ANTONIETA
Se habia pasado la noche fuera de casa.
Ni siquiera se tomó el trabajo de madrugar para examinarle a la hora de siempre e iba para medio día, y continuaba sin dar señales de vida.
Por lo menos el doctor Gibbs era un hombre responsable, consciente de sus deberes y prioridades, teniendo la delicadeza de hacer el trabajo que le fue encomendado al pelirrojo, aunque las miradas que le dedicaba le enervaron.
Era como si en vez de examinarle superficialmente, le estuviese leyendo el alma y esta le resultase patética, gracias a todo lo que estaba experimentando en esos momentos.
Sin embargo, decidió ignorarle para que aquello acabase lo más pronto posible, pero aquel no tenía intenciones siquiera remotas de complacer sus deseos, cuando Evolet fue la primera en ser examinada, y con ella se podia tomar todo el tiempo que considerase necesario.
—Debería de meditar la idea de que se le realicen algunas pruebas, señorita Coleman —sus ánimos de levantarse de la silla en la que se encontraba ubicada quedaron en meras intenciones cuando mencionó aquella palabra que le daba tanto pavor, hasta el punto de las arcadas —. Si pone un poco de su parte, creo que podemos reunir los resultados de su padre, y lo que consigamos para al fin poder darle un nombre al mal que la aqueja —y con eso terminó de tocar el punto más espinoso que tenía su alma.
Ser medianamente amable no le parecía buena opción.
—¿Y encontrar el diagnostico exacto me dará inmediatamente la cura? —si sonó a la defensiva y cortante no le importó —. Llevo alrededor de diecisiete años sometiéndome a estos procedimientos sin que arrojen nada productivo ¿Qué le hace pensar que usted va a tener mejor tino con una sola prueba que piensa ilusamente que será el milagro para todos mis males?
—Solo ha sido una sugerencia, señorita Coleman —dijo en tono de redención, cuando no la vio por la labor de fingir ser simpática.
—Que no es bien recibida como lo habrá podido notar —lo cortó antes de que pudiese continuar con las intenciones, levantándose de la silla al haber recuperado tras la sorpresa inicial el control de sus extremidades —. Le recomiendo que por lo menos en lo que a mí respecta, cuando el doctor Stewart no quiera hacer su trabajo, solo se limite a cumplir con que medianamente requiero para que mis padrinos estén tranquilos —no quería sonar grosera, pero le había arruinado ya de por si su humor caldeado, cuando se enteró que el matasanos de pacotilla que tenia se habia perdido y no daba señales de vida.
Pudo preocuparse, pero su madre hasta cantaba de alegría por los pasillos. Cosa que la tranquilizó, pero no mejoró su ánimo.
» Que tenga un buen día, doctor Gibbs y un fructífero viaje —le habían comentado que estaba próximo a partir a Francia.
No esperó su respuesta, dejándolo solo en uno de los salones de la propiedad al no tener nervios para dejarse revisar de una manera más profunda.
Ya lo hacían todos los días, eso era solo mera rutina.
No había vuelto a tener otra crisis.
Inclusive le resultó una pérdida de tiempo que ese medico la hubiese revisado.
Sacó el abanico, y en su recorrido con el pasillo para llegar al recibidor al haber escuchado que alguien hizo arribo, lo abrió con más fuerza de lo debido, y cuando intentó abanicarse con este al sentir que estaba acalorada por la rabia que sentía en el cuerpo, salió volando, haciendo golpease a alguien porque antes de verlo escuchó un quejido.
Apretó los parpados sintiendo como el rostro se le calentaba, respirando profundamente para acto continuo afrontar las consecuencias de sus actos, cosa que no tuvo que hacer por si sola cuando escuchó la voz del causante de todas sus molestias.
No precisamente quejándose, porque el gemido de dolor no fue masculino.
—¿Qué pasa contigo? —fue brusco, y desagradable.
El despreció en su voz resultó genuino.
Aunque eso no fue lo que verdaderamente le bajó el alma a los pies.
Sino apreciar como socorría la persona que aparentemente habia lastimado, siendo específicamente una mujer.
A la cual tomó del rostro con una delicadeza que la envaró hasta el punto de hacerla jadear en silencio, advirtiendo como se miraban a los ojos y se sonreían con una complicidad a la que ella ni siquiera podia aspirar.
—Deja de ser dramático que solo fue un abanico el que a duras penas me rozó —dijo la dama en tono divertido, apartándolo de un manotazo que le formó un taco en la garganta.
Portaban una confianza le aceleró la respiración, y aumentó los latidos de su corazón.
—Te pudo haber sacado un ojo —respondió el pelirrojo mirándola con reproche, exagerando con conocimiento de causa, pero esta vez no era para causar una pelea más que estudiada.
Era algo genuino, y eso la vinagraba por completo.
—Definitivamente eres hijo de tía Catalina —soltó entre carcajadas —. Ahora déjame ver a mi agresor para que se disculpe como se debe —levantó las cejas ante sus palabras, mientras advertía como hacia a un lado a Alistair para en un parpadeo quedar frente a ella.
No hablaron al instante.
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Editado: 09.03.2026