Sueños amargos

Capitulo 7

La oscuridad no estaba vacía; tenía peso, tenía textura. Era espesa, como aceite negro, y me envolvía hasta que olvidé dónde terminaba mi piel y comenzaba la noche. Sabía que no estaba sola. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel de mis brazos, y entonces, su presencia se materializó no como una figura, sino como una ausencia de luz.

—Mariam —dijo su voz. No vino de ningún lugar, sino que vibró dentro de mi pecho, grave y resonante.

Intenté retroceder, pero la sombra se adelantó. No tuvo paciencia. La misma entidad que me estaba robando la sustancia, que estaba convirtiendo mis dedos en humo, estaba allí, reclamando su pago.

Unas manos, frías como el mármol pero firmes como el acero, me aferraron por la cintura. El choque térmico fue brutal, pero en lugar de rechazarlo, mi cuerpo ardió en respuesta. Me giró bruscamente y me empujó contra lo que parecía una pared vertical de oscuridad. No había piedra bajo mi espalda, solo una presión infinita y suave que me sostuvo.

El Señor de las Sombras se inclinó hacia mí. No podía ver su rostro, solo la silueta recortada contra un vacío más profundo, pero sentí su aliento, helado y olor a ozono y sangre antigua, rozando mi boca.

—Te estás desvaneciendo —susurró, y sus dedos se deslizaron bajo la tela de mi camisola, buscando la piel directa.

El contacto fue como un rayo. Donde sus manos tocaban mi carne, la sensación de evaporación desaparecía, reemplazada por un gusto metálico y violento. Sus palmas subieron por mi columna, trazando cada vértebra con posesividad, hasta anclarse en mi nuca. Me obligó a levantar la cara y sus labios chocaron contra los míos.

No fue un beso de cortesía. Fue una invasión. Sus labios eran duros, exigentes, y cuando su lengua forzó la entrada de mi boca, supe que no estaba besándome; estaba bebiéndose mi aliento. La temperatura de su boca era gélida, pero una vez dentro, se volvió lava líquida. Lo devolví con la misma furia, mordiendo su labio inferior hasta notar el sabor ferrosa de su sangre. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi garganta, y apretó su cadera contra la mía.

La evidencia de su deseo era incontrovertible, una protuberancia rígida y dura que presionaba contra mi vientre a través de las ropas. La fricción fue instantánea, un golpe de calor que me dobló las rodillas. Sentí una humedad indigna acumulándose entre mis muslos, una traición de mi cuerpo que reclamaba ser llenada.

—Esto es real —murmuró contra mi boca, y una de sus manos bajó con premeditación lenta hasta el borde de mi falda—. Aunque despiertes, esto te habrá marcado.

No me dio tiempo a pensar. Sus dedos ágiles encontraron el interior de mis muslos, separándolos con fuerza bruta. Cuando su mano roció el centro de mi calor, ya estaba húmeda, dispuesta. Él notó mi estado y soltó una risa baja, vibrante, que me recorrió la espina dorsal.

—Así que el miedo te excita —dijo, y sin previo aviso, introdujo dos dedos dentro de mí.

Grité, pero el sonido fue ahogado por su boca que volvió a cubrir la mía. Sus dedos eran largos, gélidos al entrar, pero se calentaban rápidamente con mis fluidos. Movió la mano con rudeza, con un ritmo que no buscaba ternura, sino dominio. Curvó los dedos hacia adelante, presionando ese punto sensible que me hacía ver estrellas, y mis caderas se movieron instintivamente contra su mano, buscándolo más profundo, más rápido.

Mi cuerpo, que se sentía tan etéreo durante el día, ahora estaba brutalmente anclado a la realidad por la fuerza de sus dedos . La tensión se acumuló en mi bajo vientre, un nudo apretado que pedía liberación.

Él rompió el beso, dejándome jadeando, y me miró a los ojos (o donde debían estarlos).

—Necesito más —exigió.

Oí el rasgarse de tela. Desgarró mi ropa y la suya con la misma violencia con la que estaba desmembrando mi alma. La libertad repentina del aire fresco sobre mi piel húmeda me hizo estremecer, pero antes de que pudiera cubrirme, tomó mis piernas y las envolvió alrededor de su cintura. Me levantó como si no pesara nada, dejándome totalmente a su merced.

Lo sentí en mi entrada, la cabeza dura y caliente de su sexo rozando mis labios húmedos. Se detuvo un instante, permitiendo que la anticipación me devorara, y luego, con una embestida potente, se hundió dentro de mí hasta el fondo.

El dolor y el placer estallaron al mismo tiempo. Era enorme, y el estiramiento fue intenso, casi brutal. Mis uñas se clavaron en sus hombros, buscando apoyo, mientras él se mantenía inmundo un segundo, permitiendo que mi cuerpo se adaptara a su tamaño, a su invasión.

—Mírame —ordenó—. Acéptame.

Comenzó a moverse. Cada embestida era profunda, calculada para golpar el fondo de mi ser. La pared de sombras a mi espalda se movía con nosotros, absorbiendo el impacto. El sonido de nuestra piel chocando, húmeda y slapped, fue el único ruido en ese universo privado. Su respiración era aguda junto a mi oreja, mezclada con mis gemidos incontrolables.

El ritmo aumentó, convirtiéndose en un vaivén feroz. Sentía cómo cada empujón me llenaba, cómo me vaciaba y me volvía a llenar, una y otra vez, borrando cualquier pensamiento que no fuera la sensación de ser tomada. El frío de su piel se mezclaba con el fuego del mío, creando una paradoja de sensaciones que me acercaba al borde.

—Sí... —grité, sin saber qué pedía, si que parara o que no detuviera nunca—. Más.

Él obedeció, apretándome los muslos con tanta fuerza que dejé marcas, y aceleró el tempo. La fricción en mi clítoris, presionado entre nuestros cuerpos, fue el detonante final. El orgasmo me arrancó una exclamación ronca, haciendo que mi espalda se arqueara en un arco perfecto y mi visión se llenara de luces blancas. Las contracciones de mi cuerpo alrededor del suyo lo desencadenaron; con un rugido sordo, se clavó una última vez con violencia, y sentí el latido de su eyaculación dentro de mí, caliente y abundante, marcándome por dentro.




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