batalla que podría avecinarse. Me enfundo en una camisa de seda negra, de un tejido tan ligero que parece una segunda piel, pero lo suficientemente ceñida para marcar el relieve de mis músculos y la amplitud de mis hombros. Sobre ella, una chaqueta de corte impecable y estructura ligera me otorga esa elegancia letal que me caracteriza. Cada fibra de esta ropa está diseñada para permitirme moverme con la agilidad de un depredador sin perder la distinción de un rey.
Mientras ajusto los puños de mi camisa, observo mis manos. Pronto, estas mismas manos rodearán su cintura y le recordarán que ella es mia. No importa qué leyes universales deba romper o qué mundos deba subyugar: voy a buscar lo que me pertenece.
Con un suspiro pesado, pasé una mano por mi cabello rojo, sintiendo cómo mis dedos se libraban de una batalla perdida contra los mechones rebeldes que siempre parecían tener voluntad propia. Tras ajustar mi capa, salí de mis aposentos y me dirigí al centro de mando, el corazón burocrático del reino que, en esos momentos, prometía ser más caótico que un nido de hidras.
Al entrar, la imagen fue digna de una comedia de enredos. Harry, mi flamante asistente y amigo de la infancia, caminaba de un lado a otro con una montaña de pergaminos que desafiaba las leyes de la gravedad.Justo cuando iba a llamarlo, el precario equilibrio cedió. Los documentos volaron como aves heridas, cubriendo el suelo en un mar de tinta y sellos de cera.
No pude evitar sonreír, sintiendo cómo mis hoyuelos se marcaban mientras observaba a Harry agacharse frenéticamente, soltando maldiciones que harían sonrojar a un marinero.
—¿En qué demonios estaba pensando cuando acepté ser el asistente del Rey? —murmuró Harry para sí mismo, peleándose con un mapa que se negaba a ser enrollado—. ¡Claro! Mientras todos viven sus malditos cuentos de hadas, con bailes y besos bajo la luna, a mí me toca ser el personaje secundario que muere de un infarto por el exceso de papeleo.
Alcé las cejas, apoyándome contra el marco de la puerta. Esto se ponía interesante.
—¿Cuándo llegará el amor de mi vida? ¡Se está tardando tanto que empiezo a creer que se perdió en el bosque o que lo devoró un lobo! —continuó su diatriba, sacudiendo un pergamino al aire dramáticamente—. No es justo. Soy demasiado guapo para estar soltero y rodeado de informes sobre el precio del trigo. ¡Mi mandíbula podría cortar diamantes y aquí estoy, cortándome los dedos con papel!
Tuve que morderme el labio inferior para no soltar una carcajada que retumbara en todo el castillo. Harry se dio la vuelta finalmente, con el rostro encendido por el esfuerzo y un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor. En cuanto sus ojos se toparon con los míos, su expresión de indignación se transformó en una de puro horror cómico, como si acabara de ver a un fantasma... o peor, al hombre que acababa de insultar indirectamente.
—¡Majestad! —exclamó, dando un respingo que casi hace que tire el resto de los papeles—. ¿Cuánto... cuánto tiempo lleva ahí parado ?
—Lo suficiente para saber que mi asistente está más preocupado por su vida amorosa que por la invasión de polillas en el archivo real —respondí con una chispa de diversión en los ojos—. Y por cierto, Harry, si el amor de tu vida no llega, siempre puedes casarte con ese montón de facturas de impuestos. Se nota que tienen una relación muy... estrecha.
Harry suspiró, recuperando su compostura habitual con una rapidez envidiable, aunque sus orejas seguían rojas.
—Si me caso con las facturas, espero que usted pague la dote, Kaelen. Después de todo, es por su culpa que no tengo tiempo ni de mirar a alguien a los ojos sin pensar en un sello oficial.
Mi expresión se endurece, transformándose en una máscara de fría determinación al recordar el verdadero propósito que me ha traído hasta este rincón polvoriento. No hay espacio para distracciones cuando el destino parece jugarnos en contra.
—¿Cómo va el portal? —inquiero, cruzándome de brazos. El cuero de mi chaqueta cruje bajo la presión de mi impaciencia.
Harry, con esa parsimonia que a veces me resulta exasperante, suspira antes de responder.
—Durará inactivo al menos un par de semanas —dice, ajustándose las gafas—, aunque… existe una posibilidad remota de que puedan conectarse antes de lo previsto.