Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 14: una nueva oportunidad.

A la mañana siguiente, un vagabundo intenta robarle, pero al ver que se despierta, lo ataca. Él, sintiendo un poco de culpa, lo golpea de vuelta para defenderse, pues sabe que ambos están en una situación difícil, pero no es la manera de salir de eso ni de pedir ayuda.

Se levanta y comienza un nuevo día, caminando por las calles de la ciudad con discreción, tratando de evitar a algún soldado. Sin embargo, no importa cuánta prudencia tenga, frente a sus ojos se presenta una escena horrible que lo hace sentir identificado. Un joven de su misma edad es arrastrado por guardias que lo obligan a unirse al ejército. Observa a los padres del chico, que no hacen nada por su hijo; la madre solo llora, mientras que el padre parece escéptico, como si no le importara que lo llevaran.

Siente que ese momento es tan propio al contemplar cómo lo someten, igual que querían hacer con él; también se refleja en la indiferencia del padre. La madre es un caso diferente; al verla sufrir así, sin poder hacer nada para evitar que se lleven a su hijo a la guerra, se pregunta si su madre también lloró alguna vez al pensar en lo que significaba enviar a su retoño a una muerte segura.

Se esconde al ver que los soldados miran hacia donde él se encuentra y se aleja del lugar. Sin embargo, comienzan a perseguirlo nuevamente, y en la ciudad no es seguro. Regresa a la zona de casas abandonadas y se introduce entre los árboles de pino para perderse de la vista de los militares. Cuando ya se adentra considerablemente en el bosque, y consciente de que no puede regresar en un tiempo, decide usar sus habilidades de supervivencia para formar un campamento en ese lugar.

Se aleja un poco más en busca de cosas que pueda utilizar, además de lo que lleva en su bolsa. Tiene suerte al encontrar una roca con una abertura; parece una cueva, pero no es demasiado profunda, así que no debe haber animales en su interior. De inmediato la elige como su refugio temporal.

Deja la mochila en el fondo de la roca y sale con un cuchillo a buscar ramas gruesas y arbustos para cubrir la entrada de la cueva. No tarda mucho; aprovecha el tiempo para explorar más la zona. Avanza lo suficiente para escuchar el sonido de agua corriendo; debe haber un arroyo cerca. Sigue el sonido hasta llegar a un caudal de río. Puede sacarle provecho a esto para pescar.

Pero por ahora se concentra en terminar el refugio. Regresa con más ramas y termina de montar una puerta improvisada en la entrada para estar más protegido de los vientos y las tormentas. Para camuflar, cubre todo con ramas y arbustos que cortó. Entra en su nueva "casa" y, por supuesto, siente que le faltan muchas cosas, pero no se desanima. Recuerda que lo hace para vivir como él desea, y este es el precio por su libertad; gracias a su preparación, es algo que puede tolerar.

Revisa el contenido de su mochila y se da cuenta de que ya no le queda comida empacada, solo algunas mudas de ropa, utensilios de uso personal y sus cuchillos. Calcula que con eso no será suficiente para sobrevivir afuera. Entonces cuenta el poco dinero que le queda; no es mucho, pero si negocia, puede que logre conseguir algo. Deja sus cosas bien protegidas en el refugio y hace memoria del camino que recorrió para llegar allí. Se guía con la ayuda de una brújula y logra encontrar la carretera; así solo tiene que seguirla para regresar a la ciudad.

Camina con la cabeza gacha y a paso rápido; no le conviene quedarse mucho tiempo. Busca entre los negocios alguno que venda herramientas o armas. Termina entrando en una tienda donde vio, a través del cristal, un hacha que sería muy útil. La compra, además de un cilindro de hilo delgado y resistente.

Regresa a la cueva guiándose por la carretera y luego adentrándose nuevamente en el bosque. El camino es largo y el recorrido le ha llevado horas, así que no tiene tiempo que perder. Con su hacha nueva comienza a cortar y recolectar madera para hacer una fogata. Por un golpe de suerte, logra atrapar una pareja de ardillas que se convertirán en su cena. Ya ha estado fuera mucho tiempo, así que se apresura a encender una pequeña hoguera para calentarse. En el fuego, cocina su comida.

Así se va adaptando a su nuevo hogar. Al pasar las semanas, se convirtieron en meses, y luego en años; él está en sintonía con el entorno. Caza y conserva sus alimentos; es libre de ir a donde desea. Más aún cuando dejan de reclutar jóvenes para el ejército, así que puede pasearse por la ciudad de vez en cuando para vender leña y comprar sal y otras cosas que necesite. Para bañarse, tiene el río; se ha acostumbrado a la baja temperatura de la corriente, y cada chapuzón se convierte en un recordatorio de la libertad que ha logrado, asegurando que la realidad que vive no se desvaneciera como un sueño.

Una mañana, se levanta preparado para cazar liebres y conejos que conservará con sal, pues la temporada más dura del invierno se acerca y ya se han agotado sus reservas. Se pone en marcha hacia la zona que siempre acostumbra visitar, pero, a diferencia de ocasiones anteriores, no logra la misma cantidad de presas. No tiene suerte para atrapar a ninguna. Espera pacientemente por horas, pero nada cambia. Regresa sobre sus pasos, derrotado. Comienza a pensar en alternativas y recuerda que hay un sendero que no frecuenta porque conduce a un lugar sin muchos árboles.

No hay muchos sitios donde los animales puedan esconderse, pero eso también le hace darse cuenta de que pueden estar en campo abierto, en madrigueras bajo la nieve. Toma un nuevo rumbo y se desvía. Al llegar al lugar, ante sus ojos se extiende un vasto manto blanco. Pero ya está allí y no pierde nada por intentar.




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