El eco del sueño aún vibraba en mis huesos, una frecuencia baja y persistente que me hacía sentir como si estuviera caminando entre dos mundos. Ya no me importaba qué día marcaba el calendario del cuartel; el tiempo se había convertido en una sustancia viscosa, medida únicamente por la rapidez con la que mis dedos se volvían transparentes bajo la luz del alba. El encuentro en las sombras me había dejado marcada, no solo con la escama en mi cuello, sino con una sed de fuego que nunca antes había sentido.
Salí de los barracones antes de que la mayoría de los cadetes despertaran. No buscaba el comedor, ni la enfermería. Buscaba el Foso de los Olvidados, un área de entrenamiento subterránea donde el suelo estaba cubierto de arena volcánica y las paredes estaban reforzadas con sellos de contención.
Allí, esperándome en el centro del círculo de combate, estaba Yaotl. No llevaba su armadura de gala, solo unos pantalones de entrenamiento y el torso desnudo, cubierto de cicatrices que contaban historias de batallas que yo apenas podía imaginar.
—Llegas tarde, Álvarez —dijo, sin girarse. Estaba afilando una espada corta que emitía un brillo azulado—. O quizás es que te estás volviendo tan humo que ya no escuchas las campanas.
—Cállate y pelea, Yaotl —respondí, despojándome de mi chaqueta militar.
Bajo mi camisola de entrenamiento, la marca de mi cuello pulsó en un tono violeta oscuro. Saqué la daga Xolotl. La hoja de obsidiana parecía hambrienta, vibrando en mi mano como si tuviera un pulso propio.
Yaotl no esperó. Se lanzó hacia mí con una velocidad que desmentía su gran envergadura. El acero de su espada chocó contra la obsidiana de mi daga con un estruendo que hizo saltar chispas plateadas. La fuerza del impacto me obligó a retroceder, hundiendo mis botas en la arena negra.
—¡Usa tu don! —rugió él, lanzando un tajo lateral que esquivé por milímetros—. ¡Si solo peleas como una humana, el Señor de las Sombras te llevará antes del mediodía!
—¡No es tan fácil! —le grité, bloqueando otro golpe.
Sentí la rabia subir por mi garganta. Recordé la presión de las manos de él sobre mi piel, la forma en que su aliento gélido me había robado el aire en el sueño. Dejé que ese recuerdo, esa invasión, alimentara mi brazo.
De repente, mi cuerpo se sintió ligero, peligrosamente liviano. Cuando Yaotl lanzó una estocada directa a mi pecho, no me moví. El acero atravesó mi hombro... o eso pareció. Pero no hubo sangre. Mi cuerpo se desvaneció en una voluta de humo gris justo donde la espada debía golpear, y reaparecí un metro detrás de él.
Yaotl se detuvo en seco, con una sonrisa feroz en el rostro.
—Eso es... —susurró—. Te estás volviendo intocable, Mariam. Pero la sombra es un arma de doble filo. Si te vuelves humo para evitar el dolor, también dejas de sentir la vida.
Se giró y volvimos a chocar. Esta vez fue diferente. La pelea se convirtió en una danza brutal. Cada vez que él intentaba tocarme, yo me desvanecía. La tensión entre nosotros era eléctrica; no solo por el combate, sino por la forma en que él me miraba: como si estuviera viendo a un fantasma que se negaba a morir.
En un movimiento rápido, Yaotl soltó su espada y me agarró de las muñecas, inmovilizándome contra una de las columnas de piedra del foso. El contacto de su piel caliente contra mi piel translúcida fue como un latigazo.
—Mírame, Mariam —su respiración estaba agitada, muy cerca de mi rostro—. Sientes eso, ¿verdad? El calor. El peso. No dejes que él te convenza de que ya eres suya. Tu sangre todavía quema.
—Él está en todas partes, Yaotl —susurré, sintiendo la marca de mi cuello arder ante la cercanía de otro hombre—. Él dice que mi padre me vendió... que soy su propiedad.
—Entonces hagamos que el contrato sea demasiado caro para él —respondió Yaotl, apretando más mis muñecas. Sus ojos buscaron los míos con una intensidad que me hizo temblar—. No eres una enfermera, Mariam. Eres una Álvarez de sangre de dragón. Y los dragones no se dejan encadenar.
—Basta de sentimentalismos —la voz de la General Flor resonó en el foso, cortando la tensión como un cuchillo.
Bajó por la rampa de piedra, sosteniendo un pesado tomo encuadernado en piel de reptil. Nos miró a ambos con desaprobación, pero sus ojos se detuvieron en mis manos, que aún emitían pequeñas hebras de humo negro.
—Si han terminado de jugar a los amantes trágicos, tenemos trabajo real —dijo Flor, dejando el libro sobre un pedestal—. Yaotl, prepárate. Mañana llevaremos a Mariam a la Cámara de los Susurros.
—¿La Cámara? —Yaotl soltó mis muñecas, palideciendo—. General, ella apenas está controlando la fase de humo. Si entra ahí, los ancestros la despedazarán.
—O le darán la clave para romper el pacto —sentenció Flor—. Mariam, el Señor de las Sombras no te quiere por tu cara bonita. Te quiere porque el linaje Álvarez tiene la capacidad de unificar las dimensiones. Tú eres el puente entre este mundo y el Reino del Humo. Si él cruza a través de ti, no habrá base militar ni dragón que pueda detenerlo.
Caminé hacia el libro. Las páginas estaban escritas en un idioma que no conocía, pero que mis ojos parecían reconocer instintivamente. Los dibujos mostraban a una mujer rodeada de sombras, con un corazón que brillaba como un sol dorado.
—En el sueño... él me marcó por dentro —dije, mirando a Flor—. Dijo que me estaba "limpiando" de mi humanidad.
—Él te está preparando para ser un recipiente —dijo Flor con voz sombría—. Cada vez que sanas, sacas tu humanidad y dejas espacio para su esencia. Pero hay un fallo en su plan. Un fallo que tu padre descubrió antes de que le arrancaran la lengua.
—¿Cuál?
Flor se acercó y señaló una ilustración en el libro: una daga atravesando un corazón que era mitad luz y mitad sombra.
—El contrato solo se rompe si el recipiente se destruye... o si el recipiente devora al acreedor. No queremos que sanes a los soldados, Mariam. Queremos que aprendas a drenar la sombra. Queremos que, la próxima vez que él entre en tu sueño, seas tú quien se lo beba a él.