Sueños amargos

Capitulo 2

Padre

Hija, sé lo mucho que te esforzaste para ser lo que eres ahora. Sé que en el fondo de tu corazón esto era lo que querías. Solo espero que logres superarte y que llegues a ser la mejor enfermera militar. Quizás no te puedo abrazar, pero sí te puedo ver, y desde aquí te digo que estoy orgulloso de ti.

​Mi mirada reflejaba tristeza y, a la vez, una ilusión palpable por verlo una vez más.

​—Papá, no sabes cuánta falta me haces. Mamá no entiende que quiero vengar tu muerte. Me duele que ella piense que ese ser me va a matar como a ti, pero yo sé que tengo la fuerza y la valentía para eliminarlo y para hacer que el pueblo no tenga miedo de salir al mundo, y que múltiples dragones no mueran.

​—Escúchame, pequeña. Quizás entiendo a tu madre. Aún tienes veinticinco años. Créeme, es difícil dejarte ir. Sabemos que eres una adulta e independiente, pero no porque te creas fuerte significa que lo eres. Pequeña, por favor, solo te pido que no arriesgues más tu vida. Pero en serio, disfruta cada momento que yo no pude disfrutar.

​Una lágrima caía sobre mi mejilla, y las palabras de mi padre hacían que mi corazón se rompiera cada vez más.

​—Pero, papá, antes de que te vayas... ¿podrías darme un abrazo?

​—Claro, amor de mi vida, mi luz, mi luna, mi sol...

​Mi padre se acercó, extendió sus brazos, y justo en el momento en que iba a darle el abrazo, mi madre me despertó.

​—¡Hija, arriba! ¡Es tarde! Son las seis y media, tienes que levantarte. Recuerda la cita que tienes en el cuartel.

​Me levanté sobresaltada.

​—¡Oh, mierda! Tienes razón, se me hace tarde. Gracias, mamá. Tuve un sueño muy lindo; soñé con papá.

​—Qué lindo sueño, hija. Ahora arréglate, que es tarde.

​Corrí a bañarme. El agua fría caía lentamente sobre mi cuerpo y hacía que mi sistema se activara y se animara poco a poco. Salí, preparé mi maleta y lo que necesitaba para irme. No sabía si iba a estar fuera un día, cinco, o toda mi vida.

​—Madre, me voy a ver qué me dicen.

​—Mi niña, recuerda lo que hablamos anoche. No quería enojarme contigo, solo me preocupé. Pero, por favor, por tu padre: no vayas a la guerra, mucho menos salgas del país. Recuerda que Huehuetéotl te protege y te cuida. Cada vez que sientas que te estás desanimando o no te guste, pídele a Huitzilopochtli. Jamás te dejará sola.

​Con eso, mi madre me dio un beso en la frente y uno en la mejilla. Salí de casa directo al cuartel.

​—¡Mariam, qué gusto verte de nuevo por aquí! —La voz áspera me detuvo en la calle.

​—Hola, Yaotl. Voy para el cuartel. Tengo cosas que hacer y voy muy tarde, no tengo tiempo de quedarme hablando contigo.

​—¿Con que al cuartel, ah? ¿A qué va a ir la niña, a curar a nuestros guerreros? —Su risa era burlona y fría.

​—Me dieron el puesto de enfermera militar, idiota. Lo que tú ni siquiera llegarás a ser.

​—¿Tú? ¿Enfermera militar? Tú ni a eso llegas. No te creo nada. En cambio, yo soy el próximo guerrero, el próximo candidato que va a entrar y va a eliminar a esa cosa que anda vagando por este mundo.

​—Lo que tú no pudiste hacer en tres años, yo lo hice en uno. ¿Sabes por qué? Porque tengo una carrera, tengo inteligencia, soy más fuerte que tú, y sé cómo actuar. Yo actúo desde las sombras, y tú desde el impulso. —Mi voz era fría y directa.

​—Sí, claro. A ver, muéstrame que en realidad vas al cuartel. Muéstrame que sí vas a entrar para allá.

​Caminamos varios minutos y, cuando estuvimos enfrente de la entrada militar, él se me quedó viendo.

​—Con tu permiso, me voy. Yo, mínimo, sí voy a salvar el país, o voy a salvar a los debiluchos como tú.

​El guardia abrió la puerta y me dejó pasar.

​—¡Señorita Mariam, qué gusto verla por aquí!

​—¡Comandante! —Me puse en posición de firmes para mostrar respeto y reverencia.

​—Tranquila, tranquila. Aún no estás dentro como para que me hagas ese tipo de reverencia.

​—Lo siento por mi tardanza, Comandante. Me entretuve en un lugar y no me dejaban entrar.

​—Tranquila, no me tienes que explicar absolutamente nada. Simplemente quiero que me diga si está preparada para todo esto.

​—Claro. Ustedes bien saben que soy de la sangre Álvarez, y miedo no tengo, como mi padre.

​—Me alegra escuchar eso, pero antes de comenzar, quiero preguntarte algo.

​—Sí, dígame Comandante. ¿En qué le puedo ayudar?

​—Tus hermanos, ¿aún siguen con vida? ¿Y qué fue de ellos, si es que siguen vivos?

​—Pues, mi Comandante, ellos fallecieron dos años después que mi padre. Fueron calcinados por un dragón de fuego. No lo entrenaron lo suficiente y se confiaron de que era manso. Por una torpeza o lo que le quiera llamar, el dragón los asesinó, y pues murieron. No pudimos hacerles algún tipo de velorio o algo así, ya que lo único que quedaron fueron cenizas, pero aún recuerdo mucho a mis hermanos.

​Bajé la mirada por la vergüenza y la tristeza a la vez.

​—Entiendo. ¿Pero no tenían ninguna protección de alguna bruja de la sanación o algo así? Teníamos entendido que tenían familia de brujas y hadas de la salud.

​—Digamos que sí tenían cierta protección, pero al parecer los dragones que estaban entrenando perdieron totalmente la cordura y los terminaron asesinando. Aunque no tengo duda de que haya sido ese ser tan misterioso quien lo haya provocado.

​—Entiendo, entiendo. ¿Y tu madre está de acuerdo con que estés aquí?

​—Pues supongo que sí. La verdad, simplemente le avisé porque este es un sueño que he esperado toda mi vida después de que me gradué como licenciada en enfermería. Y pues, con una posible maestría, era un sueño que tenía. Yo creo que está de acuerdo.

​—Entiendo. Bueno, sin más que decir, empecemos con el entrenamiento físico y algunos exámenes psicológicos. También quiero que entiendas que, a partir de hoy, espero que hayas traído maleta. No vas a volver a salir. Después de una semana tienes el derecho de marcarle a tu madre, avisarle por si te falta algo, o si te lo puede traer. Y también quiero que tengas entendido que, una vez dentro, no hay más salida. Tienes que tenerle totalmente fe a nuestros ideales, poner sobre todo nuestra bandera por delante de tu vida, y defender a los ciudadanos ante todo. Ya sea cual sea tu rango, si eres enfermera, de mantenimiento u operadora, no importa lo que seas. Tienes que tener en claro que proteger a la ciudadanía y respetar tus ideales y tu bandera es lo primordial.




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