Sueños de Escarcha escarlata

Capítulo 18: bucle de persecución.

Vuelve a despertar en un lugar desconocido. Su cuerpo se siente adolorido. Antes de que sus demás sentidos se activen, su mente es más rápida y maquina a toda velocidad, haciéndolo caer en cuenta de que está repitiendo un patrón. Todo lo ha visto y vivido una y otra vez.

Entra en crisis y empieza a gritar; no importa lo que decida hacer, siempre termina involucrado de alguna manera. Ya sabe lo que tiene que generar en esta ocasión, pero no quiere hacerlo. Se quedará sentado sin moverse; de esa manera, no podrá lastimar a nadie. No tiene razón para hacerlo.

Así que se aferra a la idea de no abandonar esa habitación, para que no se repita el ciclo de violencia. En ese lugar no puede escuchar lo que pasa afuera, ni siquiera quiere asomarse a ver por la ventanita de cristal de la puerta de madera que lo separa de la habitación contigua. Pero sí puede percibir los sonidos que hay en el cuarto donde se encuentra. Se pueden escuchar pasos rondando y cada vez se acercan más.

Se levanta y ve a un tipo en el otro extremo. Actúa de manera extraña, no habla, y tiene la cabeza gacha, oculta bajo una capucha negra. Su rostro, aunque no se puede distinguir bien, de igual manera no hubiera servido para evitar lo que se avecinaba: se siente en el aire que algo va a suceder.

De repente, el misterioso hombre se abalanza corriendo hacia él con un cuchillo en mano. No hace falta preguntar; las intenciones son claras, así que empieza a correr para escapar del sujeto. Se mueve por todo el lugar en círculos, tratando de evitar que lo alcancen. Se detiene un momento para intentar abrir la puerta hacia la habitación siguiente, pero esta está cerrada. Intenta desesperado llamar la atención de alguien que lo socorra, pero es tarde, al menos para él.

Es alcanzado por el encapuchado, quien lo toma del hombro, dándole la vuelta para tenerlo frente a frente y así apuñalarlo en la boca del estómago. La sombra de la capucha sigue cubriendo su cara, pero se puede distinguir una sonrisa perturbadora. Saca el cuchillo de su estómago y se retira, observando a su víctima caer al suelo para que muera lentamente desangrado. Pero, hasta que eso suceda, él sigue consciente de lo que pasa a su alrededor.

Así que es testigo de cómo aquel hombre intenta, de forma irracional y bruta, abrir la puerta. La termina tirando, y ante él se repite la misma escena: un tipo tirado en el suelo, asustado, que se levanta rápidamente para salir despavorido, escapando de un final horrible, pero para su mala suerte inevitable. El tipo de la capucha corre detrás de su nueva presa. Salen de su campo de visión, pero él ya conoce todo lo que va a suceder, cómo y cuándo.

No importaron sus esfuerzos. No sirvió intentar no hacer nada; algo siempre ocurre para que los sucesos en los que ya está envuelto transcurran. Una vez más su mundo se vuelve oscuro, pero esta vez es mucho más lúgubre, pues, mientras su cuerpo ya está muerto, su mente sigue maquinando ideas. De repente, cae en la conclusión de que sus intentos son en vano, pues no puede escapar de su destino.

Quizás, en vez de huir, deba aceptarlo con dignidad…

*

Despertar en un lugar que no conoce, desorientado, ha empezado a ser fastidioso, pero decidirá poner fin a este bucle.

Se dirige a paso firme a revisar cajas y cajones. Recuerda con claridad que en las primeras visiones el lunático tenía un arma, así que busca algo para defenderse antes de que aparezca. Para su mala suerte, no consigue nada contundente para golpearlo, así que tiene que buscar otra forma. Decide esconderse en un lugar que no pueda ser visible desde donde sabe que aparecerá el loco.

Es paciente hasta que el hombre sale a relucir. No tiene que pensarlo mucho; aprovecha que su escondite ha funcionado para atacarlo por sorpresa. Le lanza un puñetazo, tirándolo al suelo. Sin esperar a que reaccione, arremete contra él en el suelo, llenándolo de golpes, hasta que ya no se mueve. La imagen que ve le perturba: el tipo, todo el tiempo que lo estuvo golpeando, sigue manteniendo una sonrisa desagradable, incluso después de noquearlo. Le arrebata el cuchillo y lo tira lejos. Lo siguiente que busca es la pistola, que encuentra en su cintura. Revisa que esté cargada y, sin contemplaciones, acaba con la vida de ese miserable con un tiro en la cabeza.

Ahora faltan los demás. Avanza hasta la puerta e intenta abrirla. A través del vidrio de la pequeña ventana, ve que el hombre en silla de ruedas ha sido testigo de todo lo que ha hecho e intenta huir. Otro tipo lo ayuda abriéndole la puerta, ignorante de lo que sucede, solo queriendo ayudar. Los bondadosos son los que mueren primero.

Sin complicarse más, abre la puerta, dañando el picaporte con otro disparo. El sujeto vestido de enfermero corre, escapando del peligro, y él empieza a perseguirlo, pendiente de no malgastar las cuatro balas que le quedan. Lo sigue hasta acorralarlo en un pasillo largo. Le apunta y, gracias a su buena puntería, no falla en matarlo en el primer intento.

Sabiendo lo que tiene que hacer, sujeta el cuerpo por los brazos y lo arrastra hasta la ventana, colocándolo en el marco de la misma. Espera el momento justo para arrojarlo. Ve el movimiento de un coche en el estacionamiento, y esa es su señal. Empuja al hombre al que acaba de disparar y lo deja caer desde el cuarto piso.

Todo sigue su curso. El conductor de aquel auto se distrae con la caída del muerto, lo que causa que pierda el control del vehículo. Justo a tiempo, sale un sujeto en silla de ruedas, siendo perseguido por otro tipo. El primero cruza la carretera sin problemas, pero su perseguidor no corre con la misma suerte: termina siendo arrollado y lanzado a varios metros sobre el asfalto.




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