Sueños amargos

Capitulo 3

El peso del kit de herramientas que me entregó la sargento Lizeth era mucho mayor de lo que aparentaba. Entre ellos eran vendajes y mi sueños; era la responsabilidad de cada vida que, a partir de ahora, dependería de mis manos.
—No te quedes ahí parada, novata —hablo la general Flor sin volverse—. El tiempo en el cuartel se mide en latidos, y si pierdes uno, alguien muere. Muévete.
Caminamos hacia una zona apartada de la cancha principal, donde el suelo estaba marcado por cenizas y restos de escamas. Aquí no entrenaban los soldados comunes; este era el terreno de los sanadores de guerra.
—Escúchame bien, Mariam —dijo la sargento Lizeth, cruzándose de brazos—. En este cuartel, ser una Álvarez no te da privilegios. Te da una diana en la espalda. Todos esperan que seas igual de brillante que tu padre, o que mueras intentándolo para demostrar que la sangre se ha aguado con los años.
—No voy a morir —respondí, apretando las correas de mi maleta—. Y no he venido a ser igual que mi padre. He venido a ser mejor.
La general Flor soltó una risa seca, una que sonaba como grava chocando entre sí.
—Palabras valientes para una niña que apenas mide un metro y medio del suelo. Demuéstramelo.
Se detuvo frente a una enorme jaula de hierro reforzado. Dentro, algo se movía entre las sombras, emitiendo un gruñido bajo que hizo que el aire vibrara. Era un Cría de Dragón de Humo, pero sus alas estaban cubiertas de una sustancia viscosa y oscura: veneno de sombra. El animal sufría; sus ojos, antes dorados, estaban nublados por la agonía.
—Esta criatura fue alcanzada por un rastro de ese ser en la frontera —explicó Flor, y su voz perdió la dureza por un segundo—. Los veterinarios normales no pueden acercarse; el veneno de sombra recorre la magia y la carne. Si tienes el don de sanación de los Álvarez, este es el momento de usarlo. Si no, retírate ahora y vuelve a casa con tu madre.
Sentí un escalofrío. Mi madre me había advertido sobre esto. El veneno de sombra era la firma del monstruo que mató a mi padre.
Dejé mi equipo en el suelo y me acerqué a los barrotes. El dragón lanzó una llamarada débil, más parecida a un suspiro de humo.
—¿Qué haces? —preguntó Lizeth, dando un paso al frente—. Necesitas guantes de fénix y una máscara de filtro. El veneno es volátil.
—No para mí —susurré.
Cerré los ojos un segundo, buscando ese rincón cálido en mi pecho que siempre había estado ahí, ese que mi padre llamaba "mi sol". Abrí la puerta de la jaula.
—¡Mariam, detente! —gritó la general, pero ya era tarde.
Entré en el espacio reducido. El olor a azufre y podredumbre era insoportable. El dragón me lanzó un zarpazo, rasgando la manga de mi nueva chaqueta, pero no me detuve. Puse mi mano directamente sobre la herida abierta en su costado, donde el veneno burbujeaba.
El dolor fue instantáneo. Era como si mil agujas de hielo me recorrieran el brazo, subiendo hacia mi corazón. Solté un grito ahogado, pero no aparté la mano.
"Mariam, mi luz, mi sol, mi luna...", la voz de mi padre resonó en mi memoria.
—Huehuetéotl, dame tu fuego para limpiar esta sombra —susurré entre dientes, visualizando el calor que protegía mi casa.
De mis dedos brotó una luz tenue, un brillo dorado que comenzó a devorar la oscuridad del veneno. El dragón dejó de gruñir y hundió su cabeza en mi hombro, buscando alivio. Poco a poco, la sustancia negra se evaporó en un humo blanco y puro.
Cuando retiré la mano, estaba temblando y empapada en sudor, pero la herida del dragón estaba cerrada. Solo quedaba una cicatriz limpia.
Salí de la jaula tambaleándome. La sargento Lizeth me sostuvo antes de que mis rodillas tocaran el suelo. La general Flor me miraba con una expresión que no pude descifrar: era una mezcla de respeto y un miedo profundo.
—Lo hiciste —dijo Lizeth en un susurro—. Sin equipo de protección... eso es imposible.
—No es imposible —dije, recuperando el aliento y enderezándome a pesar del cansancio—. Es lo que soy.
La general Flor asintió lentamente, ajustándose el cinturón.
—Bien, Mariam Álvarez. Has demostrado que tienes el don. Pero ten cuidado: la luz que acabas de mostrar es la misma que ese monstruo busca apagar. A partir de mañana, tu entrenamiento de enfermera termina. Empieza tu entrenamiento como Sanadora de Élite.
Se dio la vuelta, pero antes de alejarse, se detuvo y me miró de reojo.
—Tu padre estaría orgulloso. Pero también estaría aterrorizado. Bienvenida al infierno, novata




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