ALISTAIR
(Londres – Inglaterra)
Montrose House.
Noviembre de 1808…
«—Me encantaría decirte algo diferente, pero si no permites que se le hagan estudios, simplemente tendrás la misma respuesta —Gibbs hizo un gesto de cansancio, mientras abandonaba el tomo que hasta hace un momento examinaba —. Ha vivido más de lo pensado, y aunque no se sabe el verdadero motivo, tenemos que agradecer al creador porque aún siga respirando.
—Ella no será un prueba y error, solo porque no sabemos a ciencia cierta lo que tiene —se negaba a hacerle daño.
Aun no tenía claro la razón de su pavor a las agujas, pero no experimentaría para averiguarlo.
» Y esas mismas palabras las recita su padre, y ya me saben un poco a mierda —alzó las cejas con sorpresa ante su comentario, pero lo dejó estar al entender la profundidad de las palabras que no habían sido lanzadas y no le competía recalcar.
—Entonces estamos como al inicio, porque la historia no habla sobre la afección extraña que posee la señorita Coleman, asi que, si no está en nuestros planes el hacer una prueba y error será mejor que nos conformemos con el dictamen de los médicos de América, e intentemos hacerle lo que le queda de vida más llevadera hasta que ella nos lo permita»
...
Las palabras eran fáciles de procesarlas, pero ponerlas en práctica resultaba totalmente diferente.
Una cuestión que se salía de sus manos, cuando su pecho dolía sin poder alcanzarle, solo porque el mundo era una mierda y nada ni nadie estaba capacitado para extinguir lo que sus entrañas apreciaban cada segundo que respiraba.
Y por eso agradeció cuando como un tornado que arrasaba con todo a su paso su hermana, porque no podia ser de otra manera, entraba a sus aposentos sin siquiera anunciarse, dando gracias que se encontraba medianamente decente al hace poco haber arribado de casa de Gibbs con los ánimos por los suelos, y la cabeza doliéndole.
Ni siquiera tuvo tiempo de reprocharle sus formas, sin importar parecer un hipócrita, ya que no estaba de humor para soportarle, pues informó de manera apresurada lo que precisaba.
—Hermana acaba de orinarse encima parada, cosa que no es tan sorprendente, hasta que pareció que un rio salía de entre sus piernas y Antonieta se resbaló cuando trataba de darnos alcance para nuestro paseo matutino, pero en vez de eso se bañó en lo que sea que estuviese saliendo de Evolet, que viéndolo con objetividad no eran orines —hizo cara de asco, perdida en los detalles del suceso, que no se dio cuenta en el momento en el que respingó enderezándose para dejar la cama que hasta el momento ocupaba al escuchar la palabra mágica.
—¿Antonieta está bien? —preguntó apresurándose a la salida.
—Aparte de tener el vestido destrozado con ese liquido un tanto viscoso —la vio mover la cabeza como si estuviese evaluando los daños que hubieron antes de ir a su encuentro —. Bastante bien, porque se enderezó como si nada, y me pidió que viniese por ti cuando Evolet aulló de dolor —y su cerebro de inmediato conectó, recordando que Evolet estaba en estado y a punto de traer un bebé al mundo, y no conforme con eso, su situación al saber lo que ocurría con su intimidad y los riesgos que poseía a la hora del alumbramiento.
Empezando porque aún faltaba tiempo para ese día, aunque pudo haberse adelantado con el viaje que tuvo que hacer hace apenas una semana a Londres, pues todos tenían obligaciones que cumplir y no podían dejarle sola.
Sin contar con que su madre se habia empeñado en llevarse a Antonieta para presentarle en sociedad, y eso lo enervaba lo suficiente como para no dejarles el camino libre, buscando un respiro cuando esa misma mañana la jaló con ella a donde madame Cury para hacerle un ajuar completo al notar que los vestidos le apretaban al haber ganado peso desde su llegada.
Meneó la cabeza para despejar su mente al rememorar cómo se marcaba deliciosamente su cuerpo, enfocándose y sin pensarlo un segundo más regresó al presente, y salió corriendo no sin antes tomar su maletín con los implementos que necesitaba dictándole órdenes a Aine, que no se quedó a escuchar si captó.
Resbalando en el camino con ese líquido que habia mencionado su hermana, a duras penas sosteniéndose en pie mientras pasaba un par de puertas más donde se escuchaban los alaridos, y no los de su cuñada en particular, pues se estaba llevando una discusión a cabo, donde su madre le pegaba a Evolet en las manos para que soltase su cabello, mientras Archivald intentaba calmarle sin resultado, teniendo en cuenta que su rostro de genuina preocupación aumentaba cuando Evolet Aullaba de dolor.
En cuanto a Antonieta, estaba con los brazos cruzados admirando la escena rodando los ojos, mientras ignoraba como la examinaba, notando la evidencia de las palabras de Aine, sin contar con el codo herido con sangre algo seca y los bordes rojizos muy pronto amoratados.
De resto se encontraba en óptimas condiciones, y más hermosa que nunca.
Antonieta Coleman era como un ángel que le enviaba un flechazo directo al corazón con solo respirar, y por eso, es que no sabía cómo no se había vuelto loco.
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Editado: 09.03.2026