ALISTAIR
Su vida de casado se le antojaba una montaña rusa de emociones, que iban del amor infinito, pasando por el amor carnal, que rosaba con el terrenal, pero sin dejar de tocar el cielo con las dos manos, al tener a un ángel a su lado, porque Antonieta, su Toni, era un sueño hecho realidad, del que todos los días se daba cuenta que resultaba tan real como aquella sonrisa que lo pellizcaba de manera metafórica, ya que era imposible que una alucinación se sintiese como ella.
Las sensaciones arrolladoras eran imposibles de soñarlas, y ella era tan real que dolía, y tan única que se sentía un maldito afortunado por haber logrado liberar su corazón de unos miedos que ahora habían fortalecido su relación.
Sin embargo, la burbuja se tenía que explotar en cualquier momento y aquello llegó de la mano de gritos provenientes de la tienda de modas de Madame Cury, en conjunto con una enloquecida Evolet que corría a duras penas sosteniéndose, haciendo que el corazón se le detuviese un latido pensando lo peor, aunque no se esperaba las palabras que saldrían de sus labios cuando lo divisó y fue a su encuentro abriéndose paso a empujones, apartando al trio que lo rodeaba, y con el cual segundos antes compartía pensamientos, llegando a ser una especie de debate que los llevaría al club por un par de horas hasta llegar a un acuerdo razonable que por fin lo trasladaría a los brazos de su esposa.
—Herm… hermano —dijo a duras penas con aire en sus pulmones, pero estaba tan acelerada que terminó de llenarlo de tensión y preocupación —. Antonieta se ha desmayado, y no sabemos si se ha last… —no se quedó a escucharla, porque al oír el nombre de su esposa todo a su alrededor perdió interés, e imitando a su cuñada comenzó a empujar cuerpos hasta que llegó al lugar de donde salió, escuchando a voz plena como su madre pedía un poco de espacio a las chismosas, mientras Antonieta en tono quedo intentaba calmarle.
—Madrina, fue solo un sofoco que no supe lidiar.
—Sofoco es lo que le va a dar a estas urracas donde en los próximos segundos no se aparten, y dejen de robarte el poco oxigeno puro que se respira a tu alrededor —estaba histérica la duquesa de Montrose.
—Madre, por favor —pidió Archivald —. A duras penas a despertado y tus amenazas pueden volver a agobiarle.
—Tengo una sombrilla —esa fue Freya —. Un paso más, preciadas cacatúas y esto se convertirá en un festín, donde su cabeza será la piñata —y la francesa no ayudaba a clamar la tensión en el ambiente.
—Y asi es como se pierde clientela exclusiva —gimió la otra francesa, que resultaba ser la modista más respetada de Europa.
—Como si te importara, Cury —por fin llegó a su esposa, que estaba rodeada por su hermano y madre, los cuales se hallaban al pendiente de que no volviese a desmayarse.
—¿Qué pasó? —preguntó ni bien los tuvo en frente —¿Toni? —se dirigió a la dueña de todas y cada una de las terminaciones nerviosas de su cuerpo.
—Estoy bien —espetó estirando su mano para tratar de tranquilizarlo —. Solo fue un golpe de calor —miró a su madre y hermano que no parecían muy seguros con la explicación.
—Las sales la regresaron a la consciencia —dijo su progenitora como toda respuesta con los ojos plagados de preocupación.
—Alcancé a llegar a ella para que no se golpease —le agradeció a Archivald con un asentimiento de cabeza —. Es mejor que la lleves a casa y la examines más a fondo para que quedemos más tranquilos —de nuevo estaba de acuerdo —. Te acompaño —se ofreció, pero por su cara no esperaba a que aceptase.
—Te lo agradecería —se irguió para ir por los carruajes con rapidez como si tuviese miedo a que se arrepintiese.
—Vamos con ustedes —declaró su madre y Evolet la secundó haciendo que solo asintiese.
Negarse solo sería gastar ánimos inútilmente, empezando porque no quería, y aunque fuese diferente seguirían saliéndose con la suya.
Disfrutaba hacerlas molestar, pero no era el lugar ni el momento.
Antonieta era mucho más importante.
—No es nada amor —dijo Antonieta llamando su atención, consiguiendo que negase con una sonrisa en los labios.
—Permíteme asegurarme —sonrió, haciendo que sus ojos brillasen pese a que su tez seguía mortalmente pálida.
—Como quieras, mi matasanos de cabecera.
...
Lo siguiente pasó demasiado rápido.
Las sensaciones fueron tan abrumadoras, que, necesitaba respirar.
Salir del espacio asfixiante en el que se convirtió la habitación que le dio las más grandes alegrías, sin embargo, no sabía cómo procesar la información.
¿Si estaba equivocado?
Y si no era el caso ¿Por qué no lo supo ver a tiempo?
Su intuición no pudo haberse ido de paseo, cuando todo se apreciaba tan claro.
Hace semanas las señales estaban presentes.
Su apariencia siendo el primer indicio.
La ausencia de algo regular, que en ella resultaba todo lo contrario.
Podia estar equivocado, pero la examinó dos veces e hizo las mismas preguntas de diferentes maneras, obteniendo las mismas respuestas ganándose una mirada recelosa de Antonieta, que supo darle su espacio entreteniendo a su madre y cuñada, porque en su mirada le indicaba que estaban pensando de la misma forma.
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Editado: 16.03.2026