Strange planet

Rascacielos de coral .

– ¿Esto es realmente necesario? —gruñí, sintiendo cómo el frío me calaba hasta los huesos. Maldita sea mi suerte.

—Sí, Su Majestad. Es absolutamente imperativo —respondió Harry. Su tono era irritantemente educado, esa máscara de profesionalismo que usaba solo cuando teníamos audiencia. Teniendo el Temels en la mano .

Ahí estaba yo, el soberano de este reino, reducido a mis paños menores frente a un cónclave de los magos más ilustres (y probablemente juiciosos) de la corte. Se supone que es un ritual sagrado, pero me sentía como un filete de pescado en salmuera. Estaba de pie en el centro de una fuente de piedra antigua, rodeado de cincuenta kilos de sal pura que se me metía por lugares que no pienso mencionar. Todo este espectáculo patético tenía un solo propósito: Érica.

Mi mujer, mi obsesión, mi maldito dolor de cabeza y el aire que respiro. Si para reclamar lo que me pertenece y escuchar su voz tengo que parecer un loco bañándose en condimentos, que así sea. No permitiré que nada, ni siquiera las leyes de la física o la dignidad real, me mantengan alejado de mi pequeña exploradora .

—Necesito que sumerja el cuerpo por completo, señor —instruyó Harry con ese tono de erudito que daban ganas de abofetear.

Solté un suspiro pesado, rodando los ojos con una exageración que casi me provoca un mareo, y me hundí en esa agua gélida. Al sumergirme, el mundo exterior se ahogó y fue reemplazado por un coro de voces que recitaban cánticos en un idioma antiguo y vibrante. ¿Qué demonios me estaban haciendo? ¿Me estaban sazonando para un banquete ancestral? Antes de que pudiera emerger para insultar a medio consejo, mi piel empezó a emitir un brillo dorado cegador.

Sentí un tirón violento en el pecho, un vínculo ardiente que buscaba desesperadamente a Érica. Ella no tiene escapatoria; aunque intente esconderse en el rincón más oscuro del mundo, mi rastro la encontrará. Nadie se queda con lo que es del Rey.

Observé con asombro cómo las piedras milenarias de la fuente crujían, desplazándose con un estruendo sordo para revelar un umbral hacia lo imposible. En un parpadeo, el aire fue sustituido por una presión líquida y cálida. Me encontraba en un paisaje onírico.

Corales de colores imposibles —violetas eléctricos y naranjas fuego— brotaban de todas partes como rascacielos orgánicos, y plantas fluorescentes bailaban al ritmo de una corriente invisible. Todo estaba sumergido, pero yo podía respirar, o al menos no sentía la urgencia de morir asfixiado, lo cual era un detalle que agradecía profundamente a los magos (por esta vez).

De pronto, un destello captó mi atención: el hilo rojo del destino, esa conexión inquebrantable que nos unía, emergió del centro de mi pecho. No era un hilo sutil; brillaba con una intensidad posesiva, recordándome que Érica es mi alma gemela y que no hay distancia que este vínculo no pueda acortar. Antes de que pudiera procesar la extrañeza de ver mi propio destino materializado, el hilo dio un tirón violento.

—¡Oye, despacio! —quise gritar, pero solo salió una burbuja dorada.

El hilo me arrastró con una velocidad alucinante, convirtiéndome en un proyectil humano a través del jardín submarino. "Genial", pensé mientras esquivaba un arrecife por milímetros, "el Rey de todo un reino, arrastrado como un pez en un sedal porque su mujer es demasiado terca para aparecer por las buenas". Pero no me importaba el ridículo; ese hilo me llevaba hacia ella, y una vez que la tuviera en frente, no pensaba soltarla nunca más. Ella es mi mujer y yo soy suyo , y el universo finalmente parecía haberlo entendido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.