Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 6: La morgue.

ensuciándose de tierra. No le importa; la recoge y, a pesar de su pulso disfuncional, la limpia para verificar que no haya ningún error. Su vista va desenfrenada de la nota a la matrícula y viceversa. Sus palmas, al igual que su frente, están cubiertas de sudor frío. Siente que le falta el aire, así que retrocede apoyándose contra un auto cercano. Desciende de golpe al suelo, cubriéndose el rostro y luego la cabeza con las manos. No termina de asimilar lo que está pasando justo ahora frente a él, lo que se ha revelado.

Se agita y, por el poco ruido que acaba de hacer, el hombre que trabaja en el auto se asoma por curiosidad para ver qué puede estar sucediendo. Al ver a Dimitri en el suelo, se asombra de la expresión de espanto y nerviosismo en su rostro.

— Oye, amigo, ¿estás bien? Eres más pálido que la nieve —observa, pero no recibe respuesta, ya que las palabras no salen de la boca de Dimitri por el nudo asfixiante en su garganta. Lo único que hace, después de escuchar al hombre, es levantarse de manera torpe y salir corriendo del lugar.

Se detiene a reposar en una esquina, se recuesta contra la pared para aliviar su respiración, se limpia el sudor de la frente e inhala profundamente. Más intranquilo no puede estar; aún no se explica cómo esto es posible y está sucediendo frente a él. Con el golpe de información, tras tantas preguntas, una nueva incógnita lo invade: si pudo ver el mismo tipo de auto en su sueño, ¿los rostros de todas las personas que ha visto también corresponden a seres reales?

Recuerda de pronto que en la estación de policía le dieron la dirección de la morgue a la que enviaron los cuerpos de la familia víctima. El pensamiento lo aterra; no imagina su propia reacción cuando llegue el momento. Al ver el auto, está como ahora; no puede medir el impacto al ver los cadáveres con las mismas caras que soñó. "La curiosidad mató al gato... pero murió sabiendo." No puede ignorar el impulso de las dudas. Alterado por todas las revelaciones, decide que lo mejor es salir de eso de una vez y, así pensando, se dirige a la morgue.

En la entrada del lugar, se congela. Cada paso se vuelve pesado, reflejando su reticencia a entrar. Llega hasta la recepcionista.

— Bueno, vengo para identificar los cuerpos de una familia recién ingresada —dice, fabricando una pequeña mentira piadosa, mientras le entrega el papel que le han dado en la comisaría, que, si bien no es un permiso como tal, es un comprobante de la petición de un "familiar".

— Voy a revisar —le indica. Se levanta y va hacia unas gavetas llenas de carpetas archivadas, hasta que consigue un caso que coincide—. Ah, sí, una familia entera; ingresaron anoche: un padre, una madre y dos pequeñas. Lo siento mucho —le da sus condolencias y señala en una dirección—. Siga por el pasillo, a la derecha; tercera puerta. Pregúntele al forense por la familia Ivanov, y él le mostrará dónde están para que los identifique.

Dimitri sigue las indicaciones. Cuando entra a la habitación, el doctor lo mira extraño por haber entrado sin tocar, pero no le presta demasiada atención y lo recibe.

— Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? —se le acerca y le da el papel que le ha entregado la mujer de la recepción, mientras se presenta.

— Soy pariente de esta familia, he venido para poder identificarlos —finge un tono de incomodidad y pena, tratando de hacer creíble su sensibilidad por la pérdida.

— Oh, claro —se da la vuelta y procede a abrir las compuertas de las cámaras de frío, dejando al descubierto cuatro en total—. Estos son —dice, apartándose y continuando con el cuerpo que ya estaba revisando antes de que él llegara. Cada movimiento mientras se acerca al cadáver del padre resulta dudoso y lleno de temor. Para el forense, esta es una reacción lógica: la pérdida de un ser querido provoca angustia, pero Dimitri siente terror por razones muy diferentes.

Al estar al lado del cuerpo, su cara palidece, haciendo competencia con la tez del difunto. Era el mismo hombre que vio aterrorizado mientras se hundía hacia su muerte. Se queda estático en su lugar, respirando como si algo le tapara la nariz. Su pulso sobresaltado solo aumenta la desesperación del momento. No puede gritar, por más que intenta hacer que alguna palabra salga de su boca. Reúne coraje para ver el rostro de la mujer, y, al final, no quiere ver a las niñas. Toca su pecho, sintiendo su corazón latir con fuerza; está sudando frío y su pulso tiembla.

De pronto, y trayéndolo de nuevo a la realidad, el forense se acerca a él tocando su hombro.

— Sé que tiene que ser duro. Le sugiero que salga a tomar un poco de aire; se ve muy agitado —recomienda el médico.

Dimitri acepta la sugerencia y sale de aquel lugar casi tropezando con todo, apoyándose en las paredes para no caerse. La impresión en él es muy fuerte, pero, en realidad, lo está tomando mejor que la mayoría. ¿Cuántas personas, sin haber pasado por lo que él ha vivido, no entrarían en pánico al enterarse de esto?

Divaga por las calles, caminando sin rumbo, como siempre ha hecho, en automático, dejando que su subconsciente lo lleve lo más lejos posible de ese lugar. Cuando recupera los sentidos y se concentra en mirar a su alrededor, concluye que se encuentra perdido; ya no parece estar en el centro de la ciudad y, como no conoce nada de por ahí, se guía para volver preguntando a las personas en la calle.

Cuando regresa al motel, solo tiene pan y cerveza para comer en ese lugar, y con eso se sacia, lo poco que puede ingerir con el nudo en el estómago. Ya no le quedan más excusas. Ha visto el auto, los cuerpos de aquellas personas en su pesadilla. Ha confirmado un temor enorme: sus sueños son visiones de muertes reales. Vienen a su memoria todos los detalles que ha visto antes de esta confirmación, toda esa mortalidad a su alrededor y en su mente.




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