Capítulo 8: Sombras al atardecer
El verano alcanzaba su punto culminante en los campos madrileños. El sol ardiente de mediodía transformaba los prados en una marea de espigas doradas, y el aire pesaba con el aroma a pino fresco, tierra seca y lavanda silvestre. A pesar de la calma aparente que la resolución de los últimos conflictos había traído a la Finca Los Olivos, el equilibrio de la vida diaria en el campo siempre estaba a merced de pequeñas sacudidas.
Aitana caminaba hacia los graneros con una libreta de inventario apretada contra el pecho. A sus veinte años, el liderazgo que ejercía en las tareas administrativas de la casa no la eximía del duro trabajo físico. Sin embargo, en las últimas semanas, su mente tendía a dispersarse con mayor facilidad. Sus ojos buscaban instintivamente la silueta de Nicolás entre los cercados.
El joven venezolano trabajaba a torso descubierto bajo el sol, ajustando las cercas del potrero norte. Cada movimiento de Nicolás reflejaba una fuerza natural, moldeada por años de labor constante y por el ímpetu de quien ha tenido que abrirse camino lejos de su hogar. Al notar la presencia de Aitana, se detuvo, limpió el sudor de su frente con el antebrazo y le dedicó una sonrisa serena que deshizo al instante cualquier rastro de cansancio en la joven.
—Te ves muy concentrada hoy, Aitana —dijo Nicolás, acercándose a la madera de la cerca con paso firme.
—Alguien tiene que llevar las cuentas de este lugar, Nicolás —respondió ella con una leve sonrisa, intentando mantener un tono formal que engañaba a muy pocos—. Mi padre quiere revisar los costes del pienso antes del fin de semana.
—Tu padre no pierde el tiempo —comentó él, apoyando los brazos sobre el poste superior. Sus ojos oscuros, llenos de una calidez franca, se fijaron en los de ella—. Pero me alegra que tus pasos te hayan traído hasta aquí. El día se hace largo sin verte de cerca.
Aitana sintió una oleada de calor recorrerle las mejillas. La presencia de Nicolás tenía la virtud de acelerar sus pulsaciones de una manera que ningún compromiso familiar había logrado jamás. A pesar de la aceptación progresiva de Don Federico, la joven sabía que los ojos de la comunidad rural seguían atentos a cada gesto entre el nuevo cuidador de ganado y la hija mayor de los propietarios.
—A veces siento que todo va demasiado rápido —confesó Aitana en voz baja, dando un paso más hacia la cerca—. La granja exige tanto de nosotros... pero cuando estoy a tu lado, el tiempo parece detenerse.
—No hay prisa, Aitana —contestó Nicolás, alcanzando su mano sobre la madera y envolviéndola con suavidad—. Vine a este país buscando estabilidad, pero aquí he encontrado algo mucho más valioso. No tengo prisa si el camino lo recorro contigo.
Mientras las palabras de Nicolás quedaban suspendidas en la brisa de la tarde, desde el porche de la casa principal, la voz de Don Federico resonó llamando a los peones. La pausa se rompió, pero la complicidad entre ambos quedó sellada con una mirada cargada de promesa.
Capítulo 9: Confidencias entre las sombras del cobertizo
Al otro lado de la hacienda, lejos de la vista principal de la casa, el viejo cobertizo de maquinaria ofrecía un refugio silencioso. El olor a aceite de motor, madera antigua y metal dominaba el ambiente. Allí, Mateo examinaba con minuciosidad las piezas de un tractor que requería mantenimiento preventivo.
Mateo no era hombre de muchas palabras. Su mente, analítica y estructurada, prefería la lógica de los engranajes antes que la volatilidad de las emociones humanas. Sin embargo, la presencia de Giselle en su vida había desmantelado metódicamente cada una de sus barreras.
Giselle entró al cobertizo en silencio, trayendo consigo una jarra de limonada fresca. Observó durante unos segundos la postura concentrada de su primo, admirando la determinación con la que asumía cada responsabilidad en la finca.
—Traigo algo para combatir el calor —anunció con voz suave, colocando la jarra sobre un banco de trabajo.
Mateo levantó la mirada y dejó la llave inglesa a un lado. Al verla, la dureza de su semblante se suavizó al instante.
—Gracias, Giselle. No debiste molestarte.
—No es ninguna molestia —dijo ella, acercándose a los planos de distribución de cultivos que Mateo tenía desplegados sobre una mesa lateral—. Me gusta verte trabajar. Hay una tranquilidad en ti que siempre me ha llamado la atención.
Mateo se limpió las manos con un trapo y dio un paso hacia ella. La cercanía entre ambos hizo que el aire del cobertizo se sintiera denso y electrizante.
—No siempre estoy tranquilo, Giselle —admitió él con voz grave y baja—. Especialmente cuando estás cerca. Lucho todos los días por mantener la cabeza fría y no olvidar la posición que ocupo en esta casa, pero a veces el intelecto no es suficiente para contener lo que siento.
Giselle lo miró a los ojos, sin dar un solo paso atrás. En su mirada no había duda, sino la valentía de quien ha comprendido la naturaleza de sus sentimientos.
—No tienes que contenerte conmigo, Mateo. No somos los mismos niños de antes. Lo que ha crecido entre nosotros es real, y no voy a dejar que los temores familiares nos hagan actuar como si esto fuera un error.
Mateo la contempló en silencio durante un largo momento, sorprendido por la firmeza de la hermana mediana. Extendió la mano con delicadeza y retiró un mechón de cabello del rostro de la joven, sintiendo el calor de su piel.
—Eres más valiente que yo —susurró Mateo—. Pero prometo estar a la altura de tu valentía. Pase lo que pase con la finca o con la familia, mi lealtad está contigo.
Capítulo 10: Promesas en la verja limítrofe
Mientras el sol comenzaba su descenso hacia el horizonte, tiñendo el cielo con tonos violeta y naranja, Angelina caminaba a paso ligero hacia el lindero oeste de la finca. Era el punto donde los campos de Los Olivos se encontraban con las tierras de la familia de Johan.