Strange planet

El ojo del cazador .

Henry.

Una hora antes ...

El aire en la oficina está saturado de un olor metálico, sudor y el perfume barato de la mujer que gime bajo mi cuerpo. Sus gritos, que pretenden ser de placer, me taladran los oídos con una falsedad irritante. La tomo del cabello con brusquedad, obligándola a arquearse mientras entierro mis dedos en su cuero cabelludo.

–Cállate, puta -siseo cerca de su oído, con la voz cargada de un desprecio gélido-. Te pago para que pongas el cuerpo, no para que me aturdas con tu actuación de cuarta.

La suelto con desdén justo antes de alcanzar el clímax. Me retiro el preservativo con movimientos lentos, regulando mi respiración mientras observo su espalda sudorosa. Su cabello marrón oscuro cae en desorden sobre su piel húmeda. La tomo de la barbilla, forzándola a mirarme; sus ojos verdes están empañados, perdidos.

–Te enviaré la paga por mensaje, eh... ¿Emma? -pregunto con total indiferencia mientras me subo los pantalones.

–Rocío... -murmura ella, apenas un hilo de voz quebrado.

Ni siquiera me molesto en corregirme. Hago un gesto vago hacia la puerta, una orden silenciosa de expulsión que ella obedece con una rapidez humillante. Me acomodo el cinturón y me desplomo en el sillón de cuero de mi escritorio, rodeado por el silencio de mi santuario de poder.

Hoy es un día de gloria. Los informes sobre la investigación están sobre la mesa, listos para catapultarme al ascenso que me corresponde por derecho. Realizo un par de llamadas a contactos clave en el Gobierno y a un par de figuras influyentes que tienen el precio justo.Todo está en su sitio. Al colgar, me quedo mirando el ventanal, saboreando el recuerdo del beso que le di a Erica. Fue un movimiento calculado. Usamos su sangre y experimentamos con animales, pero besarla... eso fue el toque maestro. La excusa perfecta envuelta en el "bien del proyecto". Siento una satisfacción casi eléctrica recorriéndome la columna.

De pronto, el estridente aullido de la alarma de emergencia desgarra el ambiente.

Me pongo en pie de un salto, la mandíbula tensa y los sentidos alerta. Escucho el caos en los pasillos: botas militares golpeando el suelo y gritos de mando. Paso una mano por mi cabello rubio, frustrado por la interrupción, y presiono el intercomunicador para llamar a mi asistente.

–¿Qué mierda está pasando, Francy? -exijo, mi voz es un látigo de autoridad.

Francy entra en mi oficina, pálido, titubeando antes de soltar la bomba :

– Se ha escapado ,señor. El espécimen de la celda 278.

Me quedo estático un segundo antes de que una carcajada seca y carente de humor escape de mi garganta. Francy retrocede, sus ojos reflejan un miedo genuino.

–¿Se escapó? -repito, casi maravillado-. Vaya. No pensé que esa pequeña rata pudiera hacer mucho con la navaja que robó. Pensé que sería... inofensiva.

Me acerco lentamente al ventanal que domina los jardines exteriores. Allí, bajo la luz mortecina, veo una figura que corre con una desesperación animal .Su cabello castaño ondea como un halo salvaje mientras se interna en la oscuridad del bosque circundante. Es una visión fascinante . Saco mi celular con una calma que desconcierta a mi asistente . Marco la frecuencia directa de los francotiradores apostados en las torres.

–No disparen -ordeno, mi voz es una amenaza susurrada que no admite réplica-. Déjenla que se vaya.

-¿Qué? ¡Señor Correll! ¿Qué está haciendo? -exclama Francy, perdiendo los estribos-. Es nuestro activo más valioso, si se pierde en el bosque...

Me giro hacia él con una sonrisa depredadora, mis ojos brillando con una luz perversa.

–No se va a perder, Francy. Solo le estoy dando una ventaja. No hay nada más divertido que cazar algo que cree, por un momento, que es libre.

Respiré hondo, permitiendo que un aire frío llenara mis pulmones mientras observaba por la ventana . Me quedé momentáneamente petrificado, con una mezcla de desconcierto y una fascinación oscura, al ver cómo ella escalaba la cerca eléctrica. Se movía con una agilidad casi inhumana, desafiando los voltios que deberían haberla doblegado. Interesante... definitivamente, ese es un enigma que diseccionaré más tarde.

A través del monitor, vi las siluetas erráticas de los guardias persiguiéndola, perdiéndose torpemente entre la espesura del bosque como sabuesos ciegos. Una sonrisa ladeada, cargada de una autosuficiencia gélida, curvó mis labios. Aparté la vista de la computadora para fijar mi atención en mi asistente.

—Francy —dije, mi voz era un hilo de seda pero con el filo de una navaja—, hoy vas a aprender lo que significa estar, realmente, un paso por delante de tu presa.

El me devolvió una mirada cargada de confusión. No dije nada más; permití que el silencio la inquietara antes de desviar la vista. Caminé con pasos medidos, casi coreografiados, hasta la consola principal. Mis dedos danzaron sobre el teclado con precisión , ejecutando comandos que solo yo conocía. Tras un último enter, un punto rojo, palpitante y escarlata como una gota de sangre fresca, apareció en el mapa térmico del bosque.

—Verás, Francy... a una pieza de caza tan valiosa nunca se le puede perder de vista —comenté, sin dejar de observar el rastro luminoso—. Sin importar que los métodos para lograrlo sean... intrusivos.

Me giré levemente para disfrutar de su reacción.

—Haberle implantado ese rastreador subcutáneo a Erica fue la mejor inversión de nuestra logística. El dolor es efímero; el control, en cambio, es eterno.

El rostro de Francy se descompuso. El shock le dejó paralizado, sus ojos saltando de la pantalla a los míos, procesando la frialdad de mi jugada. El no se lo esperaba. Nadie se lo espera nunca.

—Ahora —susurré, mientras mis ojos volvían al punto rojo que se internaba en la oscuridad—, es cuando empieza el verdadero juego.

—Señor... —La voz del jefe de seguridad irrumpió en el silencio de la sala, cargada de una urgencia que me resultó irritante—. El espécimen atacó a una de las empleadas encargadas del monitoreo antes de escapar. Le causó heridas... muy graves.




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