Su cuerpo cae y se estrella contra el suelo; el frasco en sus manos deja esparcidas pastillas por todo el suelo. Su cuerpo se encuentra para el efecto de sobredosis, cayendo en un sueño más que profundo. Por lo que parece un milagro, su cuerpo se recupera, pero ya no está en su habitación; se encuentra en una camilla de hospital. Hay poca luz y su cuerpo aún no reacciona. En ese estado, pasan muchas cosas por su cabeza, asimila que ha sufrido una sobredosis y piensa que quizás uno de sus vecinos pidió ayuda. Por eso ha terminado en el hospital.
Cuando logra liberarse de la parálisis, se sienta en la cama y mira a su alrededor. Sus ojos se acostumbran a la oscuridad, pero aun así no ve a nadie. En general no le molesta el silencio, pero le inquieta estar en un lugar tan callado que no conoce, aun siendo un hospital, así que se pone de pie y empieza a caminar.
Por los pasillos no se oye mucha actividad, casi nada. Al menos hasta que escucha pasos apresurados y gritos que parecen acercarse con cada segundo. Llega a una sala grande que tiene acceso a varios pasillos del lugar, y por uno de ellos sale a toda prisa un hombre en silla de ruedas, que es perseguido por otro hombre que, según su uniforme, debe ser un enfermero. Este le grita que no huya y le pide explicaciones, pero hace caso omiso.
La escena le resulta extraña, pero lo que sigue lo espanta. Mientras los dos primeros hombres se pierden de su vista por uno de los pasillos, por otra puerta sale corriendo aterrado un paciente, y no tarda en ver la razón: un sujeto maníaco armado lo persigue, con claras intenciones de hacer daño. Esto, por supuesto, lo alerta e intenta mantenerse al margen, pero se pregunta por qué nadie se encarga de esto.
No le da tiempo de seguir analizando la situación de negligencia del hospital, pues empiezan a escucharse disparos en la dirección donde han ido. Esa es su señal para salir huyendo de ese lugar de locos. Avanza por el corredor hasta que, por fin, encuentra una puerta. La atraviesa y da al estacionamiento del lugar, y quiere alejarse lo más rápido de ahí. La adrenalina del momento lo impulsa a tomar uno de los autos que están estacionados. Mira por las ventanas y encuentra que uno tiene las llaves puestas, así que elige ese.
Enciende el coche y lo pone en marcha. Los disparos siguen resonando; avanza hasta que encuentra un camino por el cual salir, resultando ser la entrada del hospital. Acelera en línea recta, pero algo llama su atención, distrayéndolo del camino. El cuerpo de una persona cae desde lo alto del edificio con un crujido de huesos horrendo que hace erizar la piel. Esto le provoca pánico y no se da cuenta de que frente a él hay una persona. Pero cuando lo detecta, es muy tarde y termina atropellándolo, arrojándolo a varios metros.
Sale del coche apresurado para intentar ayudar. Cuando se va acercando, ve que lleva el uniforme de un enfermero. No logra alcanzarlo, pues escucha un estruendo y siente un dolor agudo en la parte posterior de su cabeza. Todo a su alrededor se vuelve negro.
El pasillo por el que camina es oscuro y su mirada tarda en acostumbrarse. Los pocos focos encendidos que hay son muy tenues. Aun así, camina sin un sentido, buscando a más personas, ya que ese lugar es más inquietante si se está solo. Escucha golpes provenientes de una voz que reclama atención y ayuda.
Por el corredor se encuentra con una puerta de donde viene el sonido. Se asoma por el cristal que da visión al interior de la habitación y ve a un hombre enfermo en silla de ruedas que ruega por salir. Sin embargo, la puerta solo se puede abrir desde fuera, al parecer. Dimitri lo ayuda, da vuelta al picaporte y lo deja libre. Parece bastante desesperado porque grita y está exaltado. Tanto es así que no le agradece haberlo socorrido; al contrario, lo empuja y lo tira al suelo con una fuerza increíble para ser un hombre convaleciente, además de que lo tomó desprevenido.
Como sea, el tipo lo deja allí tirado, confundido, mientras que con todas sus fuerzas hace girar rápidamente las ruedas de su silla. Él planea levantarse, pero antes escucha una tercera voz. Al elevar la mirada hacia una puerta dentro de esa habitación, que daba a otra, comprende de golpe el miedo del otro sujeto.
El desquiciado que está atrapado intenta por todos los medios salir a la fuerza, con fuertes golpes y choques contra la madera, hasta que lo logra y parece aún tener...Energía para perseguirlo. Se apresura a ponerse de pie y escapar corriendo de allí.
El loco lo acecha de cerca, gritando cosas irracionales, además de alguna que otra frase dedicada a querer acabar con él. Al avanzar por los pasillos, en cada cruce siente que lo alcanza un poco más. Ve a unas pocas personas, pero el miedo lo paraliza; no se detiene a pedir ayuda. Su camino termina cuando, por una mala decisión, llega a un callejón sin salida. Frente a él hay una ventana que da a la calle, a unos cuatro pisos de altura. Detrás de él, el psicópata ya lo ha alcanzado. Se voltea y ve los ojos de la muerte: ni siquiera logra articular palabra para rogar por su vida cuando un torrente de disparos lo abatido. Los impactos sienten como agujas en su cuerpo, todos.
Cae al suelo, y lo último que ve al cerrar los ojos es a su asesino acortando la distancia entre ambos. Antes de que su cuerpo pierda el sentido del tacto, percibe que su asesino lo levanta y lo arrastra. Siente que cae al vacío, y allí terminan sus sensaciones.
*
Abre los ojos y se encuentra a la mitad del pasillo. Ahora lleva un uniforme de enfermero, y esta situación ya empieza a desesperarlo. No entiende nada y no hay nadie que pueda darle información.
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Editado: 21.09.2026