Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 2: Espejos en la madrugada.

Dimitri se encuentra rodeado de cuentas y del dinero que solo podría tener en la vida a través del robo. A causa de la situación del país, esa cantidad de capital no vale nada, pero ¿a quién le importa el mundo cuando se trata de sobrevivir?

Las cuentas son precisas, aunque eso no significa que la mente del hombre esté concentrada por completo en su trabajo. Utiliza un pequeño porcentaje de su cerebro para escapar de su realidad; se pasa el tiempo divagando entre las pesadillas que ya son frecuentes cada dos noches, y teme que se vuelvan diarias.

Uno de sus tantos clientes este día es una señora mayor que se ve demacrada. No se nota que la edad sea la única causa de su apariencia; tiene ojeras muy marcadas y arrugas; sus ojos, entrecerrados e hinchados, indican que ha estado llorando; sus manos son delgadas y su piel, flácida.

Vino a retirar sus ahorros para el pago de abogados; según lo poco que mencionó, han encarcelado a su nieto de manera injusta.

En tiempos de crisis, esa palabra —injusticia— puede llegar a desgastarse mucho. A pesar de ser un hombre apático, siente compasión y lástima por esa mujer. Al ver que el dinero que posee, en el que pone sus esperanzas, es muy poco, ella, aun así, está dispuesta a dárselo por amor.

Hace tiempo que Dimitri no siente algo tan grande por alguien, que lo haga actuar de forma impulsiva, sin razonamiento. Él sabe que ese efectivo no servirá de mucho para ayudar al nieto; esa mujer se perderá entre las manos del estafador de turno que contraten, o, en un caso más bizarro, pero no imposible, quizás su nieto o toda su familia se aprovechen de la edad de la señora para quitarle lo que tiene. De seguro piensan: "Ya casi se le termina el poco tiempo de vida, nada va a hacer con ese dinero. No lo necesita; quitémosle lo que le queda y encerrémosla en un asilo", o tal vez eso solo sea un pensamiento suyo.

De todas maneras, una vez que entrega el efectivo, al salir de esas puertas, ya no es su asunto. Termina de trabajar y se marcha a su casa; la oscuridad ya ha cubierto la ciudad. Toma el metro de regreso y sigue su camino ya establecido.

A unas cuadras de llegar, a la vuelta de una esquina, se escuchan voces; parece una discusión que se calienta cada vez más, ya que las palabras se convierten en gritos. El detonante ocurre cuando empiezan a sonar disparos, señal para que Dimitri apresure el paso y se aleje de la disputa. Llega rápidamente y se encierra en su hogar, ignorando los problemas de la calle.

Come comida recalentada y abre una cerveza —lo que nunca falta en su nevera— y se sienta a escuchar programas de cualquier cosa que pasan por la radio vieja. Termina apagando el aparato después de unos minutos; todo lo que se anuncia se encuentra igualmente limitado y controlado. Se toma otras dos botellas y se va a dormir. Esta noche no se preocupa por sus extrañas pesadillas. Luego de cómo le fue en el día, quiere explorar en sus sueños, ya que eso es lo único que se escapa de su monotonía. Piensa que por lo menos quiere sacarles algo de provecho.

Como una droga, apenas toca la cama, queda atrapado en un profundo sueño. La víctima de hoy aparenta ser una chica joven; ella se encuentra en posición fetal, llorando en el baño. Por esta vez, Dimitri no comparte los ojos de la persona que va a morir; él puede verla como si estuviera a su lado, pero ella no nota su presencia, como un fantasma.

Al detallarla, puede apreciar que todo su cuerpo está lleno de marcas, moretones, hematomas y otras múltiples heridas. De repente, se escuchan pasos pesados, como golpes en el suelo. Se manifiesta la voz gruesa de un hombre gritando; no se sabe qué es lo que dice, pero es más que evidente el enojo que lo envuelve, y a la chica le aterra. Se enrolla más y esconde su cabeza entre sus manos.

Se oyen golpes fuertes y repetitivos en la puerta; el hombre en el otro lado no parece importarle que pueda romperla. La chica grita y chilla, tratando de hacerse cada vez más pequeña en esa posición. Las bisagras empiezan a fallar y Dimitri ve con horror aquella escena. Él jamás tuvo una mujer, tal vez un par de amantes, pero nunca una relación seria; y en ninguna de ellas se le pasó por la mente ser tan cobarde como para maltratarlas. Eso no lo haría más hombre.

Al final, sucede lo peor. La puerta se colapsa y aquel infeliz se abalanza sobre la pobre chica como un animal salvaje. Comienza a golpearla brutalmente; la joven recibe la oleada de golpes con sufrimiento. A pesar de ser algo difícil de ver, Dimitri no aparta la mirada. Esto hace que note que cuando la mujer es golpeada, se queja cada vez menos. Su expresión pasa de dolor por el impacto a unos ojos pesados, como si se estuviera quedando dormida.

La bestia, aquella, ya tiene las manos manchadas y la cara salpicada de sangre de la chica. Al terminar, se separa del cuerpo inerte y se recuesta contra la pared del baño. En un drástico cambio de emociones, el hombre mira sus manos, ya no cegado por la ira, y cae en la razón de lo injustificable que ha hecho. Ahora es él quien empieza a gritar, negándose a sí mismo lo sucedido.

Dimitri deja de mirar a aquella inmundicia humana y se concentra en la chica, que, viéndola bien, es una niña. Para él, no debe tener mucha edad y el sentimiento de lástima y pena llena su pecho. Ya no se mueve, ya no respira, tiene el labio partido, al igual que la nariz, y la cara negra, con tres veces su tamaño por los morados y la hinchazón. Alrededor de su cuerpo, dispersadas por todas partes, se pueden ver pastillas blancas en poca cantidad, junto con... Eso sí que le revuelve el estómago: medicamentos para interrumpir un embarazo. El ruso no es el único que lo nota, porque el hombre responsable de esta barbaridad se acerca al cuerpo y empieza a ver todo aquello.




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