El regreso al cuartel central fue un viaje a través de un túnel de silencio. Ni la General Flor ni la Sargento Lizeth se atrevieron a preguntarme qué había sucedido en esos minutos de vacío absoluto. Creo que, en el fondo, ellas también sentían el rastro de la oscuridad en el aire; esa fragancia a lluvia y ceniza que el extraño había dejado impregnada en mi uniforme.
Mis manos seguían pálidas, casi etéreas bajo la luz fluorescente del transporte. Me miré las palmas y, por un segundo, juré que podía ver el contorno de mis huesos a través de la piel, como si me estuviera convirtiendo en un dibujo hecho de humo.
—Necesito ir a casa —dije, y mi voz sonó como el crujido de una hoja seca.
—Mariam, tienes que pasar por el informe de bajas y... —empezó Lizeth.
—He dicho que necesito ir a casa —la interrumpí, clavándole una mirada que la hizo retroceder. Ya no era la mirada de una novata asustada. Era la mirada de alguien que acababa de ver el final de su propio camino.
Flor asintió lentamente, dándole una orden silenciosa al piloto. Sabía que no estaba pidiendo permiso. Estaba reclamando el derecho de una condenada.
Llegué a casa cuando la luna ya reinaba en el cielo, una esfera pálida que parecía burlarse de mi propia palidez. Entré sin llamar. Mi madre estaba en la cocina, removiendo un té de hierbas que olía a manzanilla y protección, pero el hechizo de calma se rompió en cuanto me vio.
Ella dejó caer la cuchara. El sonido metálico resonó en las baldosas como un disparo.
—Ha vuelto —dije, cerrando la puerta tras de sí—. Lo he visto en el Valle de las Cenizas, madre. He visto al monstruo que tiene rasgos de hombre y aliento de dragón.
Mi madre palideció tanto que por un momento pensé que ella también se desvanecería. Se tambaleó hacia la mesa, buscando apoyo.
—No... todavía no —susurró, con lágrimas nublando sus ojos—. Él prometió que esperarías hasta los veinticinco... que tendrías tiempo de vivir.
—¿Tiempo de vivir? —Solté una risotada amarga, caminando hacia ella—. ¡Cada vez que pongo mis manos sobre un herido, le regalo un pedazo de mi alma! Me estoy borrando, mamá. Me estoy volviendo transparente. ¡Dime la verdad de una maldita vez! ¿Qué hizo mi padre? ¿Por qué me vendió a ese ser?
Mi madre se derrumbó en la silla y escondió el rostro entre las manos, sollozando con una fuerza que me partió el alma, pero mi rabia era más grande que mi lástima.
—Tú no lo entiendes, Mariam... —dijo entre hipos—. El día que naciste... no respirabas. Tenías el cordón umbilical enredado en el cuello y tu corazón se detuvo antes de que pudieras llorar. Tu padre, Arturo... él no podía aceptarlo. Él ya había perdido a tantos en la guerra, que se negó a perderte a ti.
Me quedé helada. Esa era la pieza que faltaba.
—Él invocó a la Sombra —continuó ella, levantando la mirada, mostrando unos ojos rojos por el llanto—. Invocó al Señor de los Pactos, ese híbrido que domina el comercio entre los vivos y los muertos. Arturo le ofreció su vida a cambio de la tuya, pero el ser se rió. Dijo que la vida de un soldado viejo y cansado no valía una vida nueva y brillante como la tuya.
—Entonces... ¿qué le dio?
—Un contrato de sangre y alma —la voz de mi madre tembló—. El ser te devolvió el aliento, pero puso una condición: tú serías su "Luz en la Oscuridad". Te dio el don de los Álvarez —la capacidad de sanar—, pero no como un poder, sino como un recaudador. Cada vez que sanas a alguien, le quitas un día de vida a la muerte y se lo entregas a él. Estás alimentando su eternidad con la tuya. Y cuando tu alma esté lo suficientemente "limpia" de humanidad por tanto sanar... pasarás a ser su propiedad. Su esposa. La reina de su reino de sombras.
Me dejé caer en el suelo, frente a ella. El frío en mi pecho ahora tenía un nombre: era el frío de una deuda que yo no había pedido.
—Tu padre aceptó porque pensó que podrías huir, que encontraríamos una forma de romper el vínculo con la ayuda de los dioses —sollozó ella, acariciando mi cabello con manos temblorosas—. Por eso te pedía que no fueras a la guerra. Porque sabía que tu bondad te obligaría a sanar a todos, y que cada vez que lo hicieras, caminarías un paso más hacia el altar de ese monstruo.
Me levanté lentamente, apartando sus manos. Me dirigí al espejo del pasillo y me desabotoné el cuello de la chaqueta militar. Allí, justo en la base del cuello, vi una marca que no estaba allí por la mañana: una fina línea negra que parecía una escama de dragón grabada en mi piel.
—Él dijo que me ama —susurré, mirando la marca—. Pero no es amor. Es hambre. Me ve como una inversión.
—Mariam, no vuelvas al cuartel —suplicó mi madre desde la cocina—. Quédate aquí. Si dejas de usar el don, quizá... quizá dejes de desvanecerte.
Miré mis manos. Recordé el rostro del joven soldado que había salvado esa tarde. Recordé el alivio en sus ojos cuando el veneno de sombra abandonó su cuerpo.
—Si dejo de usarlo, madre, la gente morirá —dije, volviéndome hacia ella con una determinación que me quemaba por dentro—. Si el precio de salvar vidas es mi propia alma, entonces que así sea. Pero no seré su esposa sumisa. Si quiere mi alma, tendrá que venir a buscar lo que quede de ella a través del fuego.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a regresar al cuartel —respondí, ajustándome el uniforme—. Pero no como una enfermera que espera su destino. Voy a investigar cómo matarlo. Si mi padre hizo el contrato, debe haber una cláusula para romperlo. Y si tengo que entregarle mi vida a la muerte para salvar a este país, lo haré bajo mis propios términos, no bajo los de un monstruo que juega a ser mi esposo.
Salí de casa de nuevo, ignorando los gritos de mi madre. El aire de la noche me golpeó la cara, y por primera vez, no pedí ayuda a Huehuetéotl ni a Huitzilopochtli.
Le hablé directamente a la oscuridad.