Cuando por fin está en casa, se quita y sacude los zapatos, se cambia a ropa más cómoda y empieza a plantearse qué preparar para cenar. No lo piensa mucho; no se complica y come estofado recalentado de hace una semana. En momentos así, le alegra no tener más bocas que alimentar. Aun no consigue trabajo y sobrevive con la despensa que ya tenía; en estos tiempos se debe preparar para todo, y conserva comida en lata por si hay alguna emergencia, o simplemente porque no quiere cocinar. Aún no ha tocado el dinero de la indemnización que le dio el banco; tarde o temprano tendrá que hacerlo, pero aún no hay necesidad.
Come mientras escucha nuevos planes para el país. Al terminar la comida en su plato, pensaba irse a dormir, pero aún no está cansado, así que se queda viendo programas un poco más. Cambia varias veces de canal sin encontrar algo que le guste. En su mente no había pasado más de 50 minutos, pero se encuentra con un anuncio especial de radio de medianoche. No se lo puede creer, hasta que ve el reloj, y sí; había pasado 4 horas desde que se sentó en el sofá. Se levanta y apaga todo. Se siente extraño; aún no tiene sueño, pero de todas formas sube a su habitación a intentar descansar.
Se acuesta y cierra los ojos. Trata de relajarse, pero a su mente vienen múltiples pensamientos que lo mantienen despierto unas horas más, hasta que el cansancio lo ayuda a por fin sosegarse.
Ese mismo día, un rato más tarde, se encuentra en su sala leyendo el periódico. Después de que logró dormir, no pasó mucho tiempo para que el sonido de su alarma lo llamara. Estaba cómodo, así que desactiva la alarma y vuelve a dormir, pero la inquietud de empezar el día le hace sentir la cama incómoda. Así que se levanta, desayuna y sale de su casa a ver qué podría hacer ese día. Sin embargo, el clima y el ambiente no se prestan para nada, así que solo llega a la terminal a comprar el periódico y regresa.
Mientras lee, hace un gran esfuerzo por no dormirse, pues ya está cabeceando. Apenas entiende las palabras frente a él, y la verdad no está comprendiendo mucho; no ha descansado bien y eso le está pasando factura durante el día. Pero no quiere irse a descansar y rendirse ante el agotamiento. No está acostumbrado a hacer eso, y puede que, si descansa ahora, en la noche no pueda dormir nuevamente.
Pero es difícil ignorar los impulsos del cuerpo. Antes de que se dé cuenta, se encuentra dormitando en la silla, con el periódico en las manos a punto de caerse. Cuando se despierta, se levanta de inmediato para revisar cuánto tiempo ha pasado: son las 4 de la tarde, ya está cayendo la noche y él ya no tiene nada de cansancio. Maldice a sí mismo; volverá a pasar lo mismo de anoche, a menos que se canse otra vez.
Solo se le ocurre una manera de hacerlo ahora; se cambia de ropa y sale a trotar. Hacer ejercicio mantiene el cuerpo activo, pero después del reposo también genera agotamiento, lo que provoca que la persona quiera recostarse. Eso es lo que espera lograr al terminar esto.
Corre unos 4 kilómetros de ida y vuelta a casa; regresa sudado, algo mareado y con las piernas ardiendo. Ya no es como antes, cuando era joven. Cuando piensa que con esto podrá dormir, se prepara una cena ligera y, después de bañarse, se recuesta de inmediato para reposar, pero no sale como él esperaba.
Sí, su cuerpo se encuentra cansado y yacía en la casa para relajarse, pero su cabeza sigue inquieta. Por más que intenta mantener el pensamiento en blanco, no lo consigue, hasta el punto de desesperarse y sentarse, porque estar acostado con esa mente activa hace que estar quieto sea incómodo. Revisa de nuevo el reloj: son las 11 p.m. Y está lejos de poder dormir otra vez.
Se pasa la noche despierto, caminando de un lado a otro, aunque con el cuerpo aún adolorido, hasta que logra sosegarse a las 6 de la mañana. Intentó varios métodos para irse a la cama a la hora correspondiente, pero nada le servía. Quería evitar lo más posible tener que drogarse, pero ya se quedaba sin alternativa; el horario del sueño lo tiene descontrolado y las bolsas oscuras debajo de sus ojos son muy notorias.
Así que una noche, decide probar las pastillas, ya como último recurso, pues ya ha probado todo. Se las toma con un poco de agua y se tira en el colchón a esperar que hagan efecto. Después de unos minutos, siente los párpados pesados.
Parece ser la mañana siguiente; se despierta con el sonido de la alarma. El somnífero parece haber funcionado muy bien; durmió relajado, el cuerpo ya no le duele y pasó la noche de corrido, ni siquiera tuvo pesadillas. Esta vez no soñó con ninguna muerte, eso le alegra un poco. Comienza su día con buen ánimo, compra el periódico para ver si tiene suerte en conseguir una vacante de trabajo y leer algunas otras noticias. Además, salió a caminar y preguntar por empleos, ya sean de ayudante o de limpieza, aunque no hubo suerte.
Fuera de eso, todo avanza bien hasta que llega la noche. Lo que hizo hoy se refleja en su cuerpo, pero a la hora de acostarse, se presenta el mismo problema. Pensó que era cuestión de días para recobrar su hábito de dormir bien; mientras tanto, acudió de nuevo a tomar otra pastilla. Y cosa rara, volvió a pasar liso, sin visiones.
En la sesión de terapia menciona esto, a lo que el doctor le dice que puede que el medicamento, al ser relajante, también calme la angustia que le provoca tener esas pesadillas. Pasan dos semanas y las citas van avanzando; incluso se le ve a Dimitri sonriendo. Es una mejora enorme.
Aun así, el terapeuta le ha advertido del peligro del consumo de las pastillas, que no se convierta en adicto a ellas. Él le asegura que no abusará de la droga.
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Editado: 21.09.2026