El amanecer en el cuartel no llegaba con el canto de las aves, sino con el sonido metálico de las trompetas y el rugido lejano de los dragones adultos en los nidos superiores. Me desperté con el cuerpo entumecido; cada músculo de mi espalda protestaba por el esfuerzo de la noche anterior. Pero lo que más me dolía no era el cansancio físico, sino el vacío en mi pecho. Usar el "sol" para limpiar el veneno de sombra me había dejado una extraña sensación de frío, como si hubiera entregado una parte de mi propia calidez a esa pequeña criatura.
Me puse el uniforme de recluta: una tela gruesa, gris oscuro, que me quedaba ligeramente grande de los hombros. Al ajustar las botas, recordé a mis hermanos. Ellos también se habían puesto estas mismas botas una vez, con la misma ilusión, antes de que el fuego se los llevara.
—No seré ceniza —susurré para mí misma, mirando mi reflejo en el pequeño espejo roto de la habitación—. Seré ese fuego que cure y lo lograre.
Salí al patio principal. La humedad de la mañana se pegaba a la piel. Allí, formados en filas perfectas, estaban los cadetes de combate. Y entre ellos, destacando por su altura y su sonrisa arrogante, estaba Yaotl.
El comedor era un caos de platos metálicos y gritos. Me senté en una mesa apartada, pero la paz me duró poco. Una sombra se proyectó sobre mi bandeja de avena.
—Vaya, vaya. Si la "enfermerita" ha sobrevivido a su primera noche —dijo Yaotl, sentándose frente a mí sin invitación. Venía acompañado de otros dos reclutas que se rieron por lo bajo—. Me han contado que te encerraron con una cría enferma. ¿Qué pasó? ¿Lloraste tanto que el dragón se curó de pena?
Mantuve la cuchara en el aire, mirándolo fijamente. Mi mirada era fría, una herencia directa de mi padre cuando estaba a punto de perder la paciencia.
—Lo que pasó, Yaotl, es que hice algo que tú no podrías en diez vidas: enfrentar el veneno de sombra sin mojar los pantalones —respondí con una calma que lo descolocó—. Mientras tú aprendes a golpear sacos de arena, yo estoy aprendiendo a salvar a los que tú dejes morir por tu imprudencia.
Yaotl golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar mi vaso de agua.
—Escúchame, Mariam. Aquí la sangre de los Álvarez no vale nada si no tienes el músculo para respaldarla. Este es un mundo de guerreros, no de niñeras con complejo de heroína. Ese monstruo que mató a tu padre... —se acercó a mi oído, bajando la voz—, se alimenta de gente débil como tú. No durarás una semana en las pruebas de campo.
—Entonces asegúrate de no estar herido cuando esa semana termine —le solté, levantándome de la mesa—, porque podrías necesitar que esta "niña débil" decida si vale la pena gastar medicina en ti.
Lo dejé con la palabra en la boca. Podía sentir su rabia quemándome la espalda, pero tenía una cita más importante en la cancha de entrenamiento.
La General Flor me esperaba junto a la Sargento Lizeth. No estaban solas; frente a ellas había una serie de maniquíes de entrenamiento, pero no eran de madera. Estaban hechos de una piedra oscura que parecía absorber la luz.
—Llegas un minuto tarde, Álvarez —dijo Flor, consultando un reloj de bolsillo—. En el frente, un minuto es la diferencia entre un torniquete y una amputación.
—Lo siento, mi General Superior. No volverá a ocurrir.
—Menos disculpas y más acción. Hoy empieza tu verdadero examen —intervino Lizeth, entregándome un maletín médico que pesaba el doble que el anterior—. No solo vas a estudiar anatomía humana. Vas a estudiar la anatomía del enemigo y la de nuestras monturas.
El entrenamiento fue brutal. No fue solo leer libros. Me obligaron a correr tres kilómetros cargando el maletín médico mientras ellas lanzaban pequeñas ráfagas de fuego y ruidos ensordecedores para simular un campo de batalla.
—¡Concéntrate, Mariam! —gritaba Flor—. ¡Tu paciente está desangrándose y un dragón de guerra está aterrizando a tres metros de ti! ¡Si entras en pánico, ambos mueren!
Caí al suelo tres veces. Mis manos estaban raspadas y el sudor me cegaba. En la cuarta caída, cuando sentí que mis pulmones iban a estallar, cerré los ojos. Busqué a Huehuetéotl. Padre del fuego, dame aliento, recé en silencio. Sentí una chispa de calor en la base de mi columna y, de repente, el peso del maletín pareció desvanecerse. Me puse en pie y terminé el circuito en un tiempo que hizo que Lizeth levantara una ceja, sorprendida.
Después del agotamiento físico, me llevaron a una oficina cerrada. El Comandante Supremo estaba allí, sentado tras un escritorio lleno de mapas tácticos.
—Siéntate, Mariam —dijo con voz grave. Me analizó como si fuera una pieza de artillería—. Has pasado la prueba de campo con la cría de dragón. Pero hay algo que me inquieta. Dijiste que tus hermanos murieron por un "accidente" con un dragón de fuego.
Tragué saliva. El recuerdo de las cenizas de mis hermanos era una herida que nunca cerraba.
—Así fue, mi Comandante. Se confiaron.
—Mentira —dijo él, lanzando un informe sobre la mesa—. He revisado los registros médicos de hace años. Esos dragones no perdieron la cordura por casualidad. Tenían las mismas marcas de veneno de sombra que la cría que curaste ayer. Tus hermanos no murieron por una torpeza; murieron intentando proteger algo que ese monstruo quería.
El mundo pareció detenerse. Mis oídos empezaron a zumbar. ¿Mi madre me había mentido? ¿Todo este tiempo pensé que fue un error, cuando en realidad fue un asesinato planeado?
—¿Qué quería ese ser? —pregunté, mi voz apenas un susurro quebrado.
—Eso es lo que vas a descubrir tú —respondió el Comandante, inclinándose hacia delante—. Se dice que la familia Álvarez posee un vínculo único con la vida y la muerte. Que no solo curan cuerpos, sino que pueden "sentir" la oscuridad antes de que llegue. Si es así, eres nuestra mejor arma, Mariam. Pero también eres la presa más codiciada.
Al final del día, después de firmar mi acta y recibir mi credencial de metal, me quedé sola en la cancha de entrenamiento. La noche había caído y las estrellas brillaban con una intensidad extraña. Saqué la credencial y la apreté contra mi pecho.
"MARIAM ÁLVAREZ - ENFERMERA MILITAR DE ÉLITE"
Era oficial. Ya no era solo la hija de un héroe caído o la hermana de dos sombras. Era parte de la maquinaria de guerra.
Me dirigí hacia la caseta donde Flor y Lizeth me habían citado. Flor me entregó una túnica reforzada con escamas de dragón, ligera pero resistente a las llamas.
—Mañana —dijo Flor, mirándome a los ojos—, no habrá simulacros. Iremos a la frontera. Hay heridos que necesitan tu "don". No le falles a tu apellido, pero sobre todo, no te mueras. No quiero rellenar más informes de bajas con el nombre Álvarez.
—Entendido, mi General Superior —respondí, esta vez con una voz que no tembló.
Al retirarme a mi litera, solo podía pensar en las palabras de mi madre y en el rostro de mi padre en el sueño. Estaba entrando en la boca del lobo, o mejor dicho, en el nido de las sombras. Pero mientras sentía el latido constante de mi corazón, sabía que Huitzilopochtli me daría la voluntad, y mi propio don me daría el camino.