¡Maldita sea !
Camino entre estos árboles que se alzan como centinelas conocidos y, a la vez, profundamente extraños. El sol de Aethelgard se filtra entre las copas con un tono naranja febril, bañando el paisaje en una luz irreal que distorsiona las sombras y hace que todo a mi alrededor parezca sacado de una pesadilla febril. Trato de esquivar esas flores exóticas cuyos pétalos parecen palpitar; cada vez que paso cerca de ellas, un escalofrío me recorre la columna. Estoy traumada, lo sé, y esas malditas cosas no ayudan a mi cordura.
Busco desesperadamente un refugio, o con suerte, el pueblo que vislumbré en mi infancia. Pero los pensamientos me bombardean como ráfagas. Primero: no me arrepiento de haber escapado de aquel infierno, ni un segundo. Segundo: la duda me carcome... ¿estoy muerta o simplemente inconsciente, repitiendo el patrón de hace años? Haber soñado con Kaelen para luego despertar aquí de nuevo es una broma pesada del destino. Sacudo la cabeza; el dolor punzante en las sienes me advierte que, si sigo dándole vueltas, colapsaré antes de encontrar la salida.
Lo más inquietante es este bosque. El lugar donde caí se siente como un recuerdo recuperado a la fuerza, un fragmento de memoria que creí haber enterrado y que ahora florece con una familiaridad aterradora.
¡Trac!
¡¿Pero qué carajos?! Como si el universo hubiera decidido que hoy soy su saco de boxeo personal, tropiezo con una piedra y aterrizo de cara contra el suelo. El impacto me roba el aliento y el sabor metálico de la sangre llena mi boca. Me levanto furiosa, lista para patear el objeto de mi desgracia, pero me detengo en seco al verla.
Es una piedra ígnea. Reconozco esa textura vítrea y oscura; es la misma con la que me golpeé siendo una niña. Se forma cuando la lava se enfría abruptamente tras una erupción, atrapando el fuego de la tierra en un corazón de obsidiana pesada. La tomo entre mis manos, sintiendo su peso sólido y real. La inspecciono buscando alguna señal, algún rastro de magia o locura, pero no hay nada. Con un suspiro cargado de frustración, la dejo caer de nuevo.
Miro hacia el horizonte. Si esta piedra está aquí, el pueblo no puede estar lejos. Retomo la marcha, pero una nueva preocupación me asalta: ¿qué pensarán de mí? Una mujer con una bata blanca de hospital, andrajosa y salpicada de sangre... me encerrarán por lunática antes de que pueda decir "hola". Y luego están los guardias; dudo que me den una bienvenida cálida.
—¡Si tan solo me cayera un milagro del cielo! —exclamo al aire, apretando los puños.
Como si el cielo me escuchara de la peor forma posible, siento algo viscoso y caliente aterrizar sobre mi coronilla. La sustancia se desliza por mi cabello, pegajosa y fétida. Frunzo el ceño, asqueada, y me toco la cabeza para analizar el fluido. Mis dedos se llenan de una baba espesa. ¿Saliva ? Un gruñido gutural ,profundo como el rugido de una falla del televisor vibra detrás de mi nuca. Me quedo petrificada. Me giro milímetro a milímetro, rogando que sea mi imaginación, pero la realidad es mucho peor.
Frente a mí se alza una aberración de la naturaleza: una mezcla grotesca entre un lobo y un dinosaurio. Es una bestia de cuatro patas, pero su piel parece placas de acero afilado que brillan bajo el sol naranja. Sus colmillos, inmensos y amarillentos, sobresalen de un hocico que gotea la misma saliva que ahora decora mi pelo. Sus ojos, fijos en mí, tienen el hambre de siglos.
¿Si no me muevo no me verá?, pienso con una estupidez desesperada. Pero mi conciencia me da una bofetada mental: ¡Maldita sea, Erica, muévete! ¡CORRE!
Mis piernas reaccionan antes que mi lógica. Salgo disparada, sintiendo mis pasos pesados sobre el terreno irregular. A pesar de su aspecto masivo, la criatura se mueve con una lentitud calculada, casi juguetona, pero eso no la hace menos letal. Abre su boca, revelando una hilera de dientes capaces de triturar mis huesos como si fueran cristal, y suelta un rugido tan potente que siento que mis entrañas vibran.
Corrí a toda velocidad, con los pulmones ardiendo y el corazón golpeando mi pecho , hasta que divisé una grieta estrecha en la base de una formación rocosa de colores vibrantes. Sin dudarlo, me lancé de cabeza al interior de esa pequeña cueva.
Jadeé, con el pánico atenazando mi garganta, cuando percibí que esa cosa se detuvo a escasos centímetros de mi escondite. Retrocedí hacia las profundidades de la gruta, donde la oscuridad absoluta me envolvió . Me cubrí los oídos con fuerza, intentando acallar los rugidos guturales que hacían vibrar las paredes de piedra y aturdían mis sentidos. Me quedé allí, hecha un ovillo, temblando violentamente y dejando que los sollozos silenciosos empaparan mis mejillas.
Tras lo que parecieron horas de agonía, el eco de los pasos pesados y los bufidos salvajes se desvaneció en la distancia. El silencio regresó, pesado y denso. Aproveché ese respiro para asomarme con cautela hacia la salida. Al elevar la vista, el aire se escapó de mis pulmones por una razón muy distinta al miedo: ya era de noche, pero el cielo no era el mío.
Fruncí el ceño, anonadada ante la visión de dos lunas gigantescas entrelazadas en el firmamento, bañando el paisaje con un resplandor plateado y violáceo. Era una danza celestial, tan hermosa como aterradora, que confirmaba que ya no estaba en casa.
Entrecerré los ojos, asimilando la extrañeza del nuevo mundo, y decidí que lo más sensato era no moverme; no quería convertirme en la cena de lo que sea que acechara en esa espesura desconocida. Me acurruqué contra la fría piedra, buscando una posición que me permitiera descansar sin bajar la guardia. Finalmente, con el cuerpo agotado por la adrenalina, cerré los ojos y dejé que el sueño me reclamara en ese refugio improvisado.
—Vaya mierda.
Esas dos palabras, cortantes y cargadas de una preocupación profundo, perforaron el silencio de la cueva. Abrí los ojos de golpe, con el corazón martilleando mis costillas y la sangre congelándose en mis venas.