Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 9: La consulta.

En el diario no tiene mucha suerte encontrando empleo. En la mayoría no posee el conocimiento o la experiencia necesaria. Surge en su mente una idea, inspirada en el recuerdo fugaz de sus primeros años de trabajo, metiendo solicitudes en todas partes y yendo a entrevistas con gran competencia por el puesto. Descarta la idea de volver a hacer eso; si lo intentara, tendría un currículum más lleno y profesional que al inicio. Además, ahora cuenta con la experiencia. Pero trata de no imaginarse muchas cosas; a veces, lo que buscan es carne fresca, ingenua y desesperada para sacarle su energía, y como la situación está difícil, no les queda de otra que quedarse callados si los explotan.

Después de minutos leyendo, no consigue nada que llame su atención o que le sirva. Se sienta a escuchar la radio como último recurso, pero casi siempre las emisoras son una decepción. Se recuesta, convirtiendo el eco de las noticias en ruido blanco, mirando a su alrededor. Su sala aún no llega a ser un depósito de basura, pero sí está un poco descuidada.

Se levanta decidido a limpiar para armonizar la casa y usar esas energías acumuladas que antes empleaba en el trabajo. Va al cobertizo, donde tiene guardadas las escobas y otros utensilios. Lo primero que hace es recoger algunos adornos de los estantes y apartarlos para que no se caigan. Prosigue a sacudir la superficie, dejando caer todo el polvo y la suciedad al suelo, y finaliza barriendo y colocando los objetos limpios en su lugar.

Al terminar, observa orgulloso su trabajo, sintiendo cómo el ambiente se despeja. El aseo lo deja algo cansado, así que se da un baño rápido para quitarse el sudor y se recuerda de nuevo en la sala, que ahora está más ordenada y tiene suficiente ánimo como para buscar entre más canales, en lugar de dejar los tres más comunes que suele ver.

Consigue algo más o menos digno de escuchar, una instrucción de modelos nuevos introducidos, al país, y pasa el resto de las horas de la tarde escuchando sobre vehículos que seguro nunca llegara a conducir. Como es habitual, no reconoce cuando se queda dormido, y el subconsciente empieza a trabajar. Está consciente de que es otro de sus sueños; es dueño completo de su movimiento y pensamiento. Al mirar a su alrededor, identifica que se encuentra en la sala de una casa, la cual está llena de adornos, jarrones y demás.

Escucha murmullos que provienen de lo que parece ser la cocina. De allí sale una mujer de mediana edad con una charola. Sobre ella hay un pan que se enrolla formando una luna creciente, un trozo de mantequilla con un cuchillo para untar al lado y una taza de café con leche. Se dirige a encender la radio sin soltar la bandeja, manipula la perilla para sintonizar la estación correcta, pero solo recibe estática.

Después de intentar con varias emisoras, chaquea el aparato, y descubre que el compartimiento de las baterías está abierto y vacío. Se agachar para revisar el suelo a ver si las encuentra, y hasta este punto del sueño, a Dimitri le parece todo normal. No puede predecir un posible peligro de muerte a plena vista, pero no se confía; ya aprendió eso en la ocasión del banco. Su maldición no lo decepciona, y no tiene que esperar mucho; ve que, al volver a recargar la radio, al estar encendido en el más alto volumen, hace que expulse gritos desgarradores de una frecuencia no registrada. Esto hace que la mujer dé un salto por la impresión y el susto, hasta el soñador fue tomado por sorpresa por el horrendo alarido, y la victima termina tirando la charola por los aires. Todo sucede muy rápido; retrocede, tropezando con sus pies y cayendo en el sofá frente al lado de la radio. Lo siguiente que ocurre es que los objetos que lanzó caen de regreso.

Su primer instinto es cubrirse, pero esto le impide reaccionar. Cuando el cuchillo aterriza detrás de su cabeza, lo hace con suficiente velocidad, fuerza; a pesar del poco filo, termina provocando un impacto ceso en la nuca, acabando con su vida en cuestión de segundos.

En esta ocasión, lo que alarma, igual o más que despertar de forma abrupta, es que la última imagen que su cerebro capturó del sueño fue la posición en la que terminó la víctima, idéntica a la que él adoptó al dormir. Su cabeza, en su actual estado, puede ser perturbada con facilidad, así que se levanta de inmediato y camina por toda la casa, haciendo ejercicio y manteniéndose en movimiento para evitar quedar estático en un solo lugar.

Los días pasan volando desde esa visión. Ha tenido otras, pero las ha olvidado rápidamente. Así llegamos al sábado y parte temprano a la primera sesión. Camina en dirección a la estación para tomar el bus. Tiene varios minutos de anticipación, pero prefiere esperar a perder la cita. Tal como estaba previsto, llega antes y tiene que aguardar a que se haga la hora, aunque no falta mucho.

—Buenas tardes, Sr. Volkov. Tome asiento, por favor —lo recibe y le invita a sentarse. Dimitri se acomoda en el sofá de aquel cuarto, mientras el doctor camina para colocarse frente a él—. ¿Gusta algo de beber?

—No, gracias —le responde, observando sobre la mesa que los divide un pequeño recipiente de caramelos y una jarra de agua, sin vasos.

—De acuerdo, empecemos conociendo un poco más de su historia —comienza el interrogatorio—. Dígame, ¿cómo era su vida antes de que empezaran las inquietudes que tiene actualmente?

—Pues, pacífica, todo —a este tipo de preguntas, casi siempre se da una respuesta vaga, por no tener nada específico que resaltar.

—¿Para usted qué es lo normal? —sigue indagando.




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