ANTONIETA
Estaba viviendo unas semanas maravillosas, en donde no sabía que se podia ser tan inmensamente feliz, solo con ver despertar a alguien a su lado y que le regalase una sonrisa y beso de buenos días tan arrollador que terminaban desnudos llenos de sudor y fundidos como si fuesen uno solo.
Dejándola con una sonrisa en los labios bobalicona lo que restaba del día hasta que volvían a encontrarse, y se sumían en aquella burbuja imposible de romper.
Para ese momento ya se encontraba completamente instalada en la casa que Alistair habia llamado su remanso de paz, la cual nombró de manera oficial como el Toni Palace, en donde todo estaba a su completa disposición, empezando por los sirvientes, que por el momento eran solo el cochero, un par de cocineras, y claramente Leonor, que le ayudaban a poder entender el funcionamiento de la casa al nunca haber sido adecuada para ser esposa y ama de un hogar.
Sin contar con que Lady Catalina se la pasaba la mayor parte del tiempo con ella para enseñarle todo cuanto sabia mientras la llenaba de mimos, haciéndole más llevadero la partida de sus padres, los cuales zarparon al día siguiente de la unión junto con su prima y marido, quedando infinitamente tranquilos por dejarle en mejores manos que las de ellos.
Y por eso mismo es que ese día se hallaba siendo llevaba prácticamente a rastras al centro de Londres, exactamente al lugar donde trabajaba Evolet, y que meses atrás conoció con el mismo propósito de la primera vez que lo pisó.
Aunque esta vez sí se hallaba su amiga, caminando entre telas mientras hablaba con las dos mujeres, en la que una de ellas le decía que frenase su verborrea entre toses mal disimuladas, mientras la otra se reía abiertamente con un carboncillo entre los dedos, aunque eso no la distrajo de la charla que estaba llevando con su suegra.
—Le repito, madrina —porque las dos estaban conformes con la frase que habia adoptado para la relación que poseían, y cada vez que la escuchaba advertía como levantaba el mentón orgullosa, y una sonrisa se formaba en sus labios —. Acabo de adquirir una cantidad considerable de vestidos, no veo la necesidad de unos nuevos.
—Nunca son demasiados —alegó tozuda quitándose el sombrero de paseo y los guantes tras cerrar el abanico —. Aparte últimamente noto que tu talla ha cambiado, y no te sientan lo suficientemente bien —suspiró al ver que no tenía algo con que rebatirle porque últimamente los vestidos le apretaban más de lo justo, en especial en la parte de sus pechos que habían aumentado de manera considerable, teniendo en cuenta, que, los corpiños le quedaban bastante sugerentes, notándolo cuando últimamente llamaba más de la cuenta la atención en el género masculino en los eventos a los que estaba acompañando a Alistair, rozando un par de caballeros la osadía de coquetearle descaradamente en frente de su marido, insinuando que ellos podían darle la luna de miel que el pelirrojo le estaba negando por lo sorpresivo de la unión al tener compromisos imposibles de postergar, entendiéndolo perfectamente porque no les hacía falta un viaje para amarse.
Evidentemente a las propuestas se negó rotundamente, no dejando cabida a la insistencia cuando Alistair intervenía, remarcando que era suya sin si quiera tomarse el trabajo de expresarlo disimuladamente.
Cosa que tampoco le molestaba.
—Pero… —intentó rebatir inútilmente.
—Déjate de remilgos, y dale el gusto a tu marido de aligerar un poco sus arcas, que bien que estuvo gustoso cuando le comenté lo que tenía pensado para ti —suspiró y asintió finalmente vencida, al recordar que eso mismo le había dicho Alistair antes de salir hacia la cámara de lores.
Sin más por decir se adentraron por completo al lugar topándose de frente con Madame Cury, que las recibió con una reverencia mientras intentaba ir al rescate de su amiga, que, mientras tomaba las medidas prácticamente destruía sin notarlo a una de las damitas en edad casadera, que, por lo que se notaba en torno a su apariencia seguramente haría debut la temporada siguiente.
—Deberías dejar que yo me encargue, querida —trató de arrebatare inútilmente la libreta de apuntes —. La señorita Katherine Pierce quedó conforme con las recomendaciones que le diste, ahora nos toca a mí y a Lady Somerset terminar de hacer la magia —en respuesta la aludida bufó cruzándose de brazos, mientras con altanería levantaba el mentón abriendo la boca para contradecir las palabras de Madame Cury.
—Si decirme gancho insulso sin curvas que necesita relleno en partes que ni siquiera sabía que existían si quería conseguir un marido decente, teniendo en cuenta mis exigencias le parece una recomendación, creo que estamos perdiendo el tiempo aquí —evidentemente las palabras salieron de su amiga. Solo ella poda tener tan poco tacto —¡Madre! —soltó la pelirroja de ojos grises mirando a su progenitora, que, evidentemente no estaba por la labor de prestarle atención, teniendo en cuenta, que, cuando chilló dejó de beber de una petaca metálica que tenía, derramando el líquido mientras intentaba taparla torpemente para ocultarle, y seguidamente mirarle algo desorbitada tratando de enfocarle pestañeando con presteza para después dedicarle una sonrisa bobalicona.
—Lo que decida Madame Cury es lo más indicado —gimió con indignación la muchacha ante las palabras de su progenitora —. Es la mejor en lo que hace, y si no hubiese sido por sus manos milagrosas tu hermana se hubiese quedado para vestir santos.
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Editado: 16.03.2026