23 de mayo.
El aire en el Valle de las Cenizas no era solo polvoriento; era pesado, como si el oxígeno mismo estuviera imbuido de plomo. Había pasado casi un año desde que decidí seguir el rastro de mi padre, y cada día la fecha de su muerte pesaba más sobre mis hombros. Pero hoy, el ambiente era distinto. El cielo no era naranja, sino de un violeta enfermo que presagiaba algo que ningún radar militar podría detectar.
Me encontraba en la tienda de triaje, rodeada de gritos que se apagaban. Había salvado a seis soldados en las últimas dos horas. Mi cuerpo temblaba. No era solo agotamiento físico; era una sensación de vacío interno, como si alguien hubiera metido la mano en mi pecho y estuviera rascando el fondo de mi alma.
—Mariam, detente —susurró la General Flor, poniéndome una mano en el hombro. Sus ojos, siempre duros, mostraban una chispa de auténtico temor—. Mira tus manos.
Bajé la vista. Las yemas de mis dedos, usualmente rosadas, estaban pálidas, casi transparentes. No era falta de circulación. Era como si mi esencia misma se estuviera desvaneciendo.
—Cada vez que usas el "sol", Mariam... —Flor bajó la voz hasta convertirla en un secreto peligroso—, no estás usando energía del universo. Estás usando tu propio tiempo. Los Álvarez no curan; ellos intercambian. Vida por vida. Por eso tu padre siempre parecía diez años mayor de lo que era.
Antes de que pudiera responder, el mundo se detuvo.
No fue un estallido. Fue un silencio absoluto. El ruido de las ametralladoras, los gritos de los heridos y el batir de las alas de los dragones desaparecieron. Un frío antinatural se filtró por las lonas de la carpa. Las flores en un pequeño jarrón sobre la mesa de instrumental se marchitaron en un segundo, convirtiéndose en polvo negro.
—Salgan —ordenó una voz que no era humana, pero que hablaba en nuestra lengua. Era un sonido vibrante, como el roce de escamas sobre cristal.
Flor y Lizeth quedaron congeladas, sus cuerpos atrapados en un tiempo que no les pertenecía. Yo era la única que podía moverme. Salí de la carpa, impulsada por una fuerza que no podía resistir.
Afuera, el campamento era un cementerio de estatuas de sal. Los soldados estaban inmóviles, con las expresiones de terror grabadas en sus rostros. A unos veinte metros de mí, en medio del camino de ceniza, estaba él.
A primera vista, parecía un hombre joven, de una belleza aterradora y asimétrica. Vestía una túnica de seda negra que parecía absorber la luz del día. Pero al fijarme bien, los detalles me helaron la sangre: su piel no era piel, sino escamas minúsculas y negras que brillaban con un matiz aceitoso. Sus ojos eran dos pozos de obsidiana con pupilas rasgadas, y de sus sienes brotaban dos cuernos cortos, obsidiana pura, que se curvaban hacia atrás.
Donde él pisaba, la tierra moría. La ceniza se volvía brea negra. El aire a su alrededor emanaba una neblina oscura que hacía que incluso el viento se detuviera para no tocarlo.
—Mariam Álvarez —dijo, y su voz me acarició la columna como una daga de hielo—. La pequeña luz que se consume a sí misma por seres que no valen ni un suspiro de tu aliento.
—¿Quién eres? —logré articular, aunque mi voz sonaba pequeña.
—Soy el final de tu linaje y el inicio de tu destino —caminó hacia mí con una elegancia depredadora. A cada paso, la hierba seca a los lados del camino se desintegraba—. ¿Sabes lo que estás haciendo cada vez que pones tus manos sobre esos moribundos? Estás borrando tu nombre del libro de la vida. Cada herida que cierras es un día que me entregas. Tu alma se está volviendo traslúcida, Mariam. Y eso es exactamente lo que necesito.
—Mi padre... tú lo mataste —lo señalé con un dedo tembloroso.
Él soltó una carcajada que sonó como el crujido de huesos.
—¿Matarlo? Arturo fue un hombre de negocios. Él sabía que los Álvarez tenían una deuda antigua con los Señores del Humo. Cuando naciste, tu luz era tan intensa que amenazaba con romper el equilibrio. Tu padre hizo un trato conmigo en esta misma fecha, bajo una luna igual de enferma que esta.
Se detuvo a solo un paso de mí. No olía a muerte, olía a lluvia antes de la tormenta y a incienso antiguo. La oscuridad que emanaba de él no me dañaba, pero sentía cómo mi propia magia retrocedía, intimidada.
—Él me prometió que, cuando cumplieras la edad de la madurez, regresarías a mí para restaurar lo que mi raza perdió. Él te dio la vida para que yo pudiera reclamar tu eternidad. No busco tu muerte, pequeña sanadora. Busco tu unión.
Me miró de arriba abajo, y por un momento, la crueldad en sus ojos fue reemplazada por una posesividad que me dio más miedo que cualquier monstruo.
—Eres la pieza que falta en mi trono. Cada vez que salvas a un soldado, aceleras nuestro encuentro. Te estás quedando sin alma, Mariam, y cuando no quede nada de ese "sol" en tu pecho, no serás más que una cáscara que yo llenaré con mi sombra. Serás mi consorte en un mundo de cenizas. Fue el precio que tu padre pagó para que tú pudieras vivir estos veinticinco años.
—¡Jamás! —grité, intentando convocar mi luz, pero mis manos solo emitieron una chispa débil que murió al instante.
El extraño sonrió, y por un segundo, vi hileras de dientes afilados tras sus labios humanos. Extendió una mano, pero no me tocó; solo rozó el aire cerca de mi mejilla.
—El contrato está escrito en tu sangre, no en papel. Sigue curándolos si quieres. Sigue regalándome tus años. Cada vez que sientas ese frío en tu corazón, recuerda que es mi mano acercándose a ti. Nos veremos pronto, Mariam. No en un campo de batalla, sino en un altar de sombras.
El hombre de rasgos de dragón retrocedió y, en un parpadeo, se disolvió en una nube de ceniza negra que el viento dispersó.
El tiempo volvió a correr de golpe. El estruendo de los helicópteros regresó, los heridos volvieron a gritar y Flor me sacudió por los hombros.
—¡Mariam! ¡Te quedaste ida! ¿Qué pasó?
Me desplomé de rodillas, mirando mis manos. Estaban más pálidas que antes. El frío en mi pecho ya no se iba. Ahora sabía la verdad: mi don era mi condena, y mi padre no había muerto como un héroe, sino como un hombre desesperado que vendió mi alma antes de que yo supiera lo que era el amor.