Henry.
Ha pasado una semana exacta desde que Erica se convirtió en un fantasma. Creí que el rastreador subcutáneo sería suficiente para mantenerla encadenada a mi voluntad, pero subestimé su desesperación. Un solo descuido, un desliz de seguridad, y la pieza fundamental de mi rompecabezas desapareció del tablero, obligándome a retrasar mis compromisos con el gobierno. Sin ella, los contratos son solo papel mojado.
Solté un suspiro cargado de irritación, clavando la mirada en las pantallas del centro de mando. Donde antes pulsaba un punto rojo con la precisión de un latido, ahora solo había un vacío digital. El silencio de la sala se rompió con el siseo de la puerta automática.
—Jefe —la voz de Francy sonó insegura, casi temblorosa—. Vengo a informar sobre el proceso del espécimen de la celda 278, pero… creo que es mejor que vea el lugar de la desaparición por sí mismo.
Me giré lentamente, dedicándole una mirada gélida. Mis "especialistas" no eran más que estorbos incapaces de rastrear a una chica herida. Decidí que, si quería resultados, tendría que ensuciarme las manos en el bosque.Tomé mi abrigo de lana oscura y me lo ajusté mientras el frío de la precordillera se filtraba por los conductos de ventilación. La nieve había empezado a cubrirlo todo desde ayer, borrando cualquier evidencia física.
—Muevete, Francy. Vámonos antes de que el clima entierre lo poco que queda de tu incompetencia —sentencié.
Mis pasos resonaron con autoridad sobre el mármol pulido mientras salíamos hacia el exterior.
Tras un trayecto agónico por el terreno escarpado, llegamos al punto ciego. El paisaje era una sábana blanca y hostil que hería la vista. Me acerqué al borde de un acantilado, donde la maleza parecía haber sido castigada por un impacto violento. Las ramas rotas colgaban como huesos fracturados. Era una caída mortal.
Estaba a punto de retirarme, convencido de que su cuerpo yacería sepultado bajo el hielo del desfiladero, cuando algo captó mi atención. Una mancha mínima, un rubí casi imperceptible sobre la corteza astillada de un pino. Así que decidí intentar una posibilidad.
—Francy, trae el equipo de escaneo y mi laptop. Ahora —ordené sin apartar la vista de la sangre.
Cuando el dispositivo estuvo en mis manos, tecleé los códigos de anulación de frecuencia. Mis dedos volaron sobre el teclado mientras reiniciaba los satélites de corto alcance.
De repente, un pitido agudo y constante rompió el silencio del bosque. El punto rojo parpadeó en la pantalla, pero no estaba en el fondo del barranco, ni se movía hacia la carretera.
Contuve el aliento. Según las coordenadas de profundidad y el mapa térmico, el rastreador de Erica no estaba bajo la nieve. Estaba emitiendo una señal errática, desde una frecuencia que no debería existir .