SueÑo (im) Posible || El Matasanos & La Moribunda * T.E Ii

O QUIZÁS, SOLO SE BUSCÓ EN EL LUGAR EQUIVOCADO

Pretendiendo ignorar lo que parecía inadecuado

ALISTAIR

Estaba cansado, pero era una buena manera de que su mente no sirviera para lo que aquejaba su corazón.

Llevaba una semana lidiando con la infección que tuvo el rubio, ni bien extrajo la bala tras llevarlo a su remanso de paz, ahora lugar de acogida de ese trio despreciable que estaba que mandaba al carajo, pero al tener a uno de sus integrantes a duras penas respirando y luchando por su vida, era una razón entendible, aunque no se alcanzó a imaginar el grado de lealtad que se profesaban.

Manteniendo al pie del cañón, intentando controlarse para no cometer una locura. Siendo el apoyo del otro para no dejarse guiar por los instintos, mientras el miraba la escena desde un lugar privilegiado, tratando de entender y asimilar todo lo que apenas y habia acabado de enterarse, pero por el momento no sabía cómo sentirse al respecto, al igual que comprendía que no valdría la pena preguntarles, cuando no soltarían la lengua hasta que el rubio tuviese alientos para abrir los ojos y hablar.

Cosa que ya habia pasado, pero sus remilgos reafirmaban porque era conocido como el Duque más mimado de la corona.

Por eso carraspeó, mientras entraba a la habitación de invitados que adecuó para su nada preciada visita.

Topándose con el rubio negándose a tomar los brebajes para que terminase de ceder la infección, sin contar con que el desayuno lo despreció y por el mismo camino iba la siguiente ingesta de alimentos, y escuchando la última acotación que tenía que hacer refiriéndose a su casa.

—¿Cuantas veces tengo que repetir que quiero irme de esta pocilga? —les espetó a sus dos colegas que lo miraron sin el mayor de los intereses sentados en uno de los extremos de la habitación ingiriendo café.

—No soy quien te detiene para cumplir tu deseo —soltó acercándose para revisarle la herida, pese a que se negó rotundamente a que lo tocase con un ceño fruncido, que fue permanente desde hace un par de días que reaccionó de su mundo de delirios.

Inclusive con la mano le mostró la puerta, mirando con aburrimiento su pobre intento, cuando de inmediato regresó a la cama mandándose la mano a la parte lastimada, la cual se hallaba tapada con unas vendas, que dentro de poco estarían teñidas de líquido carmesí, si seguía por ese camino de querer huir de la situación al creer que parecía vulnerable, cuando su percepción con respecto a su persona en ese momento era un libro en blanco.

—Y he ahí, señores, la revelación del cuerpo ante la rebeldía del espíritu, porque la cobardía no es algo que yo sepa que te caracterice —gruñó en modo de respuesta el rubio —. Estoy igual de cómodo y gustoso que tu con su presencia, pero las circunstancias y mi alma de medico no me permitieron dejarte tirado para que te desangraras —negó con dramatismo, mientras suspiraba de la misma manera —. No te recordaba tan malagradecido, cuando tu vida es lo más importante del mundo que vive en tu fantasiosa cabecita.

—¡Vete a la mierda! —espetó mirándolo con rabia, sacándole la primera sonrisa genuina frente a ellos, o en su defecto dirigida a su estampa.

—Pueden llevárselo lejos de mi pocilga, apenas ingiera los alimentos que ha rechazado y la medicina que cree que es veneno —el rubio bufó al escuchar cómo les hablaba a sus amigos como si no lo tuviese de frente —. El opio no está por ningún motivo permitido para el cese del dolor —de reojo miró como se tensaba su mimado paciente —. Tus secretos están a salvo con mi juramento de médico —se levantó dispuesto a retirarse tras cerciorarse que su temperatura era normal, que su herida estaba curando como se debía, y que sus signos vitales estuviesen regulares.

No obstante, ni siquiera llegó a tocar la manija de la puerta, cuando el trio lo llamó en sincronía, haciendo que se tensara por lo escalofriante que aquello sonó.

—Te debemos tu verdad —tragó grueso al escuchar las palabras de Ewan Beauclerk —. Es lo mínimo que te mereces tras todo lo soportado sin una explicación de por medio.

—No soy tan estúpido como para no sumar dos más dos, y saber que si Ros fue mi victimario, la relación de esos actos con ustedes eran producto de las alucinaciones que me provocaba lo que me suministró.

—Puede que todo estuviese relacionado —¿Qué?

Se giró al escuchar a Cavendish.

—¡Kennedy! —siseó Kent en tono de advertencia que ignoró el grandulón.

—Te vigilábamos cada que se le antojaba jugar con su nueva víctima, y cuando terminaba Gray era el primero en auxiliarte, y ponerte a salvo —levantó las cejas con sorpresa mirando al susodicho, que tenía el rostro enrojecido.

—Al ver que sin hacer nada se convertían en cómplices, y por eso intentaban limpiar su culpa, y eso no los hace mejor que él.

—Que quieras justificar la conducta de Ros, intentando hallar un culpable alterno no te da el aval de venir a juzgarnos, cuando intentamos prevenirte desde el primer día en que pisaste Eton —arrugó el ceño —. Nuestro primer encuentro fue inolvidable de manera errónea, pero no precisamente porque nos hubiésemos empecinado contigo.

—Solo me diste a escoger —se defendió.

—Tu problema si eres caracterizado por tomar malas decisiones —lo vio encogerse de hombros, haciendo que apretase la mandíbula, ofendido con la verdad restregada en su cara.




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