ANTONIETA
«—Se que algo está en tu cabecita, y me encantaría adivinar, porque por cómo me miras creo saber que es, pero me gustaría que me lo dijeses —el rubor trepó por sus mejillas —. O en su defecto me muestres, ya que en ese aspecto las palabras salen sobrando.
—¡Alistair! —estaba realmente apenada, y que se estuviese burlando de su dilema no le ayudaba.
—No es mi intención avergonzarte —cambió su tono, acercándose al estar solos después de que Leonor por fin se despegó de sus espaldas, pues tras la discusión que tuvieron, en vez de alejarse, al tener la confianza suficiente se comportaba reacia a acceder a sus peticiones, y no podia culparla porque la entendía.
Como a nadie.
Tenían una amistad especial, pese a que era su doncella.
No como con Evolet, pero sí que era estrecha y significativa.
» Solo quiero que tengas claro, que conmigo puedes decir cualquier cosa que te inquieta porque para mí nunca será una insignificancia —respiró profundamente.
Boqueó un par de veces.
La voz no le salía, pero al ver que terminó de acortar el espacio que los separaba acunando una de sus mejillas, dándole con ese simple gesto y su mirada confiada que con él tenía el espacio suficiente, y expresarse sin que la detuvieran al creer que ella con simplemente pensar se estaba sobrecargando de trabajo innecesario.
Se mordió el labio, apreciando como la mirada de él descendía y se quedaba clavada en ese simple movimiento, haciendo que sintiese que la boca de su estómago se agitaba.
—Yo… —se aclaró la garganta —. He leído. E investigado, porque no me sentía cómoda haciéndole preguntas a mis padres —pues seguramente intentarían sacarle una analogía a todo, en vez de asociarlo con el sentimiento de la más pura curiosidad —. Y se mucho sobre mi cuerpo, y las sensaciones que puede llegar a experimentar —arqueó un ceja curioso con sus palabras. Dándole el significado que era sin decirlo, haciendo que su rostro se tornase de color escarlata, aunque no consiguió que su lengua se paralizara —. Pero no conozco nada del cuerpo masculino, porque leerlo no es lo mismo que asociarlo con cada extremidad que es mencionada, y me preguntaba si tu… —carraspeó intentando tomar valor para lo siguiente —. Siendo médico, podrías saciar mis dudas al respecto —ahora si alzó las dos cejas y fue su turno de ruborizarse, y que apartase la mirada, sintiendo que aquello habia sido una mala idea.
Era un descarado pícaro, y por consiguiente esa reacción no era algo bueno.
Se apartó de su tacto sintiéndose pequeñita, queriendo huir, pero este ni siquiera dejó que iniciase con lo que su mente fraguaba, ya que la tomó de la muñeca adivinando sus intenciones.
—No he dicho que no. De mi boca no ha salido nada —dijo en tono quedo —. Solo que no esperé aquello —forcejeó —. Prometo saciar tu curiosidad —la detuvo de nuevo —. Solo ilústrame con respecto a tus dudas, y yo te corresponderé en la medida de lo posible, pese a que suene como la peor de las ideas —eso último lo dijo entre dientes, haciendo que estrechase la mirada y que quisiese salir corriendo de ese lugar sin mirar atrás —. Toni —soltó en tono suplicante —. Soy tu matasanos de cabecera. Tu pelirrojo favorito —eso la hizo rodar los ojos —. No hay nadie más idóneo para saciar tu curiosidad, que este humilde servidor —suspiró.
Alzó un dedo rendida, pero de forma amenazante.
» No me pienso burlar, porque esto también es muy importante y serio para mi —declaró con un gesto austero, y la voz determinada, sabiendo que lo que precisaba en esos momentos era su seguridad.
Se dejó dirigir hasta el catre, sentándose en este moviendo las piernas con ansiedad apretujando la falda de su vestido, intentando controlar su respiración errática sin saber el motivo.
Solo iba a responder sus preguntas.
Nada del otro mundo.
Aunque sus nervios fueron justificados, cuando apreció como comenzaba a desabrocharse los cordones de la camisa, y sin importar que jadeó de manera ahogada sin poder moverse ante todo lo que estaba sintiendo, este ignoró su intento de detenerlo porque se deshizo con más rapidez de la camisa, poniendo su pecho y abdomen al descubierto, permitiendo que admirara su figura atlética, el bello en su pecho que se desplazaba hacia su abdomen haciendo un camino hacia donde le colgaban las calzas, tragando más grueso de lo normal.
Aunque eso no fue lo que en un principio llamó su atención, hipnotizándola.
Mas bien, le resultó fascinante las pecas que no solo bañaban su rostro, si no su cuerpo, provocando que se moviese como autómata hasta que estiró la mano y pudo tocarlo.
Sintiendo cómo este se estremecía bajo su tacto, pero no se apartó, solo observaba la manera en cómo ella lo admiraba mientras caminaba ensimismada rodeándolo, hasta volverlo a tener de frente, y suspirar como si necesitase la mitad del oxígeno del planeta para recobrar el aliento.
No obstante, su lengua y cerebro en esos momentos estaban de acuerdo, consiguiendo que la primera anduviese por libre, y dijese lo que por tanto tiempo estuvo reteniendo.
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Editado: 09.03.2026