ALISTAIR
Podria estar en el Brooks con los afamados disolutos tomándose un trago, mientras “Aportaban” a su nada placentera situación. Cosa que hizo hace un par de horas atrás ni bien lo vieron cruzar la puerta y lo notaron dirigirse hacia ellos, observando como pedían papel y pluma, cortesía de una de las cortesanas, todo por cumplirle los deseos al recién llegado de su viaje de bodas, Lord Berwin Spinster, Conde de Lincoln, desposado con una belleza alemana, aunque las cosas en esas horas no fueron para nada amenas.
Tanto que el wisky, en vez de quemarle las entrañas, como pretendía que ocurriese para calmar los estragos de lo que estaban siendo esas últimas semanas, le supo más amargo que la hiel, pero de igual manera soportó las ocurrencias del castaño, mientras sus camaradas con sonrisas de medio lado lo apoyaban sin reservas.
Aunque supo que iba a ser difícil cuando escuchó en voz alta el título que le dio a su genial idea.
«—Pasos para robarse a la mujer del prójimo sin que se convierta en pecado —gimió, mientras Londonderry y Portland silbaban en sincronía, alentándolo a continuar, cuando él se pasaba las manos por la cara gimiendo, para después empinarse la siguiente copa que pusieron frente a él de un tirón —. Primero y quizás lo más obvio, pero importante —lo vio en un estado de concentración con los ojos entrecerrados fijos en el papel, mordiéndose el labio siendo muestra fehaciente de seriedad infinita. Pasando de esa manera los minutos en suspenso, hasta que el pelirrojo de ojos violetas y el castaño de ojos marrones estallaron en carcajadas —. Seriedad caballeros, que esto es algo importante —soltó Lincoln disimulando una sonrisa.
Era un cabrón.
» ¿Un duelo? —preguntó con una sonrisa de medio lado, alzando la vista esperando una respuesta que no le proporcionó —. Seria privado. Me ofrecería de buena gana a ser tu padrino, y Portman no tendrá menor inconveniente, cuando últimamente la desaparición de su mujer le ha dado una intrepidez que me hace verlo con renovados ojos, y hasta acercarme para ofrecerle una mano amiga.
—Espero no hayas olvidado la motivación de la dama, porque si no te interesa bien puede hacerte lo mismo tu recién adquirida esposa, después de todo, estás en pro de la modernización del sistema matrimonial —James Smith dejó boqueando al castaño de ojos avellana. El cual no tuvo tiempo de formar una palabra coherente, porque regresó a la carga Cayden Green.
—Debería replicar tu heroísmo, cuando por no dejarte robar a la esposa casi te matan en Prusia —soltó Portland en un tono filoso frio que tensó la situación por una fracción de segundo para después volver a reírse los tres, siguiéndoles el comentario, porque sabía perfectamente como resultó esa historia de amor con un prometido aparente esposo de la dama recién resucitado, que, en vez de ser el villano, resultó un héroe retorcido ahora Rey de Prusia.
Definitivamente una historia perfecta para revivirla con sus futuros nietos, pero no le resultaba algo que quisiese repetir, cuando se la tenía que robar a alguien, pero curiosamente no a Ethan Walsh, si no a ella misma, y él no pensaba rogar por más tiempo, eso sí lo tenía más que claro, pues el amor no se mendigaba.
Se sentía, se vivía, se aceptaba como viniese y si no funcionaba se dejaba ir, porque eso era amar.
Aunque dolía como la mierda la resignación, cuando la principal meta era alcanzar el objetivo impuesto por el corazón.
—Eso resultaría demasiado, porque la suerte no suele manifestarse dos veces, y sería una copia barata de tu acto —espetó Londonderry —. Aunque si lo vemos por el lado lógico, quizás a Stewart ni siquiera le tocase esforzarse tanto, porque a ti la mayor parte del tiempo te abandona la suerte.
—Se están sobrepasando con sus comentarios. Ni parecen mis amigos —se defendió, o eso intentó hacer mientras Portland volvía a la carga.
—Tu mala suerte empezó cuando Edward falleció dejándote con la responsabilidad de un título que no te correspondía —meneó la cabeza empinándose el trago de wisky.
—Tienes un punto —reflexionó encogiéndose de hombros como si estuviese teniendo la charla más trivial de todas.
Hablaba de la muerte de su hermano como si aquello no le interesase.
El clima parecía más importante.
O más bien la hora, porque al sacar el reloj de plata de su bolsillo, tras bostezar, mirar a sus amigos con los ojos entrecerrados en forma amenazante y en el proceso revisar la hora se enderezó de golpe, recogiendo sus pertenencias.
» Como no pretendo tener el mismo destino que mi nuevo prospecto de amigo, parto al lugar donde me espera la alemana más hermosa de todas —soltó en tono mortalmente enamorado, poniéndose el saco para acto seguido colocarle la mano en el hombro y agacharse para que sus ojos volviesen a quedar enfrentados —. Nada que hagas te hará ver como el bueno de la historia si intentas robarle la mujer a otro, y aunque sé que lo que diga no te importa, y claramente no estás pidiendo nuestra opinión, te digo que esperes, porque claramente hiciste lo que estuvo en tus manos para ser el elegido, y esto es de dos, pues cuando se ama no puede ser unilateral, si no reciproco, asi que, si ella da el sí acepto con un hombre que no eres tú, simplemente no es la indicada, porque a este punto el miedo no puede justificar las acciones, ni mucho menos, las inseguridades, cuando ya debe saber lo que realmente quiere. Ya es momento que el papel de arrastrado cambie de interprete, porque la relación es de dos —boqueó intentando rebatir su exposición, pero fue más rápido agregando el contrataque a sus palabras no pronunciadas —. Te lo dice el hombre que se arrastró por la mujer equivocada, por más tiempo del que quisiese reconocer, volviéndome el hazmerreír hasta de la gente que me importa, y todo por demorarme en ver lo que mi corazón me estaba gritando —se relamió los labios y asintió —. Tienes a tu propio Lincoln, solo esperemos que recapacite antes de tiempo»
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Editado: 16.03.2026