ALISTAIR
Castillo de Belvoir…
Era infinitamente preciosa.
La materialización de unos sueños difuminados que ahora tenían sentido.
La definición idónea de belleza sin siquiera proponérselo.
Un ser celestial que los estaba halagando con su presencia, porque no podia ser de otra manera cuando Antonieta Coleman se hallaba en el inicio de la escalinata con un halo de luz que la hacía ver como un ser no terrenal, aunque su sonrisa y el brillo que estaban expidiendo sus ojos le resultaba algo sobrenatural, que le cortaba hasta la capacidad de hablar.
Su cuerpo siendo enmarcado por un vestido, que, si bien no le hacía justicia le ayudaba a resaltar sus atributos consiguiendo que su piel brillase, pues el color Champagne de la seda con bordados y piedras a juego la hacían deslumbrar de manera sensual sin exponerse demasiado, pues la parte del escote era un lino del mismo color que le llegaba hasta el cuello siendo embellecido por el mismo patrón de bordado y piedrecillas.
El contraste perfecto para su cabello rubio que le caía semi recogido en una trenza por debajo de los hombros en ondas, y como guinda del pastel el sutil maquillaje que le pusieron en su inmaculado rostro, que adornaba tan solo sus mejillas y boca.
Era tan perfecta.
Tan única.
Tan…
Tan…
...
Tan malditamente necia, cabeza dura, altanera, arrogante, pedante, y…
Y…
No podia pensar con claridad mientras la veía danzando con ese imbécil dejándose llevar como una pluma al viento, con sus cuerpos pegados más de lo políticamente correcto, sonriéndose y mirándose como si no existiese el mundo a su alrededor.
Como si las personas que estuviesen de público de su idílico momento sobrasen.
Como siempre habia querido ser cuando estaba a su alrededor.
Como quiso que lo mirase, pero ella siempre puso esa barrera, arrojándolo al camino de la desesperación.
Cometiendo locuras, que le provocarían bien sea dejarle calvo o un puñetazo de su buen amigo Declan, si seguía utilizando a su hermana para sus fines sin siquiera habérselo comentado.
Siendo imposible lo último, porque como le explicaba que le habia propuesto a su muy amada hermana que aceptase sus halagos sin ningún tipo de segunda intención.
—Ya habia comprendido la razón de tu petición, pero no puedo evitar sentirme ofendida, cuando estás bailando conmigo, y no disimulas que no soy tu centro de atención —sabía que el tono indignado de su voz era una burla, porque realmente a Aisling Manners no le importaba ni le afecta que siquiera notara su presencia, pero si lo decía era porque estaba dando verdadera pena.
Despegó la mirada de la parejita que continuaba llamando la atención, centrándose en la dama que se hallaba entre sus brazos, poniendo los ojos en su rostro por milésima vez.
Era preciosa.
Su aspecto con facciones aniñadas y ojos marrones eran la combinación perfecta para describir la dulzura, pese a que su temperamento decía lo contrario.
Sin contar con su cuerpo armonioso, embutido en ese vestido blanco virginal que utilizaban todas las debutantes en diferentes estilos.
Resultaba una beldad en toda regla, pero sin más.
La hermanita pequeña de su mejor amigo.
Ni siquiera le alteraba la respiración, pese a que en esos momentos tras una vuelta se apretó contra su cuerpo, y con una sonrisa pícara hizo que sus rostros se juntasen hasta el punto de compartir el aire.
—Espero estés conforme con tenerme pestañeando solo hacia a ti —se relamió los labios, para acto continuo morderse estos añadiéndole que guiñó un ojo con picardía, que si no fuese en su dirección sería el indicativo de que el caballero tenía vía libre para unas caricias y besos en la oscuridad de una habitación o detrás de uno de los setos del jardín del Duque de Rutland, que curiosamente era tío de esta, y después de su hermano el único familiar que le quedaba con vida.
—Muy conforme, cuando ahora es la señorita Coleman quien casi pisa al Sir Walsh, al notar que estamos a punto de comprometernos con el espectáculo que estamos formando —¿Qué? —. No me opondría a una boda doble, y ser sus padrinos —tenía un humor que solo ella entendía.
¿O lo estaba diciendo enserio?
Ahora que pensaba medianamente con cabeza fría, cuando le propuso aquello los celos primaban en su raciocinio.
Pero, ante otra perspectiva…
Joder, con sus estúpidas ideas.
—Ja. Ja —espetó con sequedad espabilándose antes de que fuese imposible deshacerse del inconveniente en el que el mismo se metió por imbécil, separándose al instante al escuchar los pregones finales de la pieza, porque estar pegado a ella no era precisamente lo que tenía planeado para esa noche.
Era uno de los actos, porque el principal dentro de poco lo llevaría a cabo.
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Editado: 09.03.2026