AINE
Lady Aine Stewart Burke, desde muy corta edad se habia caracterizado por ser quien pusiese de cabeza a todo ser que se cruzase en su camino, con su carácter indómito vivaz, que hacía que su padre pensase la mayor parte del tiempo que el monasterio era la mejor de las opciones, aunque eso lo decía por sus celos que no dejaban espacio a que ningún ser viviente llamado remedo de caballero respirara cerca a la seguramente incomparable de la temporada ni bien se presentase en sociedad, dándole la razón en que sería notada, pero por ser un desastre andante, al mostrarle al mundo como habia obrado en ella el carácter de su padre y madre combinados a la perfección.
Porque si Archivald era la viva copia de su padre, y Alistair le hacía competencia de cerca al tener de los dos, aunque portaba en ocasiones la sensatez inquebrantable de su padre, convirtiéndolo en un hipócrita de lo peor, aunque seguía siendo su ser favorito en el mundo. Ella, en cambio era la combinación de los dos con niveles incalculables, teniendo en cuenta que a los nueve años se escapó en su poni solo para ver a su prima Ángeles.
Y a sus dieciséis años estaba demostrando que su insensatez habia escalado, porque en esos momentos no estaba pensando precisamente con el cerebro, si no con el martilleo incesante de su corazón, que le cortaba la respiración.
Una respiración que emigró cuando decidió perseguir a Sir Ethan Walsh, el cual salió tras Antonieta, sin saber porque, o tal vez no es que estuviese razonando del todo, cuando desde que vio al hombre por primera vez su hermosura se introdujo por sus pupilas, hasta impactarle como un flechazo ardiente en el corazón.
Y ahora solo podia pensar en él, y en sus ojos como la deliciosa miel.
En sus sonrisas arrogantes, y su fría cordialidad.
En su rostro masculino que le arrancaba suspiros.
En su cuerpo atlético que parecía frio, pero algo le decía que con la persona indicada se llenaba de calidez.
En cómo era con Evolet, pese a que hace poco se enteraron de que eran hermanos.
En cómo era con sus sobrinos.
Definitivamente se le antojaba hermoso en todos los aspectos, y por eso mismo no podia simplemente quedarse de brazos cruzados cuando sentía que lo estaba perdiendo.
Que debía de intentarlo, mostrándole lo que estaba dejando de lado cuando decidió que la rubia fuese la mujer de su vida.
Ella no era la indicada, cuando el corazón débil pese a lo enorme le pertenecía a su hermano el matasanos.
Inclusive, llegó a pensar que ya no sería un obstáculo cuando semanas atrás la vio llegar con Alistair a la madrugada por su ventanal tomados de la mano, mirándose cada tanto con una intensidad que pudo sentir pese a la distancia.
Pero la confesión, seguida de la aceptación que observó en el laberinto de setos, siendo reafirmada en el salón principal cuando Antonieta habia cambiado de pareja, y les dio la noticia a todos de su compromiso, provocó que por poco vomitase perdiendo el tipo frente a todos.
Ni siquiera pudo quedarse para ver cómo eran felicitados por los invitados poco gratos de su madre, aprovechando la distracción de los dueños de casa, que eran sus progenitores para ir a un lugar en el que pudiese acomodar sus ideas, pero sencillamente su temperamento impulsivo le ganó a la racionalidad y por eso mismo es que se valió de su doncella para que le averiguase la habitación del castaño, lo cual hizo a regañadientes. Y ahora se hallaba tocando la puerta sin darle espacio al arrepentimiento, siendo insistente cuando no tuvo respuesta inmediata. Lo cual la desesperó, haciendo que la zapatilla efectuase un sonido repetitivo que aumentaba al ritmo vertiginoso de su paciencia.
Paciencia por la que no era conocida, porque claramente con un bufido de frustración dejó de hacerse la dama con modales intachables para con determinación tomar la manija dispuesta a arrancarla con tal de obtener el propósito. Lo cual no fue necesario porque la puerta se hallaba sin seguro, y teniendo el aval del creador, con una sonrisa traviesa en sus labios abrió la puerta, la cual mutó ni bien se internó a la estancia y se topó con una imagen que le hizo abrir la boca y los ojos de forma desmesurada, pues pudo imaginarse que no estuviese en los aposentos que le asignaron, pero ni en sus más corrompidos sueños imaginó que se toparía con un cuerpo atlético besado por el sol sin ninguna barrera. Como única vestimenta las gotas de agua que brillaban en su cuerpo deslizándose hasta caer en la alfombra, teniendo una visión privilegiada de la parte trasera, embelesada al completo con la anatomía del hombre, dejando que su mirada viajase por aquellos caminos tan pecaminosos que no se arrepentía de estar transitando, pese a que seguramente su padre la estuviese excomulgando, con un dentro del monasterio, aunque primero mataría a Ethan por mancillar sus ingenuos ojos.
—No sabía que la privacidad en la casa de los Montrose fuese tan limitada —gimió de manera audible al tener que abandonar su espléndida visión.
Estaba lejos de sentir la vergüenza lógica al ser descubierta, pero en su defensa, de igual manera la iba a notar, porque ese era su propósito, solo la situación fue distinta a como se la imaginó, y de eso no tenía culpa.
Suspiró.
Su voz varonil le hizo temblar las piernas, pero no podia simplemente sentirse agradecida por salir del transe en el que la sumió su magnífica desnudez, cuando aquello le secaba la boca y la ponía con ganas de explorar un mundo que hasta el momento no conocía, pero se le habia metido en la cabeza descubrirlo con él.
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Editado: 16.03.2026