Strange planet

Bajo la sombra del rey .

—Así que... ¿cuál es tu nombre? —pregunté, rompiendo el espeso silencio que envolvía la celda andante.

Desvié la mirada hacia las figuras de colores vibrantes que manejaban el transporte con una calma que me resultaba insultante. Recordé el momento exacto en que todo se fue al traste: escuché la voz de una chica y me giré por instinto, pensando que se trataba de una amenaza inminente. Sin embargo, solo vi a un grupo de hombres dándole caza como si fuera un animal. Intenté defenderme, busqué ese brillo morado que solía nacer de mis manos, pero mi poder no respondió. Entre la superioridad numérica y sus armas de una eficacia aterradora, cualquier resistencia fue inútil.

Ahora estaba aquí, encerrada en esta carreta de hierro junto a la responsable de mi desgracia. La chica frente a mí parecía una pasa humana; estaba tan desnutrida que su propia piel se aferraba a sus huesos con fragilidad. Ella me vio mientras huía, y su pánico fue el faro que terminó por delatarme a mí también. Al menos, pensé con una amargura pragmática, esta jaula me mantiene lejos de cualquier otro monstruo que camine por el bosque.

A un lado del suelo mugriento vi una pequeña rama de madera. La tomé y la usé para picarle el brazo con desdén, tratando de obtener una señal de vida.

—Chica... ¿sigues viva? —solté con un sarcasmo que ocultaba mi propia ansiedad—. Para haber corrido como una loca, te quedaste muy tiesa al ver la sangre en mi bata. ¿Estás bien?

Al moverse, su camisa se desplazó ligeramente. Su piel tenía un tono amarillo enfermizo que me hizo dudar. En Aethelgard, las líneas de lo "normal" eran tan difusas que ya no sabía si su color era síntoma de una enfermedad o simplemente su naturaleza.

—Agua... —suplicó ella, con una voz que apenas era un hilo de aire.

—No tengo, y créeme, mi garganta está igual de seca —respondí, aunque la lástima empezó a ganar terreno sobre mi irritación.

Me arrastré hacia los barrotes y fijé la vista en uno de nuestros captores. Era un joven, pero sus ojos amarillos, sus uñas afiladas y esas orejas desproporcionadamente grandes le daban un aire inquietante. Él se encargaba de vigilar a las extrañas bestias que tiraban de nosotros hacia un destino desconocido.

—¡Psst!¡Pissssst!... ¡Chico!, ¿ Tienes agua ?—susurré, cuidando que los otros dos guardias no me oyeran. Tenían rostros de no haber perdonado una vida en años. Mi propia apariencia tampoco ayudaba: con la bata manchada de sangre, parecía una maniática recién escapada de un pabellón psiquiátrico, una anomalía que ellos no terminaban de procesar.

—Gracias —musité, pero él ya me había ignorado, volviendo su atención al camino.

Me acerqué rápidamente a la chica y llevé el agua a sus labios. Ella bebió con una desesperación animal, casi atragantándose con el líquido.

—Oye, déjame un poco —le advertí en un susurro, sintiendo mi propia sed arder tras la carrera que tuve que dar—. Yo también necesito fuerzas para lo que venga.

Le di un trago corto al agua, sintiendo cómo el líquido aliviaba mi garganta seca mientras no le quitaba el ojo de encima a la chica.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunté, acomodándome a su lado con un gesto que intentaba ser amigable.

—Amber… —susurró ella. Su voz era apenas un hilo de duda, y sus ojos no dejaban de analizarme, como si buscara una amenaza oculta en mis facciones.

—Amber —repetí, saboreando el nombre antes de asentir—. ¿Por qué te perseguían esas personas? ¿A dónde nos llevan?

Busqué sus ojos negros, esperando una respuesta que arrojara luz a este caos. Ella desvió la mirada, ignorando deliberadamente mi primera pregunta, y se abrazó las rodillas.

—Nos van a vender… al palacio. Como criadas —soltó en un susurro quebrado.

—Órale… —mascullé entre dientes, cruzándome de brazos con una mezcla de indignación y sarcasmo—. Y yo que pensaba que la esclavitud era cosa del pasado, pero resulta que aquí sigue vivita y coleando. Mi suerte no puede ir peor.

Me detuve en seco. Un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago: ¡Espera! Yo necesito ir al castillo. El plan, aunque peligroso, empezaba a tomar una forma retorcida.

—¡¿A qué castillo vamos?! —pregunté con una intensidad que la hizo sobresaltarse—. ¿Cuántos castillos hay aquí en Aethelgard?

—Solo uno… —respondió ella, parpadeando asustada—. El del Rey es el único de todo el continente.

Una pequeña chispa de esperanza se encendió en mi pecho y esbocé una ligera sonrisa, aunque el buen humor me duró poco al recordar nuestra condición de mercancía. No conocía las leyes de Aethelgard, pero ver a esa chica temblar, sabiendo que la usarían hasta el cansancio cuando apenas podía mantenerse en pie, me revolvió las entrañas.

—No te preocupes, Amber. Trataré de ayudarte —le dije, intentando transmitirle una calma que yo misma no sentía del todo. Ella no se relajó; su cuerpo seguía tenso como una cuerda de violín. Era lógico, ¿quién confiaría en una desconocida en medio de un secuestro?

Me asomé por la abertura del transporte y mis ojos se toparon con la imponente reja de cristal. Era una estructura colosal, una obra maestra de ingeniería mágica que parecía hecha de cristal líquido congelado en el tiempo. Esta vez, la seguridad era asfixiante: guardias apostados en cada rincón y fortalezas coronadas con almenas, desde donde los vigías nos apuntaban con armas extrañas, artefactos que desafiaban cualquier tecnología que hubiera visto en la Tierra.

Tras un breve intercambio de palabras entre nuestros captores y la guardia, los pesados portones crujieron y se abrieron. Al cruzar el umbral, el aire cambió y mi respiración se cortó. El pueblo no era lo que recordaba; era más moderno, más opulento.

Los techos de paja habían sido reemplazados por maderas polícromas que creaban un mosaico vibrante bajo la luz. Al ver las manzanas flotando en los puestos del mercado, una sonrisa nostálgica tiró de mis labios; un pequeño recordatorio de que, efectivamente, estaba de vuelta.




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