ETHAN
Kensington.
Horas antes…
Era entendible que el insomnio por la expectación lo embargara.
Que el matrimonio fuese su principal fuente de ansiedad.
Que verse perdiendo su libertad, hicieses que entrase en un pánico interno, pero Ethan Walsh, ni siquiera recordaba a la rubia con la que en cuestión de horas se uniría hasta que la muerte los separase, mientras se bebía una copa de coñac frente a la chimenea de su casa, sentado en una pose desgarbada, con ropa de cama que la cubría una bata color azul real.
Lo que lo tenía en ese estado era una mujer, sin embargo, esta en vez de portar el cabello rubio y los ojos azules, a la par de la tez pálida de su prometida, portaba un cabello rojo abundante, sus ojos de un azul tan chispeantes y llenos de picardía vital que le ocasionaban un peso en el pecho que lo obligaba a sobarse para intentar calmar la sensación de anhelo, y su piel era de un rosado jugoso que le incitaba a cuidarlo porque maltratarlo resultaba el peor de los pecados.
Sus labios siendo de una carnosidad pecaminosa, que, sin importar lo torpes, la mínima muestra de entrega lo habían dejado a punto de doblegarlo y ponerle el mundo a sus pies si no hubiese estado lo suficientemente lucido para recordar que Aine Stewart ni siquiera habia debutado en sociedad, y no conforme con eso su familia era una de las más temidas de Londres, por no decir que su padre portaba con argullo el apodo de demonio pelirrojo, siendo un detalle minúsculo, si contaba con que su prometida era ahijada de este y mejor amiga de su hermana Evolet.
¡Joder!
Desde que vio por primera vez a esa muchachita supo que sería un inconveniente a largo plazo, por eso intentó cortar el problema de raíz, pero fue imposible, cuando la astucia y atrevimiento de esta lo arrollaron sin posibilidad de esquivarla.
Los pensamientos intrusivos no eran bien recibidos horas antes de presentarse en el Montrose House, cuando tenía una misión que por voluntad propia estaba llevando a cabo si con eso conseguía ver la felicidad genuina de la primera mujer aparte de las mujeres de su familia, que habia despertado verdaderos sentimientos en su interior, haciéndole sentir cómodo con su piel al aceptarlo sin importar sus defectos o tener que esconderse, no obstante, continuaba sin tener las agallas de mostrarle su verdadera esencia, porque estaba seguro que aunque asegurase que nada iba a quitar la idea que se formó de su persona, en su interior nacería la vena juzgadora y con el tiempo perdería su afecto casi mágico, recriminando algo que no se advertía con la entereza de cambiar, porque si lo ponían a elegir lastimosamente ella no sería la escogida, y con eso el ángel que habia conocido llenando de luz la oscuridad que habia en él lo abandonaría, sintiéndose inevitablemente perdido.
Levantó la copa llevándosela a los labios, paladeando el trago sin saber cómo sentirse.
Como afrontar por primera vez una situación, teniendo muy claro que Antonieta poseía la primera y última palabra en aquel escenario.
Era una debilidad remarcada que debió prever y neutralizar, pero saber de su existencia lo intrigó, y cuando la conoció fue imposible simplemente aplicar las defensas que su cerebro le gritaba levantar, y con ella se desintegraron.
Cerró los ojos tratando de poner en orden sus pensamientos, de entender porque no sintió adecuado darle en su compromiso el anillo que le heredó su madre. Prefiriendo escoger uno para ella, que no tuviese historia que lo marcase como una maldición.
Simplemente seleccionó algo que gritase todo lo que ella le provocaba y lo puso en su dedo frente a su familia y la de ella, sin contar con los invitados adicionales cortesía de la Duquesa de Montrose sellando de esa manera la promesa de hacerla feliz hasta donde sus capacidades se lo permitieran.
Introdujo la mano libre que tenía en uno de los bolsillos de su bata, sacando el aro en particular, abriendo los ojos para mirarle con recelo.
Como si fuese el mayor acertijo sin resolver.
Como si desecharle fuese le mejor elección, pero las palabras de su madre eran algo que no lo dejaba proceder, porque quería creerlas.
Que fuesen reales.
¿Entonces porque con más contundencia no se lo habia entregado a Antonieta?
Antes de si quiera intentar responderse, la puerta de su estudio fue tocada y con esta la figura de su mayordomo, un hombre entrado en la cuarentena, delgado y muy alto, de tez canela con postura regia se introdujo en este y con las manos en la espalda y activo pese a la hora, soltó el motivo de la molestia enderezándolo por inercia.
—Sir Walsh, la señorita Antonieta Coleman está aquí, y dice que no se irá hasta que no tenga unas palabras con usted —lo miró sin poder dar crédito a lo que decía, pero el hombre no era de los que bromeaban, por lo menos no a esas horas teniendo en cuenta que debió estar descansando y su ropa de cama lo ratificaba.
—¿Viene sola? —lo vio negar.
—Está con otra dama que se presentó como su prima, y el esposo de esta —Liam Howard, y Serafina Coleman de Howard.
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Editado: 16.03.2026