Se enfrenta a la cara de la muerte, su vida pasa ante sus ojos, trayendo a la superficie el miedo enterrado en lo más profundo de su memoria. Todo es igual; la misma sensación de pavor, la incapacidad de mover un cuerpo petrificado por el terror. Pero, a diferencia de aquella vez, no hay nadie que lo ayude ahora.
El aliento del monstruo frente a él lo golpea en el rostro. Puede ver claramente su hocico cubierto de sangre, tan cerca que puede olerla. En una acción inesperada, el animal lo olfatea antes de darse media vuelta y marcharse. Él queda pasmado, sin saber si no lo atacó porque ya está saciado por el chico, o por un milagro. Sea lo que sea, aprovecha la oportunidad para levantarse y salir corriendo lo más rápido que puede.
Llegando a su casa, cierra puertas y ventanas con seguro. Sigue muy agitado, se toma un vaso de vodka, seguido de otro, y uno más. No encuentra la forma de calmar sus nervios. Deambula por cada rincón de su hogar, hiperventila e incluso llega a llorar de frustración. Lo que resta de esa noche no logra dormir; está demasiado inquieto, tanto que, a la mañana siguiente, aunque es muy temprano y aún faltan horas para su cita con el terapeuta, se siente completamente desorientado.
Al estar frente a la puerta del consultorio, golpea con desesperación hasta que le abren. Pasa directo al consultorio, ignorando a la secretaria que intenta detenerlo.
—Doctor, necesito hablar con usted —dice, y por supuesto, sorprende al hombre.
—Señor, no puede entrar así. Por favor, váyase si no tiene cita —reprende la mujer.
—Está bien, Liliana, déjalo —interviene el terapeuta, calmándola—. Pase, por favor —le pide a Dimitri.
El hombre entra y toma asiento, mientras la secretaria les deja solos cerrando la puerta.
—Ahora, Sr. Volkov, dígame, ¿a qué se debe su entrada tan abrupta? —pregunta el terapeuta levantándose de su escritorio y sentándose en el sofá frente al paciente.
—La verdad, lamento incumplir con la cita y el horario, pero es urgente.
—De acuerdo, pero primero necesito que se calme. Lo veo muy alterado —habla despacio—. En las últimas sesiones hemos tenido un gran avance en sus excursiones al aire libre y en los apuntes de sus sueños. ¿Ha sucedido algo nuevo?
—Sí... —la cara del hombre palidece, y suda frío—. Hay algo que no le conté, y la verdadera razón por la que abandoné mi vida en el bosque —procede a relatar todo: desde cuándo dejó de vivir en la ciudad, el ataque del pardo, y cómo fue ayudado por ese grupo de comerciantes. Además de todo lo que tuvo que luchar para salir adelante en su carrera y trabajo. El doctor escucha atentamente todo lo que le cuenta.
—Ya veo. Ese incidente explica por qué se resistía tanto a salir de su zona de confort, cuando antes no había problema en experimentar cosas nuevas. ¿Pero qué ha reavivado ese episodio?
—Ayer, cuando regresaba muy tarde del refugio, escuché ruidos y vi muchas ramas rotas en el camino. No les presté atención, así que seguí caminando. Esta mañana, al despertar, me enteré de que justo cerca del lugar donde estuve, un joven fue encontrado muerto, atacado por un animal que se presume puede ser un oso —por obvias razones miente; no puede contarle a nadie lo que realmente ve—. Puede que yo haya sido…
—Una manera muy intensa de revivir algo que se creía superado.
—Exacto.
—Gracias a Dios no fuiste tú. Tienes que dejar de pensar que te tocaba morir de esa forma. Estabas en el bosque. Aun así, esos ataques no son muy frecuentes y no se pueden predecir. Trata de que la idea no te atormente.
—¿Cómo? Ni siquiera pude… —se calla de inmediato; los nervios casi lo delatan al confesar que no durmió en toda la noche, cuando la versión que presentó fue que se enteró de la tragedia al día siguiente—... Esperar a que llegara la hora de la cita. La ansiedad me estaba matando. No sé si podré incluso dormir esta noche.
—Hablando de eso, ¿qué hay de tus pesadillas? Las últimas veces que hemos discutido sobre ellas, he notado que ahora son menos violentas.
—¿En serio? —ni siquiera él se había dado cuenta de ese cambio en sus sueños. Hablan un poco sobre las pocas veces en que tuvo visiones así, pero después que fue al bosque, se han reducido—. La verdad es que han sido muy pocas, y lo que menos quiero es dormir y ver más cosas horribles. —El doctor se levanta y busca en un cajón un frasco.
—¿Qué es eso? —pregunta Dimitri.
—Un somnífero. Por los sucesos de hoy, es mejor que no vuelvas a ir de campamento. Ya vimos que te trae recuerdos tanto agradables como traumáticos. Viendo el lado bueno, utilizaremos esto para indagar cómo ese episodio afecta tu vida actualmente —regresa frente a Dimitri y le extiende el medicamento—. No está recetado, pero tómalo como una alternativa si no logras dormir. La falta de descanso afecta el sentido cognitivo, sumado al estrés que presentas por los acontecimientos. No es conveniente que pierdas tiempo pensando en qué hacer; primero, tienes que relajarte y después podrás abordar esto con la cabeza fría.
Algo desconfiado, toma el pote; nunca había tenido que drogarse para dormir. Sale del consultorio y, por obvias razones, la sesión que correspondía en la tarde se cancela. Toma la recomendación de relajarse, aunque no sabe cómo hacer para calmar su mente acelerada.
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Editado: 21.09.2026