El aire de la Cámara de los Susurros era frío, pero no un frío limpio como el de la montaña. Era un frío viejo, un frío que olía a sangre seca, a copal quemado hace siglos y a la tristeza petrificada de los muertos. La cámara no era una sala, sino una boca. Una cavidad circular excavada en la roca viva bajo el cuartel, con paredes que no estaban talladas, sino que parecían haber sido formadas por el llanto silencioso de la tierra misma. No había ventanas. La única luz provenía de unas hendiduras en el suelo por las que se filtraba un magma rojizo, proyectando sombras danzantes que se retorcían como almas en agonía.
En el centro exacto de la cámara, sobre un pedestal de obsidiana negra y pulida, descansaba el Corazón de Tezcatlipoca. No era una piedra, ni un metal. Parecía un trozo de noche atrapado en forma de esfera, liso y opaco, pero vibraba con un zumbido tan bajo que se sentía en los huesos, no con los oídos. Era el Espejo Humeante, el primer fragmento de sombra que existió, la semilla de la que el Señor de las Sombras había brotado.
—No toques nada —dijo la General Flor a mi espalda. Su voz era un susurro de acero—. Los ancestros no te ven como a una heredera. Te ven como a un intruso con la llave de su tumba.
Yaotl estaba a mi lado, con la mano posada sobre el pomo de su espada. Su tensión era palpable, un calor radiante en medio del frío sepulcral.
—Los susurros no son solo ecos, Mariam —murmuró él—. Son los residuos de los Álvarez que fallaron. Sus últimos pensamientos. Sus miedos.
Cerré los ojos y él tenía razón. Al principio, era un murmullo indistinto, el ruido de mil voces hablando a la vez. Pero entonces, las palabras comenzaron a surgir, agudas y desesperadas.
No puedo... me está comiendo desde dentro
*La sangre... huele a ozono*
*Trágame, señor, trágame entero*
Una voz se elevó por encima de las demás, clara y cercana. Era la voz de mi padre
Mariam... no mires... no escuches... es una trampa
Abrí los ojos de golpe, buscando su rostro entre las sombras de las paredes. No había nada.
—Es una ilusión —dije, más para convencerme a mí misma.
—No lo es —replicó Flor, con el rostro severo—. Tu padre está aquí. Su alma está atada a este lugar porque su contrato nunca se cumplió del todo. Él murió, pero una parte de él quedó como garantía.
La General empujó mi espalda con suavidad, haciéndome dar un paso más hacia el centro. La arena volcánica crujía bajo mis botas.
—Tu padre te enseñó a curar, a empujar la oscuridad hacia afuera. Hoy vas a aprender a hacer lo contrario. Vas a abrirte y a dejar que entre. Vas a hablar con los muertos y, si tienes suerte, a devorar sus miedos.
Me colocó frente al Corazón de Tezcatlipoca. La esfera negra pareció pulsar en respuesta a mi presencia. La marca de mi cuello se encendió, ardiendo con un dolor agudo y familiar.
—Tócalo —ordenó Flor—. Con la mano desnuda.
Mi instinto me gritó que no. Yaotl dio un paso adelante, pero Flor le levantó una mano para detenerlo.
—Es la única manera. Él te ha marcado. Ahora tienes que marcarlo tú.
Me quité el guante de reptil. Mi mano temblaba, la piel translúcida y casi azulada bajo la luz magmática. La levanté lentamente y la posé sobre la superficie del Corazón.
El contacto no fue frío. Fue como meter la mano en una herida abierta y palpitante. Un torrente de imágenes y emociones me inundó la mente. Vi batallas libradas bajo lunas de sangre, vi a jaguares hechos de sombra desgarrando soldados, vi a mis propios antepasados con los ojos ennegrecidos y las manos chorreando una energía oscura que sanaba y mataba a la vez. Y entonces, lo vi a él.
No como en mi sueño. No como una figura ausente de luz. Lo vi en su forma original, un ser colosal hecho de plumas de obsidiana y estrellas muertas, con ojos que eran dos agujeros negros devorando la realidad. Y a sus pies, atada con cadenas de humo, había una criatura. Un vampiro Azteca, un *Cihuateteo*, una mujer que había muerto de parto y ahora vagaba por la noche, sedienta de venganza y sangre de niños. Pero este era diferente. Era un *Tlacatl*, un vampiro de guerra, un guerrero caído que había hecho un pacto similar al mío, pero que había sido consumido por completo. Su piel era pálida como la tiza, sus ojos brillaban con una luz roja y sedienta, y de su boca colgaban los colmillos de un jaguar.
El Señor de las Sombras señaló a la criatura y me habló directamente, no con palabras, sino con una orden que resonó en mi alma: *"Mátala. Demuéstrame que tienes el estómago para ser mi reina."*
La visión se disipó, pero el frío y el hambre de la criatura permanecieron. Y entonces, la criatura misma se materializó en la cámara. No era una ilusión. Se desprendió de las sombras de la pared, su cuerpo demacrado y pálido brillando bajo la luz rojiza. Sus ojos se fijaron en mí, y un hambre salvaje y antigua los llenó.
—¡Mariam! —gritó Yaotl, desenvainando su espada.
Pero la criatura era más rápida. Se movió en un borrón, no hacia mí, sino hacia la pared opuesta, donde una de las hendiduras de magma era más grande. Con un rugido que mezclaba dolor y furia, se arañó el pecho con sus propias uñas, abriendo un boquete del que no brotó sangre, sino una niebla espesa y rojiza. La niebla se arremolinó, y de ella emergieron otras formas. Un *Ahuitzotl*, un perro de agua con una mano en la cola, ojos de fuego y dientes afilados que ansiaba arrastrar a los hombres a una muerte acuosa. Un *Tzitzimitl*, uno de los demonios estelares, un esqueleto femenino envuelto en faldas de serpientes, con garras y colmillos, que se movía con una gracia aterradora, destinada a devorar a la humanidad durante una oscuridad solar.
La cámara se había convertido en un infierno mitológico.
—¡Formen un círculo! —ordenó Flor, sacando dos pistolas de plata de su holster—. ¡No dejen que nos separen!
El *Tlacatl* se lanzó de nuevo hacia mí, pero esta vez Yoatlo interceptó su camino. El acero de su espada chocó contra las garras del vampiro, generando un sonido agudo y horrible. El *Ahuitzotl* se abalanzó sobre Flor, que le disparó dos veces en el pecho. Las balas de plata lo hicieron retroceder aullando, pero la criatura se regeneró casi al instante, la carne cerrándose sobre las heridas.