Strange planet

El laberinto de la sangre y la luna .

Me acuesto en la cama, manteniendo la navaja oculta en la palma de mi mano, fuera del alcance de las cámaras, antes de deslizarla con sigilo en el bolsillo de mi bata. Respiro hondo, intentando calmar el golpeteo errático de mi corazón. Tengo que escapar; la certeza me quema las entrañas. Nadie vendrá a salvarme. Nadie. El miedo es una sombra densa, pero prefiero morir en el intento que seguir siendo una pieza de ajedrez en manos de estas personas.

De pronto, un cólico agudo me atraviesa el vientre, obligándome a encogerme. Al tocarme, noto la humedad cálida: he manchado mis bragas de sangre. En otro momento me habría alarmado, pero ahora no puedo permitirme el lujo de la debilidad si no quiero terminar como un ratón de laboratorio diseccionado en una mesa fría.

Me levanto y escaneo la habitación, buscando una fisura en su seguridad. Mis ojos se clavan en la mancha roja que ensucia la pulcritud de las sábanas blancas y, de repente, una idea desesperada toma forma.

Regreso a la cama, me retuerzo y presiono mis manos contra el abdomen, fingiendo una agonía insoportable.

—¡Duele! —grito, dejando que el pánico real se filtre en mi voz—. ¡Duele mucho! ¡Ayuda, por favor!

Sé que las lentes de las cámaras están captando cada uno de mis movimientos, analizando mi "sufrimiento". Es una apuesta suicida, pero es la única que tengo.

Sigo fingiendo mi agonía, retorciéndome entre las sábanas, hasta que el eco metálico de los cerrojos cediendo retumba en la celda. La pesada puerta se abre, revelando a una mujer de mediana edad cuya sola presencia me provoca un escalofrío que me recorre la columna; su expresión es gélida, desprovista de cualquier rastro de humanidad.

—Qué niña tan dramática. Detesto a las personas que montan un escándalo por nada —sisea con desprecio mientras lanza un paquete de toallas femeninas sobre la cama, como quien arroja sobras a un animal.

Las tomo con manos temblorosas, forzando una expresión de absoluta súplica mientras la miro desde mi supuesta vulnerabilidad.

—Señora... por favor... ¿puede ayudarme a cambiar las sábanas? —susurro, dejando que mi voz se quiebre de forma fingida.

—Para eso existen los conserjes, niña. Ah, es cierto, lo había olvidado... estás encerrada y nadie tiene permitido entrar aquí —responde con una crueldad intencionada que hace que mi sangre se hierva bajo la piel .Se acerca un paso más, disfrutando de su posición de poder.

—No gastes energía intentando que ese rayo morado regrese; estás demasiado débil. Pero, ¿sabes qué es lo mejor? Nuestras investigaciones confirman que ese "destello" fue el responsable del impacto del meteorito.

Siento que mi corazón se detiene. El aire se vuelve plomo en mis pulmones. ¿Yo... la culpable? La sospecha que me carcomía las entrañas se materializa en una verdad devastadora. Escucharlo de su boca es un golpe más violento que cualquier bofetada. Siento un nudo asfixiante en el pecho mientras las lágrimas comienzan a brotar sin control. ¿Fui yo? ¿Yo acabé con todas esas vidas? ¿Mis padres... los niños... los ancianos? La culpa es un peso insoportable que amenaza con quebrarme el alma.

—¿Qué pasa, niña? ¿Apenas estás procesando la magnitud de tus actos? —se burla, inclinándose hacia mí—. Ahora entiendes que tu lugar es este agujero. Aquí, al menos, servirás de algo para el país.

En ese instante, el dolor se transmuta en una furia ciega. ¡Estoy harta! Harta de la manipulación, de la culpa y de este infierno. En un arranque de ira visceral, saco la navaja que ocultaba y me abalanzo sobre ella con la velocidad de un depredador acorralado. El acero brilla un instante antes de hundirse. Le asesto varios cortes rápidos en el abdomen; el calor de su sangre me mancha las manos antes de que la razón logre frenarme.

—Esta no soy yo... —jadeo, retrocediendo con horror al verla desplomarse mientras intenta contener la hemorragia. Me tapo la boca para ahogar un grito, mis manos tiemblan con violencia.

Miro la puerta abierta. La libertad está a un paso, envuelta en el olor a hierro y miedo. Es ahora o nunca, me digo tragando saliva. Aprovecha tu única oportunidad.

Lanzo una última mirada a la mujer que se desangra en el suelo antes de lanzarme hacia el pasillo. En ese instante, una alarma roja desgarra el silencio, bañando las paredes con una luz intermitente y sangrienta. Empiezo a correr, sintiendo cómo la sangre —la suya y la mía— empapa mi bata, pesada y fría contra mi piel.

El eco de botas militares contra el metal me obliga a actuar por instinto. Diviso a varios guardias al fondo del corredor y, sin aliento, me escabullo por la primera puerta que encuentro.

Me tapo la boca con fuerza, ahogando un jadeo al ver a dos personas entregadas a una pasión frenética sobre un escritorio; están tan perdidos en su propio mundo que no notan mi presencia.Me muevo como una sombra, gateando por el suelo para evitar ser vista, ignorando los sonidos de su lujuria mientras busco desesperadamente una salida. De pronto, un fino rayo de plata atraviesa la oscuridad de la habitación.

La luna brilla afuera con una intensidad casi sobrenatural. Al acercarme, encuentro una estrecha ventana de ventilación. Gracias a la desnutrición y al peso que he perdido en ese infierno, logro deslizarme por el marco con una facilidad dolorosa, sintiendo el metal frío arañar mis costillas.

Caigo sobre el césped húmedo. Al levantar la vista, me rodea un laberinto de alambres de espino y cercas electrificadas que zumban bajo la luz carmesí que emana del complejo. Corro. Corro con todas mis fuerzas, con el corazón martilleando en mis oídos; nunca pensé vivir mi propio libro de suspenso, pero esto supera cualquier ciencia ficción que haya leído.

Respiro el aire fresco, que sabe a libertad y a pino, mientras escalo la cerca perimetral. A lo lejos, escucho los gritos furiosos de los guardias que ya han descubierto el rastro de sangre en mi celda. Al saltar hacia el otro lado, la distracción me traiciona: caigo mal y un crujido seco en mi brazo me roba el aliento. Ignoro el dolor punzante y me interno en la espesura del bosque.




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