Strange planet

El último candado de la realidad .

—Pequeña exploradora...

Un susurro se filtró en mis sueños, cálido y peligrosamente familiar. Parpadeé con pesadez, sintiendo el cuerpo como si me hubiera pasado por encima un camión de helados. A mi lado, la vía intravenosa que Henry me había instalado seguía succionando mi vitalidad; juraría que el tipo me estaba dejando más seca que una uva pasa.

Traté de enfocar la vista, pero el mareo me hacía sentir que estaba en una licuadora. De pronto, unos mechones de un rojo encendido, como si alguien hubiera robado un poco de fuego del infierno, cayeron cerca de mi rostro. Abrí los ojos de golpe.

Frente a mí estaba él: un hombre absurdamente alto, con el cabello color llama y esos ojos azules que parecían un universo lejano. Unos ojos que, muy a mi pesar y al de mi estabilidad emocional, reconocería en cualquier vida.

—¿Estoy muerta? —balbuceé, con la lengua de trapo—. ¿Tanta sangre me sacaron que ya estoy viendo alucinaciones en 4K?

Lo observé fijamente. El tipo parecía un ángel caído del cielo o, con mi mala suerte, la mismísima Muerte que venía a cobrarme las facturas pendientes, pero con un estilo envidiable.

—Erica... —pronunció mi nombre con una intensidad que me hizo cosquillas hasta en los huesos.

Bajé la mirada, confundida, y entonces lo sentí: un tirón violento en el centro de mi pecho. Un hilo rojo brillaba conectado a él.

—¡AHH! ¡¿QUÉ ES ESTA BRUJERÍA?! ¡¿QUIÉN ERES TÚ Y POR QUÉ PARECES SALIDO DE UNA NOVELA DE FANTASÍA BARATA?! —Grité, tratando de arrancar el hilo, pero al tocarlo se deshizo entre mis dedos como espuma de afeitar.

El hombre dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con ese aroma que gritaba "problemas y nostalgia". Presa del pánico y la adrenalina, hice lo más lógico: me arranqué la vía intravenosa de un tirón —porque claramente no tengo sentido de la autopreservación— y le apunté con la aguja goteante como si fuera una ninja de hospital.

—¡Atrás, aparición pelirroja! ¡Tengo una aguja y no me da miedo usarla! —amenacé, aunque el mundo me daba vueltas.

—¡¿ESTÁS LOCA?! —exclamó él, casi perdiendo los estribos mientras se lanzaba a detener mi mano—. ¡¿Tienes idea de lo peligroso que es quitarte eso así?! ¡Vas a dejar el suelo como una escena de película de terror!

Forcejeamos un segundo. Su tacto sobre mi piel fue como una descarga eléctrica de alto voltaje. Mis manos temblaban, pero no solo por la debilidad.

—¡Suéltame, acosador de sueños! —bramé, tratando de no desmayarme sobre su pecho esculpido.

—¡Erica, detente! ¡Soy yo, Kaelen.

Me quedé helada. Ese nombre golpeó mi memoria como un balde de agua fría. Lo miré a los ojos y, por un segundo, el sarcasmo se me escapó del cuerpo. Era él. El mismo idiota que me había puesto el mundo del revés.

—¿Kaelen? —susurré, bajando la aguja—. Vaya... el más allá es mucho más dramático de lo que pensaba.

Tragué saliva, sintiendo el nudo en mi garganta tan grande como un puño. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad que solo nosotros sabíamos generar. En un arranque de lógica desesperada, levanté la mano para darme una bofetada; necesitaba el dolor para despertar de este delirio febril. Sin embargo, no sentí el golpe.

Lo que recibí fue la calidez de su palma interceptando mi mano justo antes del impacto. Sus dedos rodearon mi muñeca con una firmeza que me recordó que, si esto era un sueño, mi cerebro se estaba esforzando demasiado en los detalles táctiles.

—Erica... Escúchame, no tengo mucho tiempo —soltó él, y esa urgencia en su voz me atravesó más rápido que cualquier vía intravenosa. Su tono era puro desespero, una mezcla de alivio y agonía.

—¿Cómo puedo estar segura de que no eres otra alucinación de mi mente rota? —susurré, con los ojos empañados. Mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado—. He tenido sueños muy reales, Kaelen, y siempre terminan cuando intento tocarte.

—Esto no es un sueño, Erica. —Lo vi tomar una respiración profunda, como si estuviera tratando de contener un incendio dentro de su pecho—. Vendré por ti. Solo dame un poco de tiempo. Te sacaré de este agujero y te juro... te juro por mi vida que haré pagar a cada uno de los que te pusieron las manos encima.

Su voz bajó varias octavas, adquiriendo un matiz oscuro, casi gótico, que me recorrió la columna como un escalofrío .

—¿Cómo... cómo demonios llegaste aquí? —logré articular, mirando de reojo la puerta cerrada, esperando que Henry apareciera en cualquier segundo para arruinar el milagro.

—Es una larga historia, y la mayoría de los capítulos incluyen romper reglas que no sabías que existían —respondió, y por un instante, la tensión se rompió cuando uno de sus hoyuelos se marcó en su mejilla.

Ese maldito hoyuelo. Mi debilidad personal.

Su mano se deslizó desde mi muñeca hasta mi rostro, acunando mi mejilla con una delicadeza que contrastaba con la furia que acababa de mostrar. Me miró como si yo fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba, devorando cada detalle de mis ojos cansados y mi piel pálida.

–Estás hermosa –susurró,y su pulgar delineó mi labio inferior ,enviando una descarga eléctrica que me hizo olvidar cómo se respiraba . Me quedé hinoptizada , atrapada en ese azul infinito de sus ojos mientras el hilo rojo entre nosotros palpitaba con fuerza.

Antes de que pudiera responder con alguna de mis bromas sarcásticas para ocultar cuánto lo necesitaba, él se inclinó hacia mí, acortando la distancia hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.

—No importa cuántas vidas pasen o cuántos mundos nos separen, Erica; mi corazón siempre sabrá encontrar el camino de regreso a ti.

Mi respiración se detuvo en seco, quedando atrapada en mi garganta como si el aire mismo se hubiera solidificado. El mundo, que hace un segundo solo nos pertenecía a nosotros dos, se fracturó con un sonido metálico y gélido.

Clac. Clac. Clac.




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