ANTONIETA
Un mes después.
(Londres – Inglaterra)
Montrose House.
Octubre de 1808…
Era mejor hacerse la desentendida.
Que el día de su casi deceso no pasó para no tener que hacerse cargo de sus sentimientos.
De la zozobra constante que no se iba de su pecho.
El miedo paralizante que le recorría las venas cuando su mente no estaba lo suficientemente ocupada, por eso se concentró en algo que tenía más importancia que cosas que no podia solucionar.
O eso pareció, hasta que su cabeza le dio a entender que no se le había ocurrido la mejor de las ideas, y que dejarse guiar por Aine, cuando le pidió ayuda para llevar a cabo su inocente plan tras firmar una tregua y comenzar de nuevo, debió hacerle caso a las advertencias de Evolet, pese a que le parecieron una exageración al referirse a la pelirroja como un demonio con rostro precioso e inocente.
Al igual que debió alertarle cuando dijo que lo dejase todo en sus manos.
Que con su idea era más que suficiente, y que la mantendría informada ni bien diera resultados.
Pero eso no era lo que proyectó en primera estancia, cuando en vez de la reunión que se estaba llevando a cabo debía ser con personas diferente, ahí se hallaba ella como un cachorro regañado con la cabeza gacha, y su cómplice teniendo su misma postura mientras se tomaban las manos en señal de apoyo, porque el ambiente en la estancia era de completo terror ante el mutismo ensordecedor, y no ayudaba el hecho de que estuviesen caladas por la lluvia que les sobrevino cuando salieron corriendo para remediar el error, porque el aparente bosque de los perdidos aparte de tener el peor nombre jamás escuchado, no resultaba nada ameno e ideal para lo que sería un intento de reconciliación.
Porque no era de su incumbencia la relación de su padrino y Lady Stewart, pero no podía dejar de sentirse culpable, ya que, de alguna manera fue el detonante.
Sin embargo, lo único que consiguió fue un abrigo sobre sus hombros a la par que Aine, y la mirada penetrante de Kendrick Stewart sobre ellas.
Y no conforme con aquello también se hallaban en el lugar, como si de una reunión familiar se tratase una muy embarazada Evolet, el esposo de esta y su matasanos de cabecera, que se ubicaba a sus espaldas colocando una mano en el hombro de su hermana y otra en el de ella en señal de respaldo.
Porque la sonrisa burlona cómplice que les obsequió no podria ser de otra cosa, cuando hasta le guiñó el ojo a su hermana aceptando cualquier locura que saliera de esa pelirroja cabecita.
Cosa que le hacía pensar, y preguntarse qué había pasado con el riguroso doctor que en el barco parecía exasperado por el resfriado que le dio, y su terquedad por no tomarse la medicación.
Agradeciendo que no fuese en sobre manera como su padre, porque lo sacaba de sus casillas, pero nunca intentaba controlarle.
Pensando que era el primer acercamiento real que tenían desde que ocurrió aquello que ni siquiera pensaba con el nombre que era por el pavor que la embargaba, acordando de manera silenciosa solo tratarse en la medida de lo necesario, porque necesitaban pensar, pero sobre todo enfocarse. No obstante, aquello no era tan sencillo cuando extrañaba ser de alguna manera el centro de su atención.
—¿Si quiera estaban pensando cuando decidieron ir al bosque? —esa fue Catalina manteniendo a raya su humor, aunque el tono tenso no es que fuese el mejor de los indicios.
—Madre, déjame decirte que tus preguntas resultan hilarantes cuando sabes la respuesta —se quitó la zapatilla con una rapidez inhumana, y con aún más agilidad la tiró pegándole al pelirrojo de ojos azules en la cabeza, haciéndolo gemir y mandarse las manos a la frente al haber dado en el blanco —. Y dicen que con los años se pierden habilidades, pero la perfección prevalece en ti, madre santa —le gustaba sacarla de sus casillas.
—Gracias —soltó con altanería.
—No era un cumplido —Evolet y Aine fueron las únicas que rieron, celebrándole las gracias al menor de los varones, tosiendo para mal disimularlo cuando las miró de forma asesina.
—Por eso mi madre sí que me advirtió lo de criar cuervos —resopló con fastidio avanzando hacia su hijo —. Pero bien que puedo solucionar el problema arrancándote las alas, curándome en salud cuando de paso te deje sin pico, bendito deslenguado que no tienes respeto por la mujer que te dio la vida.
—Espero no tener que recordarte la razón de que nuestros hijos posean ese peculiar temperamento —el dueño de casa también estaba atizando el fuego, aunque parecía todo lo contrario cuando la pelirroja madura quedó petrificada por sus palabras, ruborizándose en el proceso.
Carraspeó para recomponerse, y que los presentes no notasen lo que todavía los Duques de Montrose se despertaban mutuamente.
No todo se apreciaba perdido.
La esperanza seguía viva, y una mirada cómplice con Aine se lo aseguró.
—Archivald es perfeccionista a la par de ciego como su padre, teniendo el don de la rectitud tan arraigado como tú, asi que por eso que sea el Duque de Montrose no podria ser de otra manera —aparentemente eso ofendió al pelirrojo de ojos verdes, pero Evolet le abrazó y toda replica se desvaneció —. Ese dulce muchacho con sus muchas ideas descabelladas, y portando más lengua que cerebro la mayor parte del tiempo, también se parece a…
#664 en Otros
#146 en Novela histórica
#2154 en Novela romántica
suenos prohibidos, enemistad amistad amar en silencio, familia celos matrimonio sentimientos
Editado: 11.02.2026