Las mentiras abundan, de la misma manera que se escasean los seres que se pueden llamar realmente amigos.
ALISTAIR
No llegaron muy lejos, teniendo en cuenta el comportamiento hostil que se respiraba, y debía de aprovechar que aduras penas las cosas se podían sobrellevar para poder solucionar su problema de ignorancia.
Porque aparentemente por años había sido ciego e ingenuo en la relación que llevaba con esos cuatro especímenes.
Por eso, ni bien halló el callejón más cercano se internó en este sabiendo que sería seguido en silencio, el cual se rompió ni bien volvieron a quedar de frente.
—¿Y bien? —dijo cruzándose de brazos y de piernas, mientras se recostaba en la pared mohosa al lado de las canecas de basura, y no lo decía precisamente por los seres que tenía en frente, y ninguno se dignaba a hablar.
Ni bien escucharon su cuestionamiento tres de ellos dieron un paso atrás, demostrando que el tema principal no era con ellos, porque fue muy consciente y tenía claro lo que vivieron y aprendió a lidiar con eso, pero no se esperó que al enfocarse en Declan y no obtener ni siquiera una mirada al respecto, hasta que uno del trio explotó, empezando a revelar de manera cruda la verdad.
Siendo el rubio de ojos grises.
—Eres para Ros un mal necesario, y por eso se sacrificó a sí mismo para poder obtener el agrado de uno de los ducados más influyentes de Inglaterra —¿Qué?
Se enderezó en su postura sin separarse de la pared, ya que algo le decía que necesitaba contención.
» Resultas ser todo lo que repele, porque eres lo que el por envidia se le antoja destruir. Pues nadie puede brillar más que el, cuando su vida fue una completa mierda, y la única manera de sentirse menos miserable es hacer a otros lo que sintió en carne propia —negó sin permitirse creer en lo que le estaba diciendo, mientras miraba como Declan Manners seguía sin darle cara, provocándole un nudo en la garganta entrecortándole la respiración.
—No —soltó entre balbuceos —¡¿Declan?! —ni siquiera levantó la mirada.
A hacerle frente a las palabras del Duque de Kent.
—¿El que llamas amigo no te comentó como fue la vida con sus ilustres padres antes de sufrir ese fatídico accidente? —preguntó con un deje de dramatismo —. Que absurdeces están saliendo de mi boca, cuando si hubieses sabido la tercera parte de lo que yo me enteré cuando fui su amigo, hubieses salido corriendo —¿Amigos? —. Su padre era un hijo de puta que lo instruyó en las artes de la tortura. De como tener al enemigo cerca, volviéndolo un ser insignificante hasta el punto de pisotearle. De dejarlo vacío por dentro, porque ¿Adivina quién fue su conejillo de indias? —señaló a dos manos de manera teatral al rubio de ojos marrones, casi negros.
El mismo que seguía sin intervenir en la conversación.
Sin ánimos de defenderse.
» Y te doy la razón si comienzas en medio de tu aturdimiento a sentir lastima por un ser tan miserable como Ros, porque soy la viva imagen de lo que puede hacer solamente con su expresión permanente retraída, teniendo en cuenta que drogarse desde un crio puede dejar secuelas —no daba crédito a lo que escuchaba —. Tú, que eres doctor, debe de saber perfectamente como se puede desenfocar a un individuo quitándole su raciocinio sin matarle, o hacer un daño irreversible —claramente —. Asi como su manera favorita de drogar, pese a que con el utilizaron el cannabis, el chamico, la cicuta, el estramonio—hizo una pausa dramática esperando que este le colaborase, pero como era de esperarse siguió en un mutismo casi aterrador —. Es la antemonia —se puso pálido —. Por tu cara, deduzco que me estás siguiendo, aunque no quieras —lastimosamente —. Las alucinaciones te dejan fuera de juego el tiempo suficiente como para ser el objeto más ruin, y despiadado de la persona que una vez quise dejar entrar y considerar amigo —se acercó hasta que quedaron muy cerca, y mirándose a los ojos sin parpadear —. Cuando conocí a Beauclerk y Cavendish, no lo recuerdo exactamente, pero esto me reitera que por ellos sigo respirando —y sin más rodeos se quita el saco blanco para desabrocharse el chaleco dejando a la vista la camisa de un blanco impoluto que se levantó hasta exponer la zona en específico que quería que visualizase. El pecho. Específicamente dos costillas más debajo del corazón dejando muy claro el punto, dependiendo de la trayectoria del proyectil —. Ese día el antiguo Conde de Ros le dio una paliza por no dejar lo suficientemente drogado, y a su merced a uno de sus deudores morosos —porque era prestamista —. Provocando que este se escapase con las pocas fuerzas que le quedaban.
—Pe… pero ¿Cómo?
—Me dio a beber uno de sus populares tes, y lo siguiente que recuerdo es ser desamarrado de una silla y arrastrado con un dolor punzante en el cuerpo, porque me estaba utilizando como su muñeco de practica de tiro.
—Imposible —lo escuchó reír de manera amarga, mientras percibió como Cavendish empujaba al que hasta ahora creía su amigo, para después propinarle un puñetazo que por poco y le arranca la cara.
—Abre la puta boca antes de que se me olvide lo que puedo perder, y te arranque la maldita lengua —escupió tomándolo por el cuello para después tirarlo con su fuerza impresionante, hasta que cayó a los pies de Kent y él sin la menor intención de levantarse.
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Editado: 16.03.2026