SueÑo (im) Posible || El Matasanos & La Moribunda * T.E Ii

XXXVII

KENDRICK & CATALINA

«Lady Catalina Stewart.

No tengo que ser puntual para que sepa quien está tomándose el trabajo de escribirle una misiva, cuando con el paso de las letras ya lo descubrirá por sí misma.

En mi mente siempre estuvo fresco el momento que tuve a las Burke invadiendo el único lugar que me pertenecía.

Mi casa. Mi hermano.

Mi familia al completo.

Al principio no vi a Aine Burke como una amenaza.

Su existencia me tenía sin cuidado.

Solo era la perdición de mi hermano.

La mujer que logró cazar a uno de los mejores hombres que he conocido, pese a su destacable y favorecedor defecto.

Por lo menos, para mí lo fue a la hora de conseguir sacar de mi camino lo que estaba ensuciando mi recorrido.

Cosa que consideré el día que comenzó a molestarme la presencia de la pelirroja, por razones que están lejos de interesarle y yo de ponerme en el trabajo de contarle, porque no es algo que solucione lo que pasó, o que lo pueda evitar.

La única manera que tuve para deshacerme de su existencia sin dejar rastro fue irme por el lado de los vicios de un hermano, que como el débil que era, se obsesionó con su ridícula belleza.

Al principio fue sencillo, porque no conozco el significado de la palabra remordimiento.

Luego se volvió un inconveniente, pero no lo suficiente poderoso como para tenerme escribiendo esta carta en el lecho de una muerte por conveniencia.

Digamos que de alguna manera se lo debo a ese hombre honorable, que, sin importar mis errores, de los que no me arrepiento, siempre me respaldó, pese a que con el tiempo se enteró de que fui quien le quitó a su gran amor.

Jusepe no tiene la culpa.

Desde su punto de vista rencoroso, puede que crea que tener la misma sangre es sinónimo de culpabilidad, pero si ese fuese el caso Ángeles se hubiese ido con su madre.

Ninguno de ellos tuvo ni voz ni voto a la hora de elegir quienes serian sus familiares.

De lo único culpable que es mi hermano, pese a sus errores, es ser el más bueno de la familia.

Lo único rescatable, y por eso quiero aclararle a la mente retrograda de la Duquesa de Montrose, quien fue el único que tuvo la intención de desaparecer a su hermana.

Porque como me llamo Enriqueta de Borja, asi no tuviese nada que ver con mi familia, tendría el mismo fin.

El error de su hermana fue existir.

Tan sencillo como eso, aunque sea doloroso de creer.

Voy a encontrármela en el infierno, y pienso burlarme de lo que le hice, y si tengo la oportunidad, de repetirlo.

Nos vemos en el más haya.

E. B»

No supo en qué momento habia dejado de respirar mientras leía una y otra vez aquella misiva, que le fue entregada después de años de la muerte de su hermana, y de la hermana de Jusepe Baltodonado, su cuñado.

Ese que en su mente toda la vida sería el culpable del deceso de su pequeña hermanita, y por eso mismo Catalina no pudo contener las lágrimas y el sollozo que se le atascaba en la garganta y no la dejaba respirar.

No sabía cómo sentirse.

Nunca estaría lista para dejar ir a su hermana, porque con esa aclaración de alguna manera se cerraba ese ciclo de lenta destrucción de su alma. Sin embargo, no podia simplemente quedarse con aquello, cuando la estaba abrumando el volver a sentir que una parte de ella revivía, pero se combinaba con todas las emociones que hubo experimentado aquella noche.

Le sobrevino un mareo, pero como siempre su demonio pelirrojo estaba presto a sostenerle, cargándola hasta colocarle sobre la cama, sentándose a su lado, esperando que saliera algo de su boca, pero no sabía que tenía que decir.

Ni siquiera cómo se debía de sentir, porque por tanto tiempo se habia familiarizado con el sentimiento de dolor combinado con el rencor, cuando ahora que comprendía que Jusepe también fue una víctima, ni siquiera portaba ánimos para maldecir a esa mujer que seguramente se estaba quemando en las brasas del infierno por arrojar sus frustraciones contra un ser humano que no tenía nada que ver con sus inseguridades. Porque por buena fuente sabía que la antigua condesa de Belalcázar siempre se sintió inferior a su hermana, pese a que tenía a Europa a sus pies al haberse hecho un marido como Lord Francisco Javier de Borja, Conde de Belalcázar, que, a leguas, pese a su carácter inhumano, se notaba que la amaba de una manera que a todos los ponía a tiritar.




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