Se alcanza a escuchar cuando el auto de fuga se enciende y escapan. Es justo en ese momento cuando se despierta. Esta vez no tiene la parálisis del sueño, pero sí suda frío y se siente agitado. Observa a su alrededor y sigue en el transporte; algunos pasajeros ya están despiertos, incluido su compañero a un lado.
Tarda varios minutos en recapitular todo lo que ha visto. Inició este viaje con la intención de desmentir y despejar una duda que lo consumía, que era confirmar que lo que soñaba eran solo eso, sueños. Y ahora, más que nunca, desea que toda esta situación se convierta en una pérdida de tiempo, así su mente podría descansar de un problema menos. Porque, en el peor de los casos, si llegara a averiguar que lo que sueña sucede en el mundo real, su mente colapsaría. Solo el pensamiento le aterra. No puede ni imaginar lo que significaría si llegara a suceder, por mera suposición.
Relaja su respiración y deja que su mano se libere de la tensión con la que sujeta el borde de la silla, que debió tomar al estar dormido. Se acomoda en su asiento, se endereza y, como no tiene nada mejor que hacer que seguir esperando, retoma la lectura. Pero a los pocos segundos, se da cuenta de que su concentración no está en el libro, sino que no deja de pensar en su sueño.
Los minutos se hacen más largos al estar solo contemplando el paisaje a través del cristal. Recibe una señal proveniente de su estómago, por lo acostumbrado que está a comer a una hora específica del día; ya le anuncia que se ha pasado de tiempo. Revisa en su bolso y lo poco que trajo para amortiguar su hambre antes de llegar a su destino es un trozo de pan y una botella de té que aún se mantiene caliente. Eso es todo lo que consume y vuelve a concentrarse en el viaje; no falta mucho para llegar. El sol ya se está poniendo, lo que significa que su investigación comenzará mañana, pues lo único que le queda por hacer al estar ahí es buscar dónde pasar la noche.
Cuando por fin llegan al destino, todo el mundo baja del vehículo. Al salir, Dimitri lo primero que hace es estirar su cuerpo para liberar la tensión. Tiene algunas partes entumecidas de tanto tiempo sentado. Carga su maleta y recorre las calles, observando si hay algún lugar donde pueda quedarse una noche.
Encuentra un motel, no muy ostentoso ni completo, por lo tanto, barato. No iba a exigir gran cosa, solo sería por una noche; además, no es muy diferente a cómo duerme en su propia casa. Paga por su habitación y, al entrar en la que le corresponde, se sienta al borde de la cama, dejando su maleta al lado de la misma. Saca la libreta donde ha anotado el número de matrícula que vino a buscar; en el silencio de esa habitación, un hombre cuya vida se ha tornado en adrenalina, temor y suspenso, lo que a su juicio es una aventura en busca de respuestas.
Al principio no se quejaba de su estilo de vida; le parece excelente tener algo fijo que hacer, sin penurias, sin sorpresas; para él, estas eran desagradables. No se preocupaba por resolver nada, ya que todo estaba cubierto, y si quería divertirse, tenía los fines de semana libres. Cuando uno es joven, suele pensar de esta manera; sin embargo, con el paso del tiempo, comenzó a incomodarse por realizar las mismas actividades de lunes a viernes. Pero eso no le afectaba tanto; se reponía diciéndose que tenía que hacerlo, que debía hacerse responsable de algo en la vida, que ese era su papel, y así ser alguien de provecho en la sociedad.
Continuó así, hasta que la farsa dejó de ser suficiente para seguir fingiendo que hacer su trabajo marcaba la diferencia. Ya no le motivaba; el paso de los años le mostró, con experiencias propias y ajenas, que en realidad nada importa. Nada de lo que hagas altera al mundo; todo cambio, grande o pequeño, con el tiempo no quedará huella ni recuerdo de lo que fue.
El resto es historia. Busca en qué despejar su mente y no seguir el patrón de recordar lo poco que ha hecho por sí mismo en la vida; incluso eso era rutina. Mira a su alrededor en la habitación donde se encuentra; no hay nada que pueda usar para liberar el estrés. Vuelve a notar la libreta en sus manos y, con un lápiz, comienza a anotar los pocos detalles que aún no se le han borrado de su sueño. No son relevantes, pero le ayudan en algo, porque al pasar los minutos entre recuerdos y escribir, sumado al cansancio del viaje, el sueño lo alcanza y se queda dormido con facilidad.
A la mañana siguiente, muy temprano, parte hacia su objetivo. Va a la estación de policía preguntando por el accidente y el paradero del coche. Tiene la coartada de ser un pariente; dudan un poco, pero finalmente le dan la dirección de donde está el auto. También le indican cómo llegar a la morgue para que pase a "identificar" los cuerpos. El plan se centra en la matrícula; lo demás podría utilizarlo más adelante, aunque le da muchas vueltas al asunto, pues con el auto es suficiente para acabar con las dudas y el suplicio.
Se dirige a la dirección que le han indicado, un depósito de chatarra donde destruyen autos viejos e inservibles, como le dijeron. La policía lo ha dejado ahí, ya que el caso quedó registrado como un desafortunado accidente, algo que le puede pasar a cualquiera en una situación similar. Por las condiciones, algo así podría ocurrir; lógico, pero no predecible. Sigue el camino hasta el lugar, con la esperanza de que aún no lo hayan destruido y comprimido.
Cuando llega, observa demasiados carros de diferentes tipos y tamaños. Si estuvieran en buen estado, sería una excelente exhibición. Antes de sumergirse en una búsqueda que podría durar horas por el gran territorio de autos en fila, se dirige directamente al encargado o a alguien que tenga la mínima idea de dónde provienen los coches que están ahí. Le pregunta al jefe de la grúa de imán, un hombre canoso con el gesto torcido.
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Editado: 31.08.2026