Strange planet

Vida en mis venas ,muerte en mis manos .

Me desperté de golpe, el pecho subiendo y bajando en espasmos violentos mientras el sudor frío pegaba la bata de hospital a mi espalda. El tirón agudo en mi antebrazo me recordó la realidad: la vía intravenosa seguía allí, succionando mi vitalidad, drenando mi sangre gota a gota. Todo había sido un sueño, pero la vigilia era una pesadilla más vívida.

Mi cabeza comenzó a dar vueltas, un mareo tóxico que se intensificó cuando la puerta chirrió y Henry entró en la habitación. Llevaba una semana en este infierno blanco. Siete días de pinchazos diarios, de análisis interminables que me dejaban vacía y de esa comida insípida que olía a plástico y hospital. Solo me habían permitido bañarme una vez; me sentía sucia, degradada, y el roce de la tela barata de mi bata contra mi piel me daba escalofríos. Empezaba a sospechar, con un nudo en la garganta, que el siguiente paso de sus experimentos sería dejarme calva.

Las sombras del "meteorito" no me abandonaban. Cada vez que cerraba los ojos, veía los cuerpos, el fuego y esa extraña luz púrpura que latía como un corazón radiactivo. ¿Y si el monstruo no estaba afuera? ¿Y si el alienígena era yo? El miedo me asfixiaba, pero no era miedo a ellos... era miedo a lo que corría por mis venas.

El recuerdo de mis padres volvió a apuñalarme. El dolor físico en mi pecho era tan real que juraría que tenía una estaca clavada en el esternón. Y para colmo, él. ¿Por qué soñaba con ese chico? En mi memoria era un recuerdo borroso, pero en mis sueños aparecía cambiado: más alto, imponente, con músculos marcados y una mirada que me perseguía. Mierda, Erica, concéntrate, me recriminé, tratando de borrar su imagen.

—¿Cómo estás, princesa? —la voz de Henry, melosa y cargada de una falsa empatía, cortó el silencio.

—No te importa —escupí, dándole la espalda y protegiendo la vía con mi propio cuerpo.

—Oh, pero si me importas, princesa. Mucho —noté cómo se acercaba, sus pasos metálicos resonando en el suelo de linóleo—. Pero dejando eso de lado, tengo noticias.

Su tono cambió, volviéndose denso, casi eléctrico. No respondí. Me obligué a permanecer inmóvil, aunque la curiosidad era un ácido quemándome por dentro.

—Bueno, igual te lo diré —podía sentir su sonrisa sádica curvándose a mis espaldas—. El gobierno se ha interesado en tu caso. ¿Por qué? Porque hemos encontrado algo fascinante, Erica —su voz bajó a un susurro letalmente serio—. Tu sangre... no es normal. Contiene una pureza imposible de CHNOPS , Tu sangre es vida pura, una fuente inagotable. Y lo mejor es que solo hemos rascado la superficie. Qué emocionante será explorar el resto de tus órganos.

Me tensé tanto que mis articulaciones crujieron. Me giré bruscamente para enfrentarlo, con los ojos inyectados en pánico.

—¿Qué pasará conmigo? —mi voz tembló—. ¿Voy a pasar toda mi vida encerrada en esta caja de cristal?

—Ummm... tal vez —respondió con una indiferencia que me heló la sangre.Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal, su sombra cubriéndome por completo.

—Pero mira el lado bueno: salvarías miles de vidas. Sacrifica una oveja y alimenta a la manada. Además, piensa que así estarías pagando por todas las vidas que se perdieron en ese "meteorito".

—¡¡PERO YO NO TUVE LA CULPA DE ESE METEORITO!! —grité, sintiendo mi garganta desgarrarse por la sequedad y la rabia contenida

Él se limitó a inclinar la cabeza, con una calma que me dio ganas de vomitar.

—Yo nunca dije que la fueras —susurró—. Pero el mundo necesita un culpable... o un milagro. Y tú, querida, vas a ser ambos.

—Pero tengo curiosidad por algo... —murmuró Henry.

Vi cómo se acortaba la distancia entre nosotros. Antes de que mis reflejos entumecidos pudieran reaccionar, sus manos, frías y firmes como tenazas de metal, apresaron mis mejillas. Me obligó a mirarlo, hundiendo sus dedos en mi piel hasta que sentí que mis huesos crujirían. Su rostro estaba tan cerca que podía oler el antiséptico y el café rancio en su aliento.

—Quiero saber si el contacto directo contigo puede curar... o si genera alguna reacción —dijo con una voz carente de humanidad, como un niño diseccionando un insecto.

Con una lentitud tortuosa, sacó una navaja del bolsillo de su bata. El brillo del acero me cegó un instante. Sin apartar sus ojos de los míos, deslizó la hoja por la palma de su mano. Un tajo limpio. Las gotas de sangre, pesadas y oscuras, comenzaron a salpicar el suelo blanco, ensuciando la pulcritud de mi celda.

Guardó la navaja y, sin previo aviso , estrelló sus labios contra los míos . Fue un beso violento, cargado de una urgencia enferma. El sabor metálico de su sangre se filtró en mi boca, mezclándose con mis lágrimas saladas. Traté de empujarlo, de gritar que me soltara, pero él me sujetó con más fuerza, asfixiando mis protestas. En medio de aquel asalto, lo vi: un resplandor púrpura, débil pero innegable, brotó de la herida de su mano. La piel comenzó a cerrarse, tejiéndose de nuevo como si el tiempo retrocediera, borrando el daño en segundos.

Yo solo podía llorar, con el alma rota, rogando internamente que aquella pesadilla terminara de una vez. Cuando finalmente se apartó, me dejó caer sobre la cama. Me encogí sobre mí misma, abrazando mis rodillas, sollozando con espasmos que me hacían doler el pecho. Me sentía violada, usada, convertida en un simple catalizador biológico.

Henry ignoró mi llanto. Se miró la mano, flexionando los dedos donde ya no quedaba ni una cicatriz. Su expresión era de puro éxtasis, una mirada que me obligó a cubrirme más con la sábana, sintiéndome pequeña y vulnerable.

—Impresionante... ¡Esto es absolutamente sorprendente! —exclamó. Me miró como si hubiera descubierto la cura para el cáncer, o algo mucho más valioso. Había una chispa de locura en sus ojos—.Diablos, pequeña, vas a ser nuestro camino al futuro. Con tu genética podremos hacer cosas grandiosas, cambiaremos el orden natural. Haré unas cuantas llamadas de inmediato.




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