CATALINA
Catalina Stewart se hallaba últimamente ensimismada en su mundo.
Tomando las migajas de lo que le apetecía darle su amor.
Ese demonio pelirrojo que habia marcado una distancia inquebrantable que la estaba matando lentamente.
Sabía que se habia equivocado.
Que se merecía ser juzgada, pero no fue la única que falló y estaba pagando las consecuencias.
Rehuyéndole a la ahijada de su marido, por temor a cometer un nuevo error en su casa.
De perdidos al rio.
No sabiendo como manejarse en su lugar seguro, y eso la estaba enloqueciendo.
Sin contar con que ya no conocía a sus hijos, porque Alistair se habia enfrascado en una relación bastante particular con la rubia, y Evolet no consentía nada con esta, y su hija aparentemente también sentía odio por la invitada, siendo por razones diferentes que no se habia atrevido a revelar, dejándole claro que no le tenía confianza.
Cosa que le dolió cuando aquellas palabras fueron expresadas hace tan solo unos minutos, y optó por ir personalmente por un té para despejarse y no comenzar a levantar el castillo a gritos como la ama caprichosa y consentida que era, pero la infusión quedó esparcida en la alfombra del pasillo, junto con la porcelana, cuando un grito de Aine la alertó haciendo que entrase con el corazón en la boca a la habitación, agradeciendo que estaba un par de metros de esta.
Quedando lívida cuando advirtió como su hija se cernía sobre el cuerpo pálido e inconsciente de la rubia en el suelo sin saber cómo tocarle, o siquiera llamarle sin éxito cuando lo intentó.
—¿Qué ocurre? —soltó apresurada yendo rápido a su encuentro, pese a que sintió que sus pies pesaban una tonelada de concreto, quedando arrodillada como su hija al lado del cuerpo de la rubia, que con los ojos cerrados boqueaba por un poco de aire inútilmente, mientras lágrimas deslizaban por su rostro.
—¡La maté, mamá! —soltó entre sollozos y de manera apresurada Aine —. Yo… yo solo quería que sintiera lo mismo que yo desde que invadió mi hogar y todo lo que me pertenece, pero… —la explicación le entraba por un oído y le salía por el otro, mientras la revisaba, rezando para que no fuese nada grave.
Tenía el pulso débil y necesitaba atención con urgencia, por eso, enceguecida por la necesidad de que estuviese bien, con el corazón a punto de salírsele del pecho, levantó el castillo a gritos como no quería hasta que halló a Alistair donde lo habia dejado antes de ir por Aine.
Diciéndole lo ocurrido de manera atropellada, y gritando tras el que se encontraba en los aposentos de Aine.
Una Aine que seguía a su lado cuando regresó con dos doctores, siendo apartada hasta quedar entre sus brazos mientras Gibbs ayudaba a su hijo a poner a la muchacha en una superficie cómoda.
—Cierren la puerta con llave antes de que alguien más ingrese —hizo lo que se le pidió como autómata, mientras no apartaba la vista de su hijo que se subió a horcajadas sobre la rubia verificando sus signos vitales para después maldecir y comenzar a darle masajes en el pecho y respiración de boca a boca, a la par que Gibbs sacaba lo requerido acercándose con un bisturí, siendo detenido a medio camino por el pelirrojo de ojos verdes con un tono de advertencia que le terminó de helar la sangre, y le ayudó a espabilarse.
—No te atrevas a tocarle con esa mierda —escupió en un tono que nunca le habia escuchado.
—Stewart —trató de razonar —. Es necesario —siguió con su reanimación ignorando a su maestro.
Al hombre que le habia enseñado parte de lo que sabia.
—Sales —exigió en un ladrido, haciendo que Aine corriera por las que tenía en uno de los cajones, tendiéndoselas mientras la destapaba torpemente —. Vamos, mi ser celestial —la voz era ronca —. No tienes permitido renunciar sin haberme dejado siquiera intentar salvarte —para ese momento Aine estaba de regreso a su lado, siendo abrazada por ella y llorando de manera inconsolable —. Toni, mi amor, vuelve en si —estaba a nada de perder la compostura —. No me puedes hacer esto, cuando tengo que soportar cumplir esa mierda de promesa —tras un último masaje en el pecho y otra respiración de boca a boca prolongada, su hijo perdió los estribos gritando con frustración todo lo que no sabía que estaba guardando.
» ¡Joder contigo, Antonieta, no puedo perderte cuando te pertenece mi vida! ¡Hazte cargo de esto! —ante la declaración se extinguió el aire de la sala, haciendo que una tos y un jadeo que no era de ellos se volviese a escuchar tras unos segundos interminables, en los que parecían que se estuviese derrumbando el mundo de la familia Stewart.
—¡No más, papá! —gritó con la voz casi extinguida jadeando para recuperar el aliento, mientras Alistair dejaba de invadir su espacio, invirtiendo los papeles, ahora siendo ella quien estuviese a horcajadas sobre él sollozando con el rostro oculto entre su cuello, mientras la apretaba contra su cuerpo como si se le fuese a escapar como agua entre los dedos.
—Soy yo, Toni —soltó con alivio, mientras esta tosía y se quejaba sollozando mientras se revolvía en sus brazos —. Nadie volverá a tocarte. Nadie volverá a hacerte sentir miserable —la vio negar y apartarse cuando Alistair aceptó que necesitaba su espacio.
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Editado: 11.02.2026