Capítulo 12: La feria de San Isidro y los incendios del corazón
El aire de finales de mayo en la meseta madrileña traía consigo el aroma dulzón de las jaras en flor, el polvo seco de los caminos de servidumbre y el anuncio inequívoco de las festividades patronales. Para la Finca Los Olivos, la llegada de la Feria de San Isidro no era simplemente una fecha marcada en el calendario litúrgico o una pausa festiva en el calendario agrícola; representaba el escaparate más importante del año para la exhibición y venta del ganado bovino, la manteca curada y los quesos artesanales que Doña Marbella y sus tres hijas elaboraban con celo casi sagrado.
Desde las cuatro de la madrugada, las luces de la cocina principal parpadeaban como luciérnagas obstinadas en medio de la penumbra del campo. Doña Marbella, ajustándose el mantón de manila sobre los hombros con movimientos precisos y metódicos, supervisaba el empaquetado de las cestas de mimbre mientras Don Federico, con su sombrero de ala ancha calado hasta las cejas y la tabla de madera de los albaranes bajo el brazo, daba órdenes con voz cavernosa en el patio central.
Aitana, la mayor de las hermanas, ajustaba los cinchos del remolque con la agilidad que da la costumbre. Sus manos, firmes y acostumbradas a la rudeza del cordaje, trabajaban con una precisión quirúrgica, aunque su mirada se desviaba instintivamente hacia la entrada de los establos principales cada vez que el crujido de las bisagras metálicas interrumpía el murmullo de la noche que moría.
Fue entonces cuando Nicolás emergió de las sombras del establo conducía a Bravío, el semental de raza cárdena que constituía el orgullo genético de la granja. El joven venezolano vestía para la ocasión: una camisa blanca impecable, ligeramente remangada en los antebrazos, pantalones oscuros de corte recio y unas botas de cuero recién engrasadas. A sus diecinueve años, el contraste entre su tez morena, curtida por el sol caribeño de su infancia y pulida por el rigor del verano madrileño, y su porte erguido, le otorgaba una presencia imponente. El ajuste de su pantalón revelaba la robustez de sus muslos y la marcada virilidad de su anatomía, un detalle que no pasaba desapercibido y que transmitía un vigor indomable, una fuerza telúrica que parecía contagiar al propio animal que guiaba de la briza.
Al cruzar la mirada con Aitana, Nicolás detuvo el paso por una fracción de segundo. La luz amarilla de la linterna de kerosene suspendida del poste del porche iluminó sus facciones esculpidas: la mandíbula marcada, los labios carnosos curvados en una sonrisa atenuada por el respeto hacia los patrones y unos ojos oscuros que brillaban con una intensidad abrasadora.
—Todo el ganado está listo para el embarque, Aitana —dijo él, con esa voz profunda, abarritonada y cadenciosa que poseía el matiz terso de las tierras llaneras de donde provenía—. Bravío ha estado inquieto toda la noche, pero ya se ha calmado. Sabe que hoy es su día de gloria.
Aitana sintió una vibración sutil recorriéndole la espina dorsal. Se acercó al costado del remolque, dejando que la sombra del vehículo la resguardara de la vista directa de su padre, quien en ese instante discutía con un comprador al otro lado del patio.
—Has hecho un trabajo extraordinario con el semental, Nicolás —respondió ella en un susurro, pasando los dedos rozando deliberadamente el cuero de la brida que él sostenía, permitiendo que las puntas de sus dedos tocaran la piel cálida de la mano del muchacho—. Mi padre estaba convencido de que el animal no se dejaría domar antes de la feria. No sabe que tienes un don especial para calmar lo que parece indomable.
Nicolás la miró a los ojos, acortando la distancia entre ambos hasta que Aitana pudo percibir el calor que emanaba de su pecho y el aroma varonil a jabón de tierra, heno fresco y cuero que lo caracterizaba.
—No es un don, Aitana —murmuró el joven, bajando la voz hasta convertirla en una caricia sonora—. Es la motivación. En este lugar hay cosas por las que vale la pena luchar contra cualquier fuerza, por feroz que sea. Y tú lo sabes.
El contacto visual entre ambos se volvió sofocante, cargado de un deseo retenido durante meses bajo las miradas vigilantes de Doña Marbella y el escrutinio severo de Don Federico. Aitana contuvo el aliento, sintiendo cómo el pulso le martilleaba en las sienes. Deseaba acortar los últimos centímetros que los separaban, sentir la firmeza de esos brazos rodeándole la cintura y la presión impetuosa de ese cuerpo viril contra el suyo; pero el silbato de Don Federico cortó la penumbra como un latigazo.
—¡Aitana! ¡Nicolás! ¡Suban esas últimas jaulas al camión antes de que el sol nos alcance en el puerto! —bramó el patriarca desde el portón.
Aitana dio un paso atrás de inmediato, recobrando la compostura con el rostro encendido por el rubor, mientras Nicolás asentía con gravedad profesional, reteniendo la sonrisa y volviendo a tensionar la brida del toro con una soltura que revelaba el dominio absoluto de su propia fuerza.
En el piso superior de la vivienda principal, frente al espejo de marco de caoba tallada de la alcoba compartida, Giselle terminaba de abrocharse los botones del corpiño de su vestido tradicional. La hermana mediana, de diecinueve años, poseía una belleza distinta, introspectiva y profunda: su piel era fina como el encaje de bolillos y sus ojos verdes, claros y expresivos, reflejaban la vorágine de un intelecto que nunca descansaba.
Junto a la ventana, apoyado contra el marco de madera crujiente, Mateo la observaba en un silencio tenso. El primo de las hermanas vestía una chaqueta de pana fina sobre una camisa de lino claro. Su rostro de facciones simétricas, la palidez aristocrática de su piel y la anchura de sus hombros le conferían el aspecto de un académico atrapado en el cuerpo de un trabajador del campo. Mateo no solo era el encargado de la contabilidad y los planos topográficos de Los Olivos; era un hombre dotado de una inteligencia privilegiada, cuya frialdad analítica solo se desmoronaba ante la presencia de Giselle.