El ambiente está como siempre: nublado, sin rayos del sol asomándose entre las nubes. Sin embargo, se siente diferente; el cielo se escurría sobre la tierra, humedeciéndola y ablandándola. Una reunión de paraguas negros se agrupa alrededor de una lápida cubierta, repleta de flores.
Todos presentan sus condolencias a los familiares de Alexey y, tras velarlo, cada uno de ellos regresa a casa para continuar con sus vidas, aunque con el recordatorio de que la existencia no dura para siempre. El único que se queda un poco más es Dimitri, quien observa la tumba como si esperara que algo sucediera, que su amigo se levantara y dijera que todo ha sido una broma. Pero sabe que eso no va a ocurrir; tanto su sueño como lo que está frente a él son reales.
Este pensamiento le ofrece un nuevo horizonte de realidad; comprende la magnitud de lo que implica poseer este don, o maldición, aunque no lo controle. Le golpeó con fuerza al descubrir que lo que veía no era una ilusión. Pensó que no era su culpa, aún lo piensa, y ahora sabe que hay personas en su vida que realmente le importan. No una familia, mujer o hijos, sino que sus amigos son el apoyo más cercano que ha tenido, y acaba de perder a uno.
En su mente, es consciente de que no pudo hacer nada para impedirlo, pero también siente que, en ese lugar, en esos momentos, hay un caos latente. Se convence, de manera terca, de que podría haber intentado algo, en lugar de quedarse en el lugar que le han dado como espectador. Podría incluso haberse plantado frente al hombre; quizás no lo hubiera visto, pero su mente lo engaña, haciéndole creer que algo podría haber sucedido, como un milagro.
Más tarde ese día, recibe por correo una comunicación del gobierno respecto a la pérdida de sus colegas y de su trabajo, una forma de salir del asunto con la cabeza en alto. En realidad, a ninguno de esos funcionarios les importan sus difuntos compañeros, excepto a sus propios familiares. Nadie tiene la culpa de lo que pasó; solo los asaltantes son responsables. Ya tenían el dinero; no debieron matar a todas esas personas.
Deja el sobre con el efectivo sobre la mesa; la verdad es que no le importa. Enciende la radio, aunque quizás no haya nada interesante que escuchar, vale la pena intentarlo. Solo encuentra noticias sobre el avance del gobierno, después de las devastadoras pérdidas materiales y humanas tras la guerra. Dicen lamentarse por todo, pero tienen la mirada puesta en el futuro, con la ideología de un imperio socialista en construcción. Aseguran que la nueva administración logrará sacar al país del estado de nación atrasada en el que hemos caído y que nos levantaremos para ser más prósperos.
Todo eso son un montón de patrañas; en boca de imbéciles, cualquier mosca entra. No faltarán quienes apoyen con fervor a estos cabrones, muchos sin opción o solo por miedo, pero también hay subnormales lameculos que de verdad piensan que saldremos adelante con este sistema.
Las noticias son interrumpidas por un llamado a la puerta. Reconoce la voz de su amigo Mijaíl y se levanta para abrirle. Este se encuentra de pie en el umbral, con la misma ropa que vestía en el funeral.
—Hola, te fuiste del cementerio; pensé que nos acompañarías —menciona, ya que tenían planeado una reunión para comer después del entierro.
—Sí, lo siento. Me quedé un rato más en la tumba. Nos separamos, así que decidí regresar a casa —explica de manera vaga; la verdad es que no quería seguir rodeado de personas con tantas cosas en la cabeza.
—¿Puedo? —pregunta antes de entrar a la casa.
—Oh, sí, sí, claro; adelante —se disculpa por su falta de cortesía. Él pasa, se quita los zapatos y lo invita a sentarse en la sala, donde estaba viendo las noticias—. ¿Agua?
—Sí, gracias —responde, mientras se sienta a su lado—. Ten, te traje algo que creo que hace tiempo no pruebas —le entrega un pequeño paquete con varios sobres de té. Antes tomaba mucho de eso, pero hubo un momento en que lo dejó de lado, sustituyéndolo por café y cerveza.
—Gracias, prepararé un poco —responde Dimitri, dirigiéndose a la cocina para hervir agua en una tetera. Retoma la conversación—. Y cuéntame, ¿a qué se debe tu visita? No creo que haya sido solo para traerme té.
—Claro que no, también vine a informarte de una reunión de amigos —siempre agradece que le hablen con franqueza, aunque debe admitir que la invitación le ha sorprendido—. Queremos hacerle un homenaje a Alexey, como recordatorio —explica—. Él era el que tenía la iniciativa.
—Sí, es cierto. ¿La misma hora en el lugar de siempre?
—Ya lo sabes —confirma. Dimitri llega en pocos minutos con una bandeja en las manos, trayendo la tetera, tazas, miel y la caja con bolsitas de té—. Y cuéntame, ¿cómo vas con el asunto de tus pesadillas? —Casi se ahoga con el té caliente al escuchar esa pregunta, y Mijaíl lo nota—. Parece que toqué un tema sensible. ¿Está todo bien?
—Sí, claro; no es nada, solo he estado presentando esa situación más a menudo.
—¿Y qué has hecho al respecto? —pregunta, e inmediatamente sabe que tiene más de lo que puede contar. Sin embargo, nada mejoró; saber más complicó la forma en que veía la vida antes.
—Aún no he encontrado ningún patrón que me dé un indicio —no tiene reparo en mentir; lo último que necesita es que lo encierren con una camisa de fuerza y que se alejen las pocas personas que aprecia de su corto círculo social.
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Editado: 31.08.2026