Pasa una semana desde eso, hasta que llega el momento de otra sesión de terapia. Esta vez se ha llevado con él la libreta de los apuntes; tiene un total de siete sueños anotados, uno por cada día desde la última vez. Entra al consultorio y se sienta en el sofá.
‒ Buenos días ‒lo saluda el terapeuta‒. Comencemos; dígame, ¿cómo le fue esta semana?
‒ Pues, la verdad ha sido una semana muy tranquila.
‒ ¿Nada nuevo que mencionar?
‒ Pues, ocupé mi tiempo libre en aprender a cocinar y ordenar mi casa.
‒ Un cambio en el ambiente puede ser liberador ‒menciona con aprobación ante la iniciativa.
‒ Pero no sé; no se siente diferente ‒dice.
‒ ¿Creyó que se sentiría diferente? ‒indaga.
‒ En cierta parte ‒afirma‒. Esas cosas ayudaron a distraer mi mente por la falta de oficio, pero solo eso; no me dieron... ‒lo piensa un segundo‒ ¿tranquilidad? Sentí que solo las hacía por hacerlas, sin sentimiento.
‒ Puede que esas actividades no sean más que su simple definición: una distracción para evitar el problema real.
‒ ¿Y cuál sería el verdadero problema?
‒ Es lo que intentamos averiguar ‒explica‒. Hablemos de otros aspectos de su vida. Ya mencionó la fase adulta, pero ¿qué hay de cuando usted era niño? Cuénteme de su infancia ‒la petición deja a Dimitri algo frío; no es un tema fácil para él. Aunque no le faltó lo esencial para vivir, para él no es una época que quiera presumir.
‒ Yo nací y crecí en los suburbios. Mi padre era mecánico del ejército y mi madre una ama de casa; a veces se ganaba algo extra arreglando ropa de los demás ‒explica a la brevedad.
‒ ¿Cómo fue crecer en un ambiente así? ‒sigue indagando.
‒ Puede decirse que normal. No tenía muchas cosas, pero como dije, teníamos lo vital para vivir. La educación era difícil, por eso me hicieron abandonar los estudios cuando terminé la primaria; me trataron de educar en casa. Y mi padre me enseñaba de mecánica para que, aun sin estudios, supiera trabajar en algo.
‒ ¿Qué fue lo que pasó que no ejerció? ‒cada vez se va acercando más al punto, y con cada pregunta, Dimitri empieza a revivir una parte de su vida que quería olvidar.
‒ Hubo ciertos desacuerdos entre mi padre y yo, y un poco después de cumplir los 15, decidí independizarme.
‒ ¿Quiere hablar sobre la causa de la discusión? ‒no contesta, se muestra reacio a responder esa pregunta; el terapeuta lo nota y continúa‒. ¿Qué fue de usted después de eso?
‒ Cuando escapé, no tenía a dónde ir, pero sabía que tenía que ser a un lugar muy lejos. Recuerdo haber pasado mucho tiempo desorientado, yendo de un lado a otro como polizón en los trenes. Hasta que llegué a mi límite: estaba exhausto y me paré a descansar en medio de la nada. Pasó el tiempo y ese lugar lo convertí en mi hogar; vivía libre, cazando para sobrevivir, sin problemas con la sociedad ‒explica con notoria melancolía. Extraña tener tan pocas preocupaciones y ser autónomo, sin deberle nada a nadie. No tener que vivir de miserias, porque todo lo conseguía con sus propias manos. Las comodidades modernas hacen que nadie pueda creer que una vida así sea digna, porque cómoda no es; pero para él era liberador.
‒ Noto que extraña ser uno con la naturaleza. ¿Qué lo hizo dejar esa vida que usted aprecia tanto? ‒el terapeuta intenta, en su mente, juntar los hilos, y esta parte la asocia a un golpe consciente por la pérdida de algo que disfrutaba, que fue más impactante después de la decisión de alejarse por voluntad propia de su círculo familiar. Claro que estas son solo teorías, hipótesis de lo que en verdad pudo haber pasado.
‒ Creo que crecí; abandoné esa vida cuando pensé que podría encontrar algo más.
‒ ¿Y tenía razón? ‒abandonar algo que te hace feliz, por un posible nada, no le parece coherente al doctor; sabe que está exceptuando algo, pero le tiene que dar la oportunidad de que le tenga la confianza para decírselo.
‒ Supongo que sí; los cambios fueron muchos, pero me adapté y terminé pensando que pertenecía a algún lugar.
‒ ¿Nunca más intentó volver? ‒debe hacer algo en ese lugar que lo hizo dejarlo atrás; quizás, regresando, lo recuerde y recapacite sobre lo que ha sucedido.
‒ No; al principio me sentía demasiado cómodo. Después se sintió extraño ‒se dio por vencido a la idea de que podía recuperar esa vida.
‒ Quizás un viaje a través del tiempo sea beneficioso ‒sugiere.
‒ ¿Dice que visite mi refugio de la adolescencia? ‒le inquieta la idea, tanto por la curiosidad como por revivir ese capítulo.
‒ Hay etapas en nuestras vidas que preferimos dejar atrás, pero a veces es terapéutico recordar esos momentos del pasado para entender los tropiezos que nos frenan y avergüenzan, para poder avanzar en el presente ‒con estas palabras, la sesión termina, y Dimitri vuelve a su casa, con su mente hecha un manojo de ideas, más de lo normal.
Medita sobre lo que dijo el doctor y está dividido. Una parte de él sí quiere volver; lo que pasó fue hace muchos años y era muy joven. Ahora es un adulto y lo ha superado. Pero, por otro lado, tiene miedo de que esto, en vez de avanzar, sea un gran retroceso en todo lo que ha vivido después de eso.
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Editado: 21.09.2026