Se escucha el rechinar de una mecedora de madera. Una madre está sentada en ella, remendando un vestido azul, mientras su hijo corretea por los alrededores de la casa. Las ollas de la cocina suenan, avisando que la comida está lista. La mujer detiene su costura para atender y poder servir, luego llama a su hijo para que venga a comer, pero le pide que primero se lave las manos.
‒ Sí, madre ‒responde él, entrando a la casa y guardando un avión de juguete que su padre le ha construido con piezas de metal sobrantes. Se lava y seca las manos antes de sentarse a la mesa, y espera que su madre también lo haga para que ambos den las gracias. Comienzan a comer; el niño sopla su comida, ya que está caliente, pero no alcanzan a comer mucho cuando escuchan la puerta de la casa abrirse. El pequeño sabe lo que eso significa, así que deja el plato a un lado y se baja de la silla para correr a recibir a su padre.
‒ ¡Papá! ‒exclama, abalanzándose a abrazarlo, y el hombre lo recibe cargándolo.
‒ Hola, campeón, ¿cómo ha estado todo? ¿Has cuidado a tu madre? ‒pregunta.
‒ Sí, he patrullado todo el día, vigilando la zona ‒responde con orgullo, que se traduce en que se ha pasado el día jugando.
‒ Ese es mi capitán ‒mientras sigue cargando al niño, se dirige a la cocina para ver a su esposa‒. Hola, amor ‒la saluda con cariño.
‒ Hola, cariño ‒se dan un corto beso‒. ¿Cómo te fue? Hoy llegaste temprano.
‒ Todo sigue igual. Hoy es domingo, nos dejaron salir temprano. La mayoría de las cosas las tenemos adelantadas, llevamos buen ritmo ‒explica, mientras sienta a su hijo en la mesa para que siga comiendo y se lava las manos para sentarse a comer también. Su mujer ya le ha servido un plato bien cargado.
‒ Nosotros ya dimos las gracias ‒avisa el niño.
‒ Pues volvamos a hacerlo; nunca son suficientes los agradecimientos por un plato de comida en la mesa ‒vuelven a orar para incluir al padre y así todos disfrutan de un momento familiar frente a la mesa.
*
La madre se encuentra en la cocina, preparando un platillo especial. Su hijo y su esposo no están, pues ambos salieron. El primero a petición de ella, quien le permitió ir a jugar con los hijos de los vecinos; el segundo, como de costumbre, está trabajando.
El chico, junto a sus amigos, corre como un caballo y parece que nunca se les acaba la energía. Todos tienen juguetes de marca, muy coloridos, y presumen que son nuevos. El único que no cuenta con un juguete así es el pequeño Dimitri, que solo tiene un avión fabricado con piezas sobrantes que le ha dado su padre. Sin embargo, él no se avergüenza de su juguete, y sus amigos tampoco mencionan nada al respecto; de hecho, a algunos les gusta más que sea de metal, ya que lo hace sentir más real y no tan frágil.
Al llegar la tarde, los niños ven cómo un carro se acerca. Dimitri reconoce que es el auto de su padre, así que sale disparado a recibirlo, seguido de los demás. Espera a que se estacione y, cuando el hombre se baja del auto, su hijo se abalanza sobre él, quien lo recibe con un fuerte abrazo.
‒ Hola, ¿cómo ha estado todo el día? ‒el señor se ve cansado, tiene manchas de aceite de motor en la cara y aún más en la ropa. Sin embargo, no permite que su cansancio se refleje.
‒ He estado jugando con mis amigos. Mamá no ha querido que entre a la casa para no ver lo que está haciendo ‒explica el pequeño.
‒ Seguro que quiere que sea una sorpresa, al igual que yo con lo que te traje ‒al mencionar que le trae un regalo, a los ojos del niño les brillan llenos de emoción, como si de repente se le repondrían todas sus energías.
‒ ¿Qué es? ¿Qué es? ‒pregunta; entusiasmado, intentando arrebatarle el bolso a su padre para ver el contenido. Claro que el padre no se lo permite.
‒ No, no, tienes que ser paciente ‒y así lo baja‒. Ahora sigue jugando, yo te llamo cuando puedas entrar, ¿ok? Prométeme que no vas a espiar ‒él quiere asegurarse de que no se arruinen los planes que tiene.
‒ Ok ‒acepta, y aunque la curiosidad de un niño es incontrolable, por su padre aguantará un poco más.
Se va a jugar de nuevo con sus amigos. Pasan algunos minutos cuando el padre vuelve a salir de la casa, y desde el marco de la puerta principal lo llama. El niño corre hacia él. Pero el señor se queda viendo a los niños que se quedaron atrás.
‒ Dile, a tus amigos que, si pueden venir rápido a compartir contigo, están todos invitados ‒le propone. El hijo va y todos entran a la casa, donde ya los espera un pastel y una decoración mínima alrededor.
Todos observan cómo está decorado, pero se distraen de inmediato con el pastel al frente de ellos. Sin que se les dé ninguna indicación, se agrupan alrededor de la mesa, mientras el cumpleañero se sube a una silla para resaltar entre los demás. Cantan "Feliz cumpleaños", y cuando todos ya están sentados con sus respectivos trozos de pastel, el padre se acerca al hijo con las manos detrás de la espalda. Toca el hombro del niño y le entrega una caja envuelta en papel de regalo.
‒ ¡Muchas gracias! ¿Qué es? ‒pregunta, mientras rasga con impaciencia el envoltorio del obsequio. Al descubrir la caja de cartón y abrirla, sus ojos y su boca forman una expresión de sorpresa total. Mira a su padre, como preguntando: ¿es real? En el hombre se puede notar la sonrisa, feliz de que a su hijo le haya gustado lo que le trajo. El pequeño corre hacia él para darle un fuerte abrazo.
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Editado: 21.09.2026