SueÑo (im) Posible || El Matasanos & La Moribunda * T.E Ii

XXIV

ANTONIETA

«Antonieta.

Se que me he retrasado.

Que te he dado un espacio prudencial para pensar en mi regreso, pero tú también entiendes que los dos lo necesitamos para ser conscientes completamente de lo que puede ocurrir si nos volvemos a ver.

No estoy dudando.

Solo…

No necesito explicártelo, porque tú me entiendes, rubia.

Como nadie.

Por eso no te pido nada, solo que me permitas demostrarte mis intensiones, o si no es el caso que me des de frente tu negativa contundente.

De ti siempre espero esa sinceridad, y valentía que no me permiten sacarte de mi mente.

Gracias por mantenerme informado sobre mi hermana y sobrinos.

Para cuando está carta llegue a tus manos, seguramente esté en camino para verlos al haber puesto en pausa lo que me mantenía en Londres por unas semanas.

Hasta ahora.

Ethan»

«Se el hombre que me estoy obligando a no amar»

Cosa que no fue mentira al sentir en ese momento que estaba perdiendo a su alma gemela.

A su hermana escogida.

Sin embargo, eso no quería decir, que después de mucho miedo , y de noches en vela cuidando a su amiga al no permitir que ni el marido de esta la apartarse de su lado, pues la cesárea salió milagrosamente bien trayendo al mundo a no uno si no dos bebes sanos y fuertes pese a no haber cumplido el tiempo, no obstante, la infección primaba en el cuerpo de su amiga y las fiebres altas y todo lo que esto conllevaba perduró por un par de semanas más, ahora con la tranquilidad en su pecho Alistair Stewart volvía a poseer todos sus pensamientos.

A predominar por encima de la razón, añadiéndole a Ethan, que estaba próximo a llegar y ponerla en un verdadero predicamento, porque tenía que dejarse de rodeos, de tiempos muertos y de decidirse soportando las consecuencias de sus actos.

No ayudando demasiado el hecho de que tenía que lidiar con la sociedad londinense, porque la mujer de su tío se había empeñado en presentarle en sociedad, siendo un aliciente que los vestidos llegasen en el transcurso del día.

No teniendo mucho tiempo de examinar Londres, pero claramente era más frio que Escocia, no específicamente refiriéndose al clima, sino al ambiente que se respiraba.

La manera en cómo analizaban al prójimo, como hablaban de él sin importar tenerlo de frente.

Era mucho más que América, y eso la abrumó pese a que solo fue a la tienda de Madame Cury, pues después solo tuvo cabeza y alma para Evolet y sus hijos.

Se pasó las manos por la cara tras un suspiro apesadumbrado, tratando de arreglar su aspecto a su semblante demacrado regresar por las noches en vela, y la incertidumbre que embargaba cada terminación nerviosa de su cuerpo.

Ahora todo estaba en calma.

La tormenta habia cesado, pero ella seguía sintiéndose en medio del ojo del huracán.

Pues, que su amiga hubiese despertado según le informaron hace poco menos de media hora, y que en esos momentos Gibbs y Alistair la estuviesen revisando, no quitaba que la opresión de su pecho persistiera por razones diferentes.

Le regaló una sonrisa a la mujer que le estaba devolviendo la mirada.

A la que quería indicarle que podia con todo.

A la que le recalcaba que si seguía con vida era por algo.

Que su propósito continuaba sin cumplirse.

¿Pero cuál era ese propósito?

Terminó de trenzar su cabello por si sola a pedirle a Leonor que estuviese al pendiente de lo que pudiesen requerir los doctores, y ni bien comprobó que estaba lo suficientemente decente, terminando su desayuno para que su madrina no la reprendiese, porque tenía ojos en todos lados.

Madrina.

Era una palabra que ni siquiera pensó que pudiese utilizar en ningun momento.

Mucho menos con la esposa de su padrino, porque nunca estuvo en sus planes conocerle, pero se arrepentía de haberse negado a aquello cuando estaba siendo una de las mejores experiencias de su vida, porque recibió amor de sus padres, inclusive tenía una prima disfuncional que velaba por su bienestar, porque no podia llamarle de otra manera a Serafina, cuando la ignoraba la mayor parte del tiempo, pero en la intimidad tenían la suficiente confianza para ser una especie de confidentes que cuidaban el bienestar de la otra, luchando vanamente por no encariñarse lo suficiente para no echarse de menos.

No obstante, Catalina Stewart era alguien fuera de lo común.

Una mujer que se habia internado en cada terminación nerviosa de su cuerpo, que ya no veía un futuro sin esa señora pululando a su alrededor.




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