‒ ¿Cómo que no irás? ‒pregunta su madre, estupefacta por las palabras de su hijo.
‒ Lo siento, pero no puedo ‒decidió que fuera su mamá la primera en recibir la noticia. La respuesta de su padre era predecible y agresiva. Esperaba de su madre sorpresa, pero también comprensión y algo de consuelo, ya que las madres siempre son una columna de apoyo. Sin embargo, se equivocó; lo único que recibió fue el fuerte impacto de las manos cansadas de aquella mujer en el rostro, la misma que lo atendió y cuidó con tanto esmero, ahora lo estaba haciendo sentir mucho dolor. La mayoría no provenía de la bofetada, sino de su pecho lleno de decepción.
Decepcionado por la respuesta de su madre, de su propia debilidad, de no poder retribuir todo lo que sus padres han hecho por él de la manera que ellos quieren. Pero no puede ir en contra de lo que cree, ya que también le enseñaron a ser un hombre que defiende su punto de vista, aunque todo el mundo esté en su contra, y así no está haciendo, pues sus padres son su mundo.
‒ ¡No vuelvas a repetir eso, y que tu padre no se entere de esto! ‒alterada, toma aire solo para volver a gritar‒. ¡Hemos invertido mucho en ti, con la esperanza de que te convirtieras en un gran militar algún día! ¡No puedes renunciar ahora!
‒ ¡Pero no es lo que quiero hacer! ‒siente que contribuir a no cambiar algo que no funciona es por miedo.
‒ ¡Estoy harta! Esta discusión se termina aquí. ¡Irás a servir al ejército y no se toca más el tema! ¿¡Entendido!? ‒estaba muy alterada. No servía de nada intentar convencerla; tanto ella como su padre ya habían decidido su destino hace mucho tiempo.
No se volvió a hablar del asunto en mucho tiempo. Intentaron disimular para que el papá no sospechara nada. La atmósfera entre la madre y el hijo era cada vez más pesada. Hasta la noche antes del reclutamiento, cuando la tensión llegó a su punto máximo. La mujer, por la presión que sentía, no pudo evitar revelarle a su marido los verdaderos pensamientos del que hasta ahora había sido su orgullo.
La bofetada de su madre provocó en el joven más dolor sentimental que físico, todo lo contrario, a su progenitor, quien no dudó en mostrarle su descontento de la manera más brutal. Vio a la mujer que más amaba en el mundo llorando desconsolada por ser testigo de tal escena, pero no notó ninguna señal de querer intentar perdonar tan salvaje acto. Ese momento, para él, fue la gota que derramó el vaso. No solo rompió la tensión superficial; lo volcó por completo y lo forzó a tomar una decisión.
Al día siguiente, con las secuelas de la noche anterior y un bolso en la espalda que contiene todas sus pertenencias, se dirige a la estación, con la fulminante vigilancia de sus padres, para evitar cualquier comportamiento deshonroso. Esperando la llegada del tren del ejército, está impaciente, pues con cada segundo que pasa, está más cerca de perder su libertad.
Se emite una señal de que dos trenes arriban en la estación, uno de civiles y otro de reclutamiento. El joven, sin protestar, se sube y se sienta; tiene que ser paciente, pues su padre aún tiene su atenta mirada sobre él. Los vagones se llenan rápido, y un sentimiento de culpa invade al joven, pues, con la tensión y el orgullo de ambas partes, no se dio la oportunidad de despedirse de sus padres ni de pedirles perdón por sus actos. Cuando el pito del tren vecino suena, es su señal. Se pone de pie y se dirige afuera del vagón.
Ambos trenes están al lado del otro, en direcciones contrarias. Sus progenitores están del lado izquierdo de la estación, y él salió por la parte derecha, quedando en medio de ambas máquinas. Esto no impidió que sus padres vieran lo que estaba haciendo, pero ya era tarde para detenerlo; el segundo tren había comenzado a avanzar y el joven aprovechó su oportunidad para saltar al vagón vecino del tren de los civiles, marcando así una nueva ruta en su vida. Se aleja cada vez más de la estación y, con ello, deja atrás la vida que no desea, y al mismo tiempo, la que siempre había conocido. El precio a pagar por su libertad era separarse de las personas más importantes en su vida, pero ya había comprendido que, a pesar de que ellos le dieron la vida, él no puede vivir por ellos. Sus padres perdieron esa visión, o quizás jamás la tuvieron, así que le toca a él formar su propio camino.
Reposa un poco, recostado de la puerta del vagón, mirando hacia atrás, asimilando todo lo que está pasando a su alrededor. Pero rápidamente sale de sus pensamientos, pues recuerda que este no es el tren que debía abordar, así que es un polisón. Con sus cosas aún en la espalda, camina entre la gente y se desplaza hacia la parte trasera del tren.
Esperaba no llamar mucho la atención y pasar desapercibido, pero el ánimo de los pasajeros lo hizo muy fácil, pues todos se veían decaídos y cansados. Eran civiles desplazados de un territorio en llamas a una zona más segura. Después de estar rodeados de caos, se imagina que lo único que quieren es desconectarse del mundo. El muchacho se cuela en uno de los últimos vagones, que es de carga, donde espera no ser descubierto.
Hace unos momentos, sabía con determinación qué pasos iba a seguir, pero ahora todo es incierto, no sabe a dónde se dirige. Se sienta e intenta descansar un poco también; no tiene idea de cuál es la última parada, pero presiente que el viaje será muy largo.
Logra conciliar el sueño; el frío de afuera, sumado a su ropa abrigada, hicieron que el ambiente fuera acogedor. El descanso le hace bien; está más relajado. No puede calcular el tiempo en el que estuvo dormido, pero al mirar hacia afuera, nota que ya no está en la llanura blanca en época de invierno que tanto conocía; ha sido reemplazada por grandes árboles de un frondoso bosque bañado en escarcha. Las casas en fila, con sus carreteras, edificios y personas por doquier, han suplantado a los escasos pobladores de su pequeño pueblo, donde ningún hogar estaba unido al otro.
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Editado: 21.09.2026